domingo, 12 de febrero de 2012

Canadá: cuatro mujeres asesinadas en un “crimen de honor”


Mercedes Arancibia || Periodista.
A la instrucción de la justicia canadiense le ha llevado tres largos años averiguar que las cuatro mujeres que aparecieron muertas en la noche del 29 al 30 de junio de 2009 en las aguas del canal de Rideau, junto a la esclusa de Kingston, en el interior de un Nissan Sentra comprado pocos días antes del drama, no murieron en un banal accidente de tráfico sino que fueron las víctimas de un “crimen de honor” cometido por Mohammad Shafia, su segunda esposa Tooba Yahya y el hijo de ambos Hamed Mohammad Shafia. Las asesinadas eran la primera esposa de Shafia, Rona Amir Mohammad, de 52 años, y las tres hijas de la pareja, Zainab, Sahar y Geeti, de 19, 17 y 13 años respectivamente.
crimenfundamentalista
Foto de las tres hijas asesinadas de la pareja, Zainab, Sahar y Geeti, de 19, 17 y 13 años respectivamente. ©MEMINI-Honour Killings
El tribunal canadiense ha condenado  a los tres asesinos, por doce cargos de asesinato, premeditación y perjurio,  a cadena  perpetua sin posibilidad de abandonar la cárcel antes de transcurridos veinticinco años.
El abogado de los asesinos ha recurrido la sentencia estimando que el juez no debió tener en cuenta los testimonios de los compañeros de las víctimas menores, sus profesores y la directora de la escuela donde estudiaban –todos los cuales narraron el acoso continuado que sufrían las adolescentes por parte de la nueva familia de su padre-,  ni tampoco el de una jurista especializada en “crímenes de honor”, Marie-Pierre Robert, quien manifestó que se trataba de un “caso de libro”: “No hay que preocuparse excesivamente por la apelación, ha dicho. La jurisprudencia demuestra que la apelación en anteriores casos de crímenes de honor no ha hecho otra cosa que confirmar los veredictos de culpabilidad de los jurados ». También han recurrido los abogados de la acusación por estimar que la condena se ha quedado corta.
En cuanto a la comunidad afgana residente en Canadá, donde la mayor parte de la segunda generación tiene ya nacionalidad canadiense, no se ponen de acuerdo en definir si el caso de la familia Shafia debe calificarse como “crimen de honor” o “violencia doméstica”. Para Samira Kanji, presidenta del centro Cultural Noor  de Toronto, “honor o no, son asesinatos y deben tratarse como tales. Estamos hablando del derecho a la vida y ese es un valor universal”. Y para la activista de los derechos de las mujeres musulmanas Djemila Banhabib, autora del libro “Mi vida a contra-Corán”, la sentencia evidencia “el fracaso de todos cuantos se esconden detrás de su religión y sus tradiciones para alienar a las mujeres… No es la primera vez que asistimos a este tipo de crímenes, en los que también intervienen mujeres. En general, también las mujeres se sienten guardianas d e las tradiciones. Recuerdo que en Africa son ellas quienes practican las escisiones, y en occidentes quienes organizan las manifestaciones anti aborto”.
El juez que ha dictado la sentencia, Robert Maranger, blanco ahora de las iras de los fundamentalistas islámicos, se ha manifestado sin matices sobre el asunto: “Es difícil concebir un crimen más innoble y odioso. La razón aparente de estos asesinatos cometidos a sangre fría es que las cuatro víctimas habrían atentado a un concepto completamente retorcido del honor, que no tiene ningún espacio en un mundo civilizado”.
El juicio ha durado cuatro meses, durante los cuales la defensa ha mantenido que se trató de un accidente, mientras la acusación mantenía que fue un asesinato premeditado cometido para lavar el honor de la familia, y un montaje para hacerlo parecer accidental. Se han presentado 160 pruebas, entre ellas fotografías, escuchas electrónicas e interrogatorios, y se ha interrogado a cincuenta y ocho testigos, entre los que hay profesores, adolescentes, trabajadores sociales, especialistas en nuevas tecnologías, profesionales de la medicina y miembros de la familia Shafia, además de los acusados.
