lunes, 2 de mayo de 2011

¿SE HA HECHO JUSTICIA?

No se ha hecho justicia, se ha hecho venganza (*)

Las últimas palabras de la intervención televisada de Barack Obama, a medianoche en Estados Unidos y en las primeras horas del alba en Europa, anunciando  que un comando de las fuerzas de élite  de sus servicios secretos había matado al enemigo público número uno, Osama Ben Laden, han sido una sentencia; pero una sentencia falsa: “Se ha hecho justicia”.
Matando -asesinando, llamemos a las cosas por su nombre-  a Ben Laden de un tiro en la cabeza en su refugio de una urbanización paquistaní a pocos kilómetros de la capital, Islamabad, los soldados USA han llevado a cabo una venganza que mientras escribo estas líneas celebran miles de ciudadanos del imperio en las calles de Washington y Nueva York (al menos eso es lo que están mostrando las cadenas de televisión de todo el mundo: masas humanas, compuestas mayoritariamente por gente muy joven, enarbolando barras y estrellas ante la verja de la Casa Blanca y  otros puntos estratégicos de las dos capitales estadounidenses).
 Se tenga la opinión que se tenga acerca de la trayectoria vital de un personaje como éste y de la catadura moral de “su causa” no habría  que olvidar nunca que para hacer justicia -y parece mentira que lo ignore el  presidente del país que hizo la primera Constitución defensora de las libertades fundamentales, que además es licenciado en leyes y un profesional del derecho- tendrían que haber conseguido detener vivo a Ben Laden y  llevarlo ante un tribunal que sentenciara de acuerdo con los cargos presentados contra él y los elementos probatorios conseguidos en la investigación. Vamos, que para que se hubiera hecho justicia tendrían que haberle tratado como a cualquier otro ciudadano del mundo,  incluso con su correspondiente presunción de inocencia hasta que no quedara demostrado lo contrario.
El precio puesto a la cabeza de Ben Laden -5 millones de dólares- por el presidente George W. Bush, que nunca consiguió encontrarlo durante su mandato, y mantenido después por la administración   Obama,  era por su “captura vivo o muerto”. El personaje, o los personajes, de los servicios secretos paquistaníes que, sin ninguna duda, han entregado al personaje (hasta ahora protegido, también sin ninguna duda), habrían cobrado lo mismo por la cabeza, cualquiera que fuera el estado en que se encontrara. Pero Obama -en el peor momento de su popularidad como presidente,  y cuando acaba de anunciar su intención de volver a ser candidato en las próximas presidenciales y se van a cumplir diez años del atentado al World Trade Center- ha desestimado la justicia para optar por la venganza y  repetir las secuencias de lo que fue el final de  otro personaje “odiado”, Saddam Hussein: la fotografía servida por las televisiones del rostro machacado de un Ben Laden cadáver recuerda mucho aquella de un Saddam ajusticiado,y evidencia  también que, diga lo que diga el presidente Obama, le ha matado algo más que  “un disparo en la cabeza”. Es la imagen de un rostro masacrado. Es una imagen que tiene que repugnar a los hombres de buena voluntad, sean cuales sean sus orígenes y creencias, precisamente porque es la instantánea  de una ejecución, de una  venganza.
Según parece ahora, la foto del cadáver es un montaje de otras dos: una de Ben Laden y otra de un "mártir". Sea lo que sea, la ha servido muy temprano la televisión oficial paquistaní. Ellos sabrán por qué.
No podemos aceptar ahora, en la segunda década del siglo XXI, que en el mundo que se llama a sí mismo civilizado siga funcionando la ley del Talión, se mantengan las normas que rigieron durante la conquista del Oeste.
Hoy  escucharemos a los “lideres”  de eso que se llama la comunidad internacional  -o sea, occidente, sus aliados  y unos cuantos jeques  del Golfo- sumarse a las felicitaciones y la celebración con que el pueblo   y el presidente de Estados Unidos festejan la muerte del cabecilla terrorista. Pero dentro de muy poco, cuando los estadounidenses se cansen de dar vivas a la venganza y regresen a dormir a sus casas,caerán en la cuenta de que,  matando a Ben Laden,   sus soldados de las tropas especiales no han terminado con Al Qaeda. La pesadilla de la amenaza terrorista de origen fundamentalista islámico sigue presente en sus vidas, y en las nuestras. En los diez años que han transcurrido desde el atentado a las torres gemelas -primera gran “hazaña”  oficial de Al Qaeda, aunque ya había atentado anteriormente contra intereses estadounidenses, en los USA y en otros países- la organización creada por Ben Laden ha crecido y se ha multiplicado a base de soflamas  cargadas de odio en las mezquitas de medio oriente ,que no solo han educado a los futuros “mártires” sino que también han recolectado dinero suficiente como para mantener “despierta” la complicada red de pequeñas células operativas autónomas que tiene repartidas por todo el planeta.

Mercedes Arancibia

(*) También quiero decir que no estoy en absoluto de acuerdo con que otros “soldados especiales” (esta vez de la OTAN, o sea “de los nuestros”) se hayan cargado al hijo y los nietos de Gadafi, por muy majadero, fantoche y asesino que me parezca el personaje. Yo creo que ya va siendo hora de mandar que se recojan los matones desperdigados por medio mundo en nombre de la paz y la libertad y, lo que es peor, en nombre de todos nosotros.

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