jueves, 9 de noviembre de 2017

ISABEL II DE BORBÓN, LA REINA NINFÓMANA

Isabel II de Borbón y Francisco de Asís de Borbón
La dinastía de los Borbones, instaurada en España a partir del siglo XVIII, está plagada de sombras que la historia oficial ha intentado ocultar o resaltar a conveniencia. Muchas de estas historias atañen a la sexualidad de sus protagonistas: reinas, reyes, príncipes y demás miembros de la familia borbón que destacaron por sus devaneos extramatrimoniales o por seguir conductas sexuales poco ortodoxas.
En el año 1830 nacía la niña Isabel, hija del rey Fernando VII, monarca absolutista donde los haya, y de su cuarta mujer, María Cristina. Cuando sólo contaba tres años de edad sucede a su padre, muerto en 1833, actuando de regente la reina madre, María Cristina. Y, cosas de la monarquía, recién cumplidos los trece la infanta es declarada mayor de edad y sube al trono con el nombre de Isabel II.
La reina ninfómana
A pesar de su niñez difícil, Isabel era una chica vivaracha y despierta, poco dada a intelectualidades. Su carácter jovial, unido a su pasión por los placeres carnales, le hizo pasar por mujer de bandera y hasta ninfómana. Lo cierto es que se trajinó a grandes hombres de la corte y a otros que, sin ser influyentes, escondían considerables atributos. Fue el regente del Reino, general Francisco Serrano (1810-1885), a quien la reina llamaba “el General Bonito”, quien primero la lanzó a los brazos de Eros, en un episodio un tanto desafortunado en que el militar consumaría la violación de la joven, abusando de su confianza, si bien Ricardo de la Cierva cree que quien primero desfloró a la reina fue su preceptor, el político progresista Salustiano Olózaga (1805-1873).
El historiador José Luis Comellas esbozó el semblante de Isabel II como una mujer desenvuelta, castiza y espontánea, en la que el humor y el rasgo amable se mezclaban con la chabacanería y la ordinariez; apasionada por la España cuya secular corona ceñía y también por sus amantes. Mucho más irreverente se muestra Valle Inclán en La corte de los milagros, cuando dice: “la Católica Majestad, vestida con una bata de ringorrangos, flamencota, herpética, rubiales, encendidos los ojos del sueño, pintados los labios como las boqueras del chocolate, tenía esa expresión, un poco manflota, de las peponas de ocho cuartos.” Pero es el historiador Carlos Fisas quien tal vez más anécdotas recoge de esta reina.
¡Con Paquita, no!
Una vez en el trono, el matrimonio de la joven reina se convierte en asunto de estado, con trasunto internacional. Las potencias europeas maniobraron para no alterar las alianzas e intereses concertados que daban estabilidad a la Europa de entonces. Francia e Inglaterra renunciaron a sus candidatos en la Conferencia de Eu, dejando la puerta abierta al matrimonio con otro miembro de los Borbones. Entre las distintas posibilidades, se escogió la peor, la que sin duda no se ajustaba en absoluto a las veleidades amorosas de la reina. Se guardaba así la pureza de sangre de la dinastía borbónica.
Así, se decide casar a Isabel con un primo carnal suyo, por partida doble, Francisco de Asís de Borbón y Dos Sicilias, hombre apocado y poco interesado en los asuntos del reino. Algunos hablaban de su evidente afeminamiento como un obstáculo. Nunca había estado con mujeres y en su haber contaba con sospechosas amistades masculinas. Posiblemente su elección se apoyaba en estas mismas premisas para garantizar su no injerencia en la política del estado. Otra cosa bien distinta es que aquel matrimonio, concertado por el gobierno de España, fuera del agrado de la reina, quien llegó a decir a su madre la víspera de su boda: “He cedido como reina, pero no como mujer. Yo no he buscado a este hombre para que fuese mi marido; me lo han impuesto y no lo quiero”. Al final Isabel tuvo que pasar por el aro que le tendieron los políticos y aceptar este enlace, que se celebró el 10 de octubre de 1846, justo el mismo día en que la novia cumplía dieciséis años. El novio tenía veinticuatro.
