sábado, 7 de abril de 2012

JESÚS DE NAZARET, DESMONTADO EL MITO


Jesús de Nazaret no nació en Belén ni murió en Jerusalén, ni en ninguna otra parte. Existió, y existe todavía y para siempre como existió Guillermo Tell, inventado fundador de la confederación Suiza, aunque por razones de diferente matiz sectario y nacionalista e incomparables repercusiones. Dos mil doce años después del inventado nacimiento de Jesús y a tantos de la consolidación del cristianismo contamos los años según esa fecha que decidió Dionisio el Exiguo por encargo del papa Juan I, quien seguía esa tendencia de la Iglesia Cristiana de suplantar las festividades “paganas” para fijar las suyas propias como nuevo referente para todo el mundo. Procedimiento en el que abundaron mucho y por el que, pasado el tiempo, nadie recuerda nada pero cree saber lo que no sabe.
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©Octavio Colis
Por lo que, siguiendo con las dataciones, decía que Dionisio el Exiguo elaboró una cronología que fijaba el día 1 del año 1 de la Era Cristiana el 1 de enero de 754 ad urbe condita, es decir, desde la fundación de Roma. El “paganismo mitraico” celebraba el 25 de diciembre como el Natalis Invicti, pues después del solsticio el sol se engrandecía en fuerza y claridad -y el símbolo del astro natural era Mitra, que renacía invicto cada año en esa fecha desde el 274 a. C.-, y decidieron, los que elaboraron esa parte del mito, que Jesús nació ese mismo día, solapando las celebraciones de Mitra con las del nacimiento de Jesús, Sol Novus. De la misma manera se suplantó la noche del 5 al 6 de enero, en la que celebraban los griegos el nacimiento del Tiempo, Aion, con una procesión de antorchas hasta el templo de Korion, en la que se cantaba: La Virgen ha dado la Luz, la Luz aumenta, la Virgen ha dado la Luz, el Aion.
Aión, era el Dios del pasado y del futuro, de la vejez y de la eterna juventud. Un futuro y un pasado liberados de la tiranía del presente, de Kronos. Como estos del nacimiento y la Adoración de Los Magos de Oriente hay muchos otros solapamientos de fechas y conmemoraciones cristianas con otras religiones. De todas formas, el sistema “antes y después de Cristo” que se inventó Dionisio en ese siglo VI, no fue aceptado con regularidad en Europa hasta el XI.
Una de las pretensiones vanas que nunca satisfice en mi etapa colegial fue que alguno de aquellos enseñantes cristianos católicos me explicara los puntos de confluencia entre la historia sagrada cristiana, de la que nos rebozaban en fábulas, y la historia real antigua, de la que sabíamos muy poco, por lo que yo no lograba hilar nunca unas cosas con otras. Años más tarde me di cuenta de que no es que no quisieran explicármelo, es que no tenían ni idea y que ellos mismos se habían conformado con la simpleza con la que creían y razonaban los acontecimientos sagrados de su fe. Para ellos, y en general para todos los cristianos (los hay hoy de todas las gamas y matices, incluso contradictorias y excluyentes entre sí), Dios Padre decidió librarnos del quirógrafo impreso en el alma por él mismo tras el pecado original y para ello enviarnos a una emanación suya llamada Hijo, y más tarde otra, conocida como Espíritu Santo, que se ocuparían de ello muy eficaz y definitivamente. Hoy en día podemos entender mejor lo de las hipóstasis del Uno y Trino gracias a los conocimientos que hemos adquirido de lo cuántico, por el que se establece que una partícula puede ser onda, y moverse sin dejar de ser partícula ni onda a la vez, y que además interactúa con algo que hemos dado en llamar energía oscura, que en la comparativa sería el Espíritu Santo. Así que para ello, creen los cristianos, rama herética del judaísmo, Dios envió un ángel emisario (entendámoslo como materia oscura) a comunicarle a una joven judía llamada María que sería la madre del Dios hecho Hombre.
En los libros proféticos hebreos, el Tanaj, aparece la profecía de Miqueas, del siglo VIII a. d. J.C., que anunciaba la llegada a Belén de Judá del Salvador del Reino para esas fechas. Miqueas es considerado un profeta menor por los cristianos, pero Jeremías e Isaías (los tres nacidos en Judá) son considerados profetas mayores, y también ellos profetizaban la llegada del Hijo del Dios al Reino en ese momento aproximado, aunque los encajes de datación y lugar no sean exactos -nunca lo son en cuestiones mitológicas, porque no pueden serlo y es aconsejable que no lo sean-, cosa que no importa tanto a los creyentes como a los no creyentes. En realidad la idea mística de un Hijo enviado por el Dios Único hacía mucho tiempo que se desarrollaba entre las comunidades religiosas del Mediterráneo y el Próximo Oriente. Por esto, el herético gnosticismo cristiano precedió a los ortodoxos cristianos sirios y egipcios. La multiplicidad competitiva de los cristianos en el primer siglo hubiera sido imposible de haber surgido de un único movimiento proselitista con tan reducido número de misioneros como el que proponen los textos neotestamentarios. Los cristianos de hoy, como los de ayer, insisten en que todo surgió tal y como dijeron las profecías y los evangelios, y que Jesús nació en Belén en la noche del 24 al 25 de diciembre del año 1.
