Los hombres, entonces chicos, de mis años jóvenes forman parte de la primera generación que en España no fue “de putas”. Hasta entonces, los señoritos se iniciaban con las criadas (lo que no impedía que también frecuentaran burdeles, casas de lenocinio, prostitutas más domésticas e incluso callejeras) y los trabajadores en casas de putas toleradas, algunas de ellas instituciones muy serias con chicas muy legales, es decir con reconocimiento médico periódico, condón incluido en el precio y ciertas ganas de quedar bien y defender su puesto de trabajo. A partir de los años ’60 del siglo pasado los chicos se acostaban con las chicas, los novios hacían el amor, las parejas empezaban a vivir juntos “para probar” antes de casarse y las casa de putas –como las putas propiamente dichas- perdieron parte de su aura literaria y mucho de su encanto. El oficio más viejo del mundo pasó a ser más clandestino que nunca, unos ratos casi prohibido y otros perseguido, con lo qu...