El pueblo español, siempre dado a caricaturizar a sus gobernantes, era consciente de la homosexualidad del rey consorte, y por eso se referían a él con lindezas tales como “Paco Natillas” o “Paquita”. La misma Isabel II, cuando le comunicaron el nombre del candidato con quien habría de desposar, llegó a exclamar horrorizada: ¡No. Con Paquita no!
Cuernos reales
Así las cosas podemos imaginarnos que en el matrimonio de conveniencia acordado entre Isabel II y Francisco de Asís de Borbón hubo más cuernos de lo acostumbrado. La noche de bodas fue un completo desastre y así siguieron las vísperas sucesivas. La reina, con su habitual desparpajo, aludiendo a la primera experiencia con Francisco en el tálamo nupcial, llegó a decir: ¿Qué podía esperar yo de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes en la camisa que yo misma?
Poco después del enlace, Francisco de Asís conocería a Antonio Ramos Meneses, un guapo galán con quien mantendría una larga y discreta relación. Mientras, la reina se entregaba a los hombres que poblaban la corte, sobre todo militares. Amantes suyos fueron, además del mencionado general Serrano y de Olózaga, otros muchos varones, en un largo listado que los historiadores suelen resaltar. Algunos de ellos fueron músicos o intelectuales, como su maestro José Vicente Ventosa, expulsado de la corte por razones de peso, ya que la infanta era menor de edad; su maestro de canto, el mallorquín Francisco Frontela; los cantantes José Mirall y Tirso Obregón, cuyas varoniles voces embelesaban a la reina; o el compositor Emilio Arrieta, autor de la célebre zarzuela Marina.
Entre la larga nómina de romances que se le atribuyen figuran personajes tan variados como un dentista estadounidense llamado McKeon, su primo Carlos Luis de Borbón, carlista convencido, que le doblaba la edad, o un turco-albanés a quien en 1870, cuando aún estaba con su amante oficial Marfori, se dirige en sus misivas como “Jorge de mi alma” pidiéndole cosas como esta: “Quiero que tú reposes de tus fatigas en mi pecho, que se abrasa de amor por ti”.
Garañones en palacio
Enrique Puigmoltó y Majans, amante de Isabel II y presunto padre de Alfonso XII
Isabel tuvo otros amoríos más duraderos, entre los que destacan: Manuel Lorenzo de Acuña, Marqués de Bedmar; el escritor y político Miguel Tenorio, amante ‘oficial’ entre 1858 y 1865, nombrado secretario privado de la reina en 1859, y el capitán José María Ruiz de Arana, más conocido como “el Pollo Arana”, a quien la reina ascendió a coronel y regaló el título de vizconde de Mamblás y la Cruz Laureada de San Fernando. Años antes, entre 1848 y 1856, la reina tuvo un amante de excepción: el capitán Enrique Puigmoltó y Majans, Conde de Miranda. A Puigmoltó se le atribuye la paternidad del futuro rey Alfonso XII, hasta el punto de que la misma reina llegó a decirle una vez: “Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía”.
Los últimos amantes estables de Isabel le acompañaron en su exilio parisino. De su brazo salió de España el sobrino del general Narváez, Carlos Marfori y Calleja, gobernador de Madrid y Ministro de Ultramar. Hasta 1880 convivió con ella en el palacio Basilewski de París y en agradecimiento la reina le nombró marqués de Loja. En los seis años siguientes, hasta 1886, le relevó en la cama el capitán de artillería José Ramiro de la Puente, marqués de Alta Villa, y, por último, el húngaro Josef Haltmann, que se metió en el corazón de Isabel hasta la muerte de esta, el 9 de abril de 1904. Por fin pudo la reina descansar con las piernas juntas, como diría un ocurrente ingenio de la corte.