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©Octavio Colis
Jesús, Yeshua, es un nombre hebreo que significa Salvador, y Cristo es la traducción griega del Mesías hebreo de las profecías. Así que el esperado redentor venía ya predeterminado por el nombre que, como dicen algunos psicoanalistas, es un significante. Así que en ese mundo de entonces en el que se defendía místicamente que sólo había un Dios y que éste era por fuerza bondadoso y sabio, siendo las fuerzas del mal las responsables de todos los males del género humano, los judíos esperaban por su cuenta, siempre aparte del resto de la humanidad, la llegada del Reino y de su Rey venido del cielo para cumplir con la Alianza.
Pero, hartos de esperar en un mundo tan lleno de penalidades, hubo entre ellos quienes quisieron forzar esa llegada tan deseada, reformando algunos de los principios saduceos que amenazaban con postergarla eternamente. Para ello, y por seguir el hilo por esa parte que nos conduce a los cristianos, los esenios judíos decidieron hacer exotérico a Juan, que predicó la inminente llegada del Salvador, y con tanto poder de convicción lo hacía que asustó a Herodes, quien llevaba ya un tiempo temiéndose su derrocamiento por ese Yeshua tan deseado, al que había tratado de eliminar matando a todos los nacidos por las fechas que anunciaban las profecías lo haría. Juan, rigorista y renunciante donde los hubiera, se reía de Herodes y le acusaba de ser un pecador disoluto indigno de ostentar cargo alguno. Tanto se manifestó Juan que se descartó a sí mismo como Mesías. Su voz clamaba en el desierto de incomprensión judía, en tiempos del sumo sacerdote Anás y de su yerno, el saduceo Caifás quienes, rigoristas de la fe judía esencial, no podían admitir la llegada del Salvador en tiempos de tanta confusión nacionalista. Así que Juan, hijo de Isabel, prima de María, sólo pudo ser el bautista del esotérico desconocido -todo quedaba entre esenios y familia-, y siguió retador y vociferante hasta su degollamiento. El que tenía que nacer decidieron que ya lo había hecho y que era el Mesías Salvador. Pero no para los judíos ortodoxos, ellos siguen esperándole, sino para aquellos otros judíos cristianos.
Pero, ¿cómo podía hombre alguno reunir las características del enviado por Dios? Sus seguidores decían que ya había nacido pero que no lo conocían. Existía, pero no estaba. Esto es lo que ha quedado de la totalidad de su vida inventada, porque existía oculto a los ojos de los que le esperaban. Los dirigentes cristianos de los siglos posteriores, alarmados por la falta de evidencias referenciales a la vida real de Jesús, decidieron falsificar los escritos de Flavio Josefo, prolífico escritor que anotó y publicó al detalle sobre los acontecimientos de la época, e interpolaron dos referencias en su obra Antigüedades judías. La primera, conocida por los cristianos como “Testimonio Flaviano”, en el capítulo XVIII, que es una simple mención a su nacimiento; y la segunda en el capítulo XX, sobre Santiago, del que dice es hermano de Jesús. No se atrevieron a más. La verdad es que era impensable que Flavio Josefo no hubiera hecho mención alguna de Yeshua, habiendo escrito tanto y tan pormenorizadamente sobre los judíos de aquel momento. Escribió, por ejemplo, de la muerte de Juan el Bautista por orden de Herodes Antipas, y describe las características de las sectas históricas del judaísmo: saduceos, fariseos, zelotes y esenios, entre éstos últimos los del Qumram, extravagantes y extremadamente rigoristas.
Es cuando menos sospechoso que si los neotestamentarios afirman que Jesús fue un fenómeno de masas con repercusiones inmediatas en los acontecimientos del Oriente Medio, nadie, descartado Josefo por los mismos teólogos cristianos progresistas de todos los tiempos y fundamentalmente de hoy mismo, nadie excepto sus exégetas hablara de él nunca. Los escritos de Josefo llegaron hasta nosotros solamente a través de fuentes cristianas, y nunca antes del siglo IV, y los comentadores que escribieron sobre Josefo antes de Eusebio (siglo IV d. J.C.) no citan esos pasajes.
