martes, 13 de marzo de 2012

10º aniversario: El futuro siempre aplazado de Daniel Moyano


Mercedes Arancibia
El exilio no tiene regreso”. Lo decía Antonio di Benedetto, escritor y periodista argentino exiliado diez años en París y Madrid, fallecido apenas volvió en 1986, y a Daniel Moyano –escritor, periodista y músico argentino, exiliado que nunca regresó- le gustaba repetirlo en Madrid, donde en este 2012 se van a cumplir diez años de su muerte.
Moyano, Daniel, amigo y compañero en los meses del diario Libéración cuando después del cierre, sin salir del local, muchas noches poníamos las sillas en círculo y le escuchábamos contar historias “de la sierra”, eufemismo con el que Daniel hablaba de los Andes como si fueran el pico de Abantos. Historias de cuando daba clases de música en lugares ignotos a muchachos cuya sueño casi siempre inalcanzable era conseguir llegar algún día hasta Buenos Aires; historias como la del traslado de un piano de una aldea a otra, con ayuda de un par de mulas, creo recordar, y sus manos, dignas de la firma de cualquiera de los grandes nombres del mejor neorrealismo, o del mejor realismo fantástico. ¿Qué tienen estos argentinos que cogen el castellano y lo transforman en otra lengua con una música distinta, mil veces mejorada?
Hay escritores como Borges o Cortázar, auténticos maestros ante los que se impone asumir una actitud distante, de respeto, o incluso de veneración (…) y hay escritores como Daniel Moyano. O, para ser más precisos, hay escritores con los cuales uno entabla una relación muy especial, por circunstancias que no sabe bien si atribuir al azar o a un puro encadenamiento de causas y consecuencias” (Seis instantáneas de Daniel Moyano. Enrique Aurora). A Moyano le habría divertido eso de las causas y sus consecuencias, y se habría quedado con lo del azar. Daniel Moyano se adaptaba a la casualidad, como a la contingencia de la vida que le había tocado en suerte. No fue de las mejores y, sin embargo, este medio indio nacido en Buenos Aires de una madre de origen italiano, criado en Córdoba, trasplantado a La Rioja y exiliado en Barcelona y Madrid, supo mantener con dignidad imposible de superar una media sonrisa en su cara cansada que dejaba adivinar el pasado tormentoso que le perseguía, sin conseguir darle nunca alcance.
A Daniel Moyano se le podía coger en cualquier cosa menos en un renuncio. Detenido, torturado, encarcelado, refugiado con el futuro siempre aplazado, como ahora canta a otras víctimas Ismael Serrano, que es lo mismo que decir sin futuro, Daniel se construyó en Madrid un presente ficticio, a base de nostalgias, de sombras del pasado: “Soy un argentino típico, decía, porque un argentino son muchas mezclas (…) Cortázar me decía: escribas lo que escribas nunca vas a dejar de ser argentino, ni de escribir para tu país. Borges permaneció físicamente en la Argentina, pero mentalmente nunca estuvo. Y yo le decía a Julio: Mirá, después que dejé Córdoba y me fui a La Rioja, empecé a atisbar esta entelequia que es América latina. Yo necesito a América latina: necesito que exista, porque no soy ni italiano como mi abuelo, ni indio como mi padre. Soy mezcla”. Quiero creer que al menos durante un tiempo fue moderadamente feliz en este último exilio que tampoco fue capaz de compensarle tanta injusticia.
En realidad su exilio había comenzado cuando nació, cuando se crió en el exilio de su abuelo materno, emigrante italiano, en el de su padre, que tuvo que marchar a Buenos Aires y desapareció de su vida, y en el de los muchos tíos que se ocuparon de él mientras fue niño: “Cuando murió mi madre yo tenía siete años y mis tías católicas me bautizaron…”. Ya adulto eligió el exilio interior en La Rioja, donde pasó veinte años enseñando música y escribiendo los primeros cuentos, “aunque estos exilios, decía Daniel, son los que sufren todos los seres humanos y consisten en ir dejando cosas y querencias”.
Innegablemente, el más traumático fue el viaje a España. De Argentina se trajo la familia, una máquina de escribir y una maleta con los útiles de fontanero. Con eso fue tirando los primeros tiempos. Como el personaje de su novela El trino del diablo, Moyano siempre tenía la cabeza llena de sonidos. Durante los primeros siete años en Barcelona y Madrid se despertaba con melodías que le perturbaban. Contaba, con terror, que “se levantaba de la cama tarareando la melodía del tango “Ladrillo” y la visión estremecedora del dictador” Videla"...ya nunca más volveremos a ser sentimentales, nos vinimos abajo como calzón de puta, y el futuro se asoma abrazado a un rencor, la inocencia se acabó, Milonguita, entramos por fin en el mundo cambalache, y aquí en este quilombo de nada vale el tango dulzón y melancólico".
Sigo, decía a veces, en el país provisional. No le fue fácil abrirse camino en el mundillo literario español, todavía en la estela del “boom latinoamericano”, que ya tenía sus dioses consagrados y el habitual rechazo a aumentar el santoral: entre sus inéditos queda El sudaca en la Corte, un título que no es casual, Daniel Moyano se sintió muchas veces “sudaca” frente a los popes culturales de aquellos ’80, “que hicieron mucho daño”, dice siempre mi hijo. Lo explicaba sutilmente: “No hay tanta discriminación como indiferenciaEn Argentina había escrito y publicado siete libros de cuentos y tres novelas, ha escrito Silvina Freira en el diario argentinoPágina 12 que también recuerda el aniversario de su muerte. Con El oscuro, en 1967, había ganado el premio del concurso internacional de novela “Primera Plana-Sudamericana. En el jurado estaban Leopoldo Marechal, Roa Bastos y Gabriel García Márquez. Ya en España, volvió al tema del desarraigo y la marginación “ahora con el agregado de una reflexión profunda sobre las condiciones en las que se entretejen el lenguaje y el hombre transterrado y forzado a dar cuenta de dos mundos a la vez”.
Voy contando siempre la misma historia en distintas obras”. Como los grandes narradores, Moyano procede - señala Roa Bastos- “por excavación y no por acumulación, por la creación de atmósferas, de cierto clima mental y espiritual, más que por el abigarrado tratamiento de la anécdota”.
Daniel Moyano supo siempre que hay viajes sin regreso, que del exilio no se vuelve. He leído que dijo que Ovidio había demostrado literariamente que no se puede volver ni siquiera volviendo, porque el exilio es irreversible: “He regresado a Buenos Aires, como muchos, pero me doy cuenta de que no regreso, aunque regrese. Lo que dejé ya no existe, los hilos están cortados. Alguien me dijo que mi novela Navíos y borrascas es mi paso hacia el exilio. Quiero asumirlo sin temor y sin esperanza”. Palabras que tienen especial importancia viniendo, como vienen, de un hombre que supo muchas veces lo que era el miedo.
(En 1999, KRK ediciones publicó, en España, su libro de relatos Un silencio de corchea. En 2005 la editorial Gárgola, de Buenos Aires, publicó su novela Dónde estás con tus ojos celeste).
LUCES ERRANTES, Ismael Serrano con los niños de Gaza

1 comentario:

  1. Excelente artículo.
    El tema :"desarraigo y marginación" :Latente siempre.
    "El exilio no tiene regreso" .Cierto lo que escribió Antonio Di Benedetto.

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