Familia numerosa
Y es que los incansables devaneos de Isabel II tuvieron como resultado doce embarazos (10 partos y 2 abortos). Sólo sobrevivieron cinco de los hijos nacidos, debido probablemente a la forzada endogamia de los cónyuges, siendo así que los pocos que salieron adelante vivos con toda probabilidad nacieron de relaciones extramatrimoniales. Aunque inscritos como legítimos, era vox populi que todos los supervivientes fueron bastardos, si bien el rey consorte recibía su consiguiente millón de reales cada vez que los presentaba como propios en la Corte.
Cinco fueron los infantes supervivientes. Isabel, alias “La Chata”, nacida el 20 de diciembre de 1851 e hija del comandante José Ruiz de Arana. Le siguió Alfonso, futuro Alfonso XII, nacido el 28 de noviembre de 1857, apodado “El Puigmoltejo”, por ser hijo del teniente de ingenieros Enrique Puigmoltó. Después nacieron Pilar y Paz, respectivamente en 1861 y 1862, hijas ambas de Miguel Tenorio, que vivió junto a la segunda infanta en un palacio de Múnich desde 1890, tras casarse esta con el príncipe Luis Fernando de Baviera. Por último, también fue hija de Tenorio la infanta Eulalia, nacida el 12 de febrero de 1864, uno de cuyos hijos combatió junto a Franco en la Guerra Civil española, representando más tarde a Don Juan de Borbón bajo la dictadura franquista.
Borbones en pelota
Según parece, a la evidente homosexualidad del rey consorte había que añadir el padecimiento de una rara enfermedad congénita, denominada hipospadia, que consistía en la deformación del canal de la uretra, cuyo orificio estaba situado en el tronco del pene, en lugar del extremo del glande, como es lo habitual. El pueblo de Madrid, aunque desconocía este extremo, en cambio sabía de la forma en que Francisco de Asís orinaba habitualmente, lo que unido a su afeminamiento, expresaba en coplillas como esta que circulaban por Madrid y España entera: “Paco Natillas / es de pasta flora. / Y mea en cuclillas / como una señora”. O esta otra: “Gran problema hay en la corte: / Averiguar si el consorte / cuando acude al excusado, / mea de pie o mea sentado”. O esta: “Isabelona, / tan frescachona. / Y Don Paquito, / tan mariquito...”
Coplas similares, con sus consiguientes caricaturas, fueron editadas en el libro Los Borbones en pelota, firmado con el seudónimo Sem (abreviatura de Semen). En él se muestra la imagen de la reina fornicando a diestro y siniestro con personajes influyentes de la corte, mientras su marido asiste resignado a los devaneos pornográficos de su esposa, tocado con una monumental cornamenta, masturbándose o sodomizado por algún preboste del reino.
Se suele atribuir la autoría de este libro a los hermanos Bécquer (el poeta Gustavo Adolfo y el dibujante Valeriano Bécquer), aunque los investigadores Jesús Rubio y Joan Estruch opinan que pertenecen a la obra de un pintor republicano radical llamado Francisco Ortego. Realizado hacia el año 1868, en el tiempo de la revolución llamada La Gloriosa, sigue la línea de algunos panfletos satíricos clandestinos, como El Murciélago, que denunciaban las corruptelas de la monarquía en tiempos de Isabel II. Aunque prohibido, el libro tuvo una cierta repercusión en la época y ha permanecido censurado. Incluso en tiempos recientes ha sido retirado de las librerías, a pesar de su publicación en 1991 en Madrid, por la editorial El Museo Universal y poco después, en 1996, reeditada también en Madrid, a cargo de la Compañía Literaria.
Paco ‘Natillas’
La complicidad de Francisco de Asís e Isabel II en asuntos de cama era tal que en cierta ocasión le comentó a su regia esposa que tuviera cuidado con el Pollo Arana, su amante, porque le estaba poniendo los cuernos. Por lo demás, la vida marital de los cónyuges fue un fracaso y una pantomima cara a la galería. La reina seguía acostándose con media corte y engendrando hijos bastardos, mientras su marido se dedicaba a organizar cacerías con nobles del reino, rodeado de apuestos varones. Entre los muchos lances sobre el rey consorte, cuentan que cuando el general O'Donnell se despedía de Isabel II antes de partir a la guerra de África, en 1860, y al comentarle la reina que de haber sido hombre, ella le habría acompañado, Francisco de Asís añadió: ¡Lo mismo te digo, O'Donnell, lo mismo te digo!.