Cristo y los cristianos existieron, pero sólo los cristianos estuvieron en donde existieron. La hermandad cristiana de Jerusalén fue una de las corrientes de ese cristianismo reformista del judaísmo -ampliamente diseminado desde antes de la fecha inventada de su nacimiento-, y fue importante y finalmente muy influyente, hasta el punto de que durante la elaboración de las referencias del mito se estableció esa hermandad jerusalamitana como punto de origen de la totalidad del movimiento cristiano.
Pero los verdaderos impulsores del movimiento cristiano fueron Pedro de Betsaida y Pablo de Tarso. Los escritos de Pablo son los más antiguos del cristianismo. Sus cartas aceptadas como “cartas paulinas” (Gálatas, 1 de Tesalonicenses, 1 y 2 de Corintios, Romanos, Filemón, y Filipenses) fueron escritas antes que los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, escritos éstos entre el 70 y el 120 d. J. C., es decir después de la destrucción del Templo de Jerusalén y el fin de la rebelión judía contra los romanos. El primer evangelio escrito (de los aceptados por las autoridades religiosas cristianas a posteriori) fue el de Marcos, que acompañó a Pablo en su primer viaje y que regresó a Jerusalén para escribir u ordenar que se escribiera esta vida de Jesús seguramente en apoyo de los cristianos perseguidos por Nerón entre los que se encontraba Pedro. Parece que este fue el primer encargo de Pablo para fijar por escrito la vida de alguien a quien ni él ni Marcos habían conocido.
Algunos escritores ortodoxos citan a Marcos como hijo de Pedro quien, por cierto, al negar a Cristo tres veces podría ser que estuviera diciendo la verdad, que no lo conocía, que era cristiano pero que no conocía a Cristo…
<<Judas dijo que esa noche vendría, que por fin lo conocerían… pero no vino; alguien dice que Judas le ha vendido y que lo han detenido… Pedro corre hacia la ciudad, entra en el patio en el que están los reos… ¿Eres seguidor de ese Cristo? ¡Yo no conozco a ese hombre!>>
En cualquier caso, Pedro fue mártir por sus ideas cristianas. Cuando el mismo Pablo escribe que se haría anatema de Cristo por sus hermanos, creo yo que quiere decir que sería cristiano aun sin contar con el propio Cristo, que aceptaría el mensaje aun cuando no hubiera mensajero. Los cristianos revolucionaron el judaísmo al extender a toda humanidad el privilegio de ser hijos del Dios y por lo tanto herederos de su Reino.
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©Octavio Colis
Comparándolos con el 15 M y con los quincemayistas, se podría decir que los cristianos fueron en algún momento de la historia vanguardistas contra el poder establecido, que exigieron igualdad de trato para todos los seres humanos, cumpliendo con ese ciclo en la historia de la humanidad en la que surgen movimientos que exigen igualdad y justicia y que buscan una misma verdad para todos. Después de las personas cristianas, alentadas e impulsadas con tanta inteligencia por Pablo de Tarso y Pedro de Betsaida, vinieron los personajes cristianos que destruyeron la idea motriz de aquellos primeros, tratando de sacar el máximo rendimiento al mito.
En el evangelio de Marcos no se citan detalles del nacimiento de Jesús, ni se menciona a José, porque aún no se habían elaborado estos detalles mitológicos. Yo visité Belén en varias ocasiones y por diferentes motivos que no vienen al caso. En una de ellas entré en la Basílica de La Natividad en la que se adora el lugar exacto en donde los cristianos dicen nació Jesús. Una habitación muy pequeña en la que hay un agujero en el suelo rodeado por una estrella de plata de catorce puntas junto a una pared altar, ante cuya visión los cristianos se sobrecogen tanto o más que en los lugares sagrados de Jerusalén. Con mucho respeto asistí a una misa en aquél cubículo cavernario y sin ningún respeto rechacé los frasquitos de aceite del Monte de los Olivos o la bolsita con “astillas de árboles del mismo bosque del que se extraía la madera con la que se construyó la cruz en la que crucificaron al Salvador”, que me ofrecían los monjes ortodoxos armenios que junto con otros católicos son los encargados de la custodia y mantenimiento del lugar. Pensé entonces que cómo fue que José no se procuró un mejor lugar para cuidar a su esposa e hijo que un pesebre helado, cuando tuvo en sus manos, al poco del nacimiento de su hijo putativo, el oro que le regalaron los reyes Magos, que por pequeña que fuera la cantidad era oro, según dice el evangelio de Mateo.