Los crímenes de honor: delitos mal conocidos
Un “crimen de honor” es un delito cometido por miembros de una familia contra una mujer, de la misma familia, por algún tipo de actuación que se considera “inmoral” y, en consecuencia, “atenta contra el honor de la familia”, el clan o la tribu, según países y regiones. La definición de esos actos es amplísima, puede ir desde una simple conversación en la calle entre un chico y una chica hasta una relación sexual consentida, o no, porque muchas veces se castiga a la mujer violada. No hace falta remontarse muy atrás en la historia; en  los últimos años se han conocido decenas de casos de mujeres asesinadas o mutiladas por no obedecer a su padre, su marido o su suegra, sobre todo en países donde el fundamentalismo islámico impregna toda la sociedad, pero no solo en ellos; también se registran casos en sociedades occidentales. Amnistía Internacional, que dedica especial atención a la defensa de víctimas de este tipo de delitos,  explica que los crímenes de honor son “una práctica consagrada por la cultura más que por la religión”, y que siguen en vigor en gran número de países que van de Egipto a Perú, pasando por Jordania, Italia o Noruega.
¿La burocracia culpable?
Y así se ha sabido también que las niñas pidieron hace tres años ayuda a las autoridades, poco antes de que las asesinaran, y que un problema burocrático impidió  que se evitara el drama. Según el diario La Presse Canadienne, los trabajadores sociales no disponían de toda la información acerca de lo que pasaba en la familia Shafia porque la protección de la juventud tiene en Montreal dos oficinas para recibir quejas y denuncias, dependiendo de que éstas se formulen en francés o en inglés; y cuando los servicios franceses recibieron una denuncia en 2009 ignoraban que la oficina inglesa tenía otra denuncia presentada un año antes por las hermanas Shafia, acerca del trato vejatorio y amenazante que recibían de parte de su padre, quien les insultaba por la forma en que vestían y las amistades que frecuentaban.
Mohammad Shafia es un próspero empresario que se inició muy joven en el negocio de la venta de productos electrónicos, todavía en Afganistán, con un dinero heredado de su abuelo. Llegó a Montreal en 2007 y compró un centro comercial en Laval, por el que pagó más de un millón de dólares, obtenidos de la venta de su casa de Kabul. Se dedicó a la importanción, compra y venta de autómoviles en subastas en línea y, al parecer, también tenía negocios en Dubai, a donde viajaba frecuentemente. Cuando le detuvieron, en junio de 2009, el patriarca Shafia estaba construyendo una gran mansión familiar en Brossard. Una de las fallecidas, Rona, ex mujer del empresario, llevaba encima 23.000 dólares en joyas cuando se encontró el cuerpo.
El caso Shafia es espectacular–escribe un especialista, Josée Boileau, en la prensa fracófona canadiense-Cuatro mujeres asesinadas, una familia que cierra filas y niega hasta el último momento que se trate de un crimen de honor… pero no es la primera vez que ocurre. En 2010 se condenó por asesinato en segundo grado al padre y al hermano de la joven canadiense Aqsa Parvez, de 16 años, de origen paquistaní… la pregunta es si estos crímenes podrían evitarse y si se podrían reconocer las señales que los preceden… porque haberlas las hay, siempre…Algunos especialistas, en países occidentales, en Alemania, en Gran Bretaña, aquí mismo, han establecido ya parámetros que permiten reconocer los crímenes de honor. Pero se trata de una información que no ha llegado todavía a los medios comunitarios, escolares, médicos, policiales… a quienes todavía cuesta entender que una adolescente, o una joven adulta, esté en peligro de secuestro, exilio forzado o muerte…Y, sin embargo, las mujeres que se rebelan contra la “ley del padre” siempre se confían a alguien, aunque es difícil que una persona que vive en libertad pueda entender realmente a quienes viven prisioneras de una cultura, una religión o unas tradiciones…”

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