Portada del libro 'Batallitas' Conocí a Roberto Segura Mata (Roberto a secas para los compañeros de la CNT, los “viejos” de su época y los nuevos que llegábamos de la mano de sus hijos) a mediados de los ’70, en plena clandestinidad y con el franquismo agonizante en una cama manchada de mierda, en su casa del Ensanche barcelonés: uno de aquellos pisos grandes y oscuros en los que siempre cabía alguien más. No puedo asegurarlo, pero yo diría que Roberto estaba todavía en activo y que las “batallitas” (en este caso de paz) que contaba acerca de sus aventuras en la cabina de un cine de barrio (¿el Texas de sus memorias?), le habían ocurrido ese mismo día, o quizá la semana anterior. Historias muy divertidas de lo que ocurría en aquellos tiempos, que hoy parecen de la edad de la piedra, cuando la película se liaba literalmente (o sea, se hacía un lío), la sesión se paraba entre abucheos y carcajadas siempre con el telón de las cáscaras de pipas cayendo desde el gallinero al...