Marcos estuvo muy empeñado en demostrar a los hebreos que Jesús era el Mesías prometido y que para ello sabemos utilizó la conocida como “Septuaginta” (traducción griega del Antiguo Testamento hebreo), en la que venía mal traducido un texto de Isaías que dice que “en respuesta a una señal, una joven (almah, en hebreoconcebiría un niño que se llamaría Emmanuel”. La joven, dice la Septuaginta, sería virgen (betulah, en hebreo), parthenos, en griego, pero en el original hebreo no dice virgen, dice joven, no dice betulah, dice almah. Y simplemente por un error de traducción del griego, el judío Mateo afirma que Isaías decía que la madre de Dios sería virgen cuando concibiera a Jesús, Emmanuel.
Aunque no hay por qué echarse las manos a la cabeza, esto de la historia de los mitos ha funcionado siempre así de caprichosamente. Joseph Smith, norteamericano restaurador de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, dijo haber tenido una experiencia espiritual según la cual recibió de las manos de un ángel llamado Moroni unas planchas de oro que contenían la escritura de los antiguos profetas de “las américas”, instruidos los nativos por el propio Jesús resucitado. Smith tradujo esas escrituras que aparecían en una especie de egipcio reformado y publicó la traducción como Libro de Mormón. Desde 1830 los mormones han ido creciendo hasta constituir una comunidad de seis millones de fieles a esa traducción de Smith que a otros cristianos les produce espanto.
Lucas, el evangelista, también era colaborador de Pablo, viajaba con él y parece que recibió el encargo de su maestro de escribir la que parece más culta y bien redactada de las exégesis elegidas por las autoridades eclesiásticas siglos más tarde entre las cuatro por las que se debe regir un cristiano, porque había muchas, tan pseudoepigráficas como aquellas, pero que fueron rechazadas. También redactó los Hechos de los Apóstoles, entrevistas directas a los que decían haber conocido a Jesús. Lucas era de Antioquía, por lo tanto no era judío y no reformaba con su trabajo ninguna creencia personal.
Juan, autor del cuarto evangelio cristiano (anónimo en principio), sí era judío y en sus escritos se nota que escribe para los no judíos, a los que han aceptado ya plenamente el carácter universal del mensaje divino de Jesús y la hermandad de la raza humana, hija toda ella, sin excepciones ni privilegios, de Dios. Juan, hijo del Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor -en esa confusión de parentescos siempre presentes en torno a Jesús, parece que de propósito para no centrar o focalizar el asunto-, se consideraba a sí mismo como el predilecto de Jesús. En su evangelio se perciben muchas reescrituras e intervenciones posteriores a su redacción que le exculparían de ese atrevimiento y presunción tan poco fraternal. También es uno de los santos protectores de la francmasonería, cuyo festival se celebra el 24 de junio (san Juan Bautista) y el 27 de diciembre (san Juan Evangelista).
Todos los textos míticos, cristianos o no, acaban siendo palimpsestos en los que han ido reescribiendo y borrándose los autores sucesivos. La diferencia de los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, llamados sinópticos, con el de Juan es tan grande que si Jesús hubiera enseñado lo que dicen los tres primeros no podía haber enseñado lo que dice el cuarto. Son dos Cristos completamente diferentes. Pero ya he dicho que el cristianismo no necesitó de ningún Cristo para extenderse (sino de muchos, casi uno por cada cristiano, a su medida), porque da igual todo esto y mucho más, y es inútil todo conocimiento y reflexión sobre el tema (después de Jesús toda ciencia es inútil, decía san Pablo), ya que los cristianos parecen decididos a ignorar la verdad sobre el Jesús histórico que existió pero que nunca estuvo, de la misma manera que a los judíos parece no importarles el retraso de la venida de su Salvador, les va bien así a ambos, esperando unos y reinterpretando otros. Y así viviremos otra Semana Santa, viendo llorar de emoción en los balcones al paso de las imágenes que representan esa historia mítica y a sus personajes principales, cada cristiano es hereje de su propia y confusa fe y ve lo que ve y cree en lo que cree… En las procesiones miro más a los cristianos llorando que a las imágenes, que son siempre las mismas, con la misma pretensión…
Un judío israelí me decía en Tel Aviv que los cristianos no habían entendido nunca nada de nada de los textos veterotestamentarios judíos, como puede comprobarse en su Nuevo Testamento y me ponía varios ejemplos. En uno de ellos, que tocaba de lleno el asunto del capital y el mercado, me contaba cómo los buenos judíos habían llegado a la conclusión de que no podían seguir engañando a sus semejantes en el comercio y que para evitarlo habían decidido que quizá fuera bueno acudir a la entrada de la sinagoga para, junto al templo, realizar sus ventas. Mira Yavhé, decía un vendedor elevando las manos al cielo, cómo y por cuánto le vendo a este hombre un palomo, Tú sabes que a mí me costó dos shekels y que se lo ofrezco a Slomo en dos y dos décimos… y de repente apareció un enloquecido con una correa y empezó a azotarnos gritando, y tuvimos que salir huyendo… era un Cristo enfurecido…
Octavio Colis || Escritor.

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