Vengo observándote desde hace tiempo. Analizando tus gestos, tus palabras, las ideas que intuyo tienes y escondes. Al principio, cuando escuché tu nombre por primera vez reconozco que te miraba con cierta sospecha. Lo siento, pero es lo que conlleva que me hayan engañado tantas veces. No te presté mucha atención pero tampoco te perdí de vista. Poco a poco tu nombre sonaba con más fuerza. Comencé a seguir tus pasos, a leerte, a escucharte. Me caíste bien. Pero me resistía a creer en ti. Traté de separar lo que se decía de ti de lo que a mí me parecías. Nunca me gustó seguir a nadie a pies juntillas. Nunca me he creído lo que me cuentan de la gente, ni para bien ni para mal. Y mucho menos de un político que tiene tantos detractores como súbditos y en ambos casos, suelen carecer de un argumento ponderado. La cuestión es que la situación era límite, sí. Necesitábamos alguien que trasladase los mensajes. Necesitábamos una figura rotunda, sin miedo a dar la cara aunque se la fueran...