Un sólo episodio nos habla de un celoso Francisco de Asís, aunque probablemente se tratara de un montaje que perseguía el apartamiento de Puigmoltó. El 26 de abril de 1857, el rey consorte intentó forzar la entrada a los aposentos de Isabel II acompañado del general Urbiztondo, con el pretexto de demostrar el adulterio de ésta con Puigmoltó. El general Narváez, que estaba custodiando la antecámara, les impidió el acceso y tras la refriega que hubo Urbiztondo mató al marqués de los Arenales, y Narváez hirió mortalmente al asesino con su espada. Aunque ambas muertes se declararon naturales, Narváez, que era un hombre digno, dimitió de la Presidencia del Gobierno para no tener que firmar el ascenso antirreglamentario de Puigmoltó a instancias de la reina.
No todo fue tan gris y anecdótico en la vida del consorte de aquella Isabel II, llamada por algunos “la de los Tristes Destinos”. La faceta como mecenas de Francisco de Asís Borbón y Dos Sicilias es prácticamente desconocida y poco valorada, aunque fue constante su preocupación por el embellecimiento de muchos monumentos de la capital de España, que gracias a él fueron restaurados y puestos en valor.
El fiel Meneses
Francisco de Asís Borbón tuvo una larga existencia en la que llegó a contemplar desde el exilio en Francia, pasando por la muerte de quien se suponía su hijo, Alfonso XII, la llegada de la República, hasta la restauración monárquica en la persona de su nieto Alfonso XIII.
Frente a la evidente promiscuidad de Isabel II, su esposo mostró mucha mayor fidelidad en sus amoríos. De hecho sólo se le llegó a conocer un amante oficial a lo largo de su vida. Se trataba de Antonio Ramos de Meneses, a quien los historiadores llaman, por ese mismo motivo, “el fiel Meneses”. Cuando en 1868 Isabel II es derrocada y exiliada a Francia, los cónyuges se separan, aunque viven en lugares próximos entre sí: la reina en París junto a su amante Carlos Marfori y Francisco de Asís junto a Meneses en Épinay-sur-Seine, donde fallece en 1902, dos años antes que la reina.
Los últimos días
Las dificultades económicas que pasaron Francisco de Asís y su fiel Meneses provocaron que el Borbón denunciara a su esposa Isabel ante los tribunales parisinos reclamándole una pensión, a la que tenía derecho. Isabel, que poseía una de las mayores fortunas de Europa y que había conseguido sacar de España todas sus joyas y pertenencias, se vio obligada a pasarle a su marido una pensión anual de 150.000 francos. Además, Francisco de Asís la chantajeaba constantemente con no reconocer a sus hijos putativos.
Pero el amor que Francisco de Asís sentía por su amante y compañero iba más allá del dinero. Justo antes de que estallara la revolución Gloriosa, el verano de 1868 consiguió de Isabel II, aún reina, que convirtiera a Meneses en Duque de Baños, con grandeza de España de primera clase, título que fue confirmado por Alfonso XII en 1875. Por si esto no fuera suficiente, en 1884 chantajeó a su reina y esposa una vez más, consiguiendo que el papa Pio IX otorgara a su adorado compañero la Gran Cruz de la Orden de Cristo.

La historia, que es muy cruel a veces, pone a cada cual en su sitio. La última ironía de este reinado tan extraño y peculiar, en una España gris que comenzaba a desperezarse de su letargo de siglos, tuvo que ver con el mismo enterramiento del esposo de Isabel II. Francisco de Asís de Borbón fue inhumado en el Monasterio del Escorial, en el Panteón de los Reyes, junto a las reinas consortes.

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