lunes, 23 de enero de 2012

LA TORTURA NO PUEDE SER BIEN DE INTERÉS CULTURAL


Por mucho que se empeñen en el PP la tortura no es, no lo será nunca, Bien de Interés Cultural. Puede que algunas comunidades autónomas y/o ayuntamientos gobernados por este partido consigan triunfos pírricos al legislar al respecto pero el debate está abierto y mientras países como Portugal y Francia se suman a la defensa, lo que hasta ahora eran feudos tradicionales se cambian al bando de los animalistas. Tal es el caso de numerosas ciudades iberoamericanas.
Quienes consideramos que las corridas de toros son una practica inhumana, impropia de sociedades avanzadas, ofrecemos estas 10 razones para demostrar que ninguna muerte puede ser cultura.
1. Los toros no son un deporte. La RAE define el deporte como toda “actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas”. Si nos ajustamos a la definición literal podríamos estar de acuerdo, pero decir que el toreo es un deporte de competencia igualitaria entre dos rivales es falso, pues esta condición no se cumple. Los escándalos por el afeitado de los toros (cortar o limar la punta de los cuernos al toro para que su lidia resulte menos peligrosa) o las investigaciones que han dejado ver como los toros son preparados en toriles para la corrida echan por tierra una afirmación como que el enfrentamiento se da entre dos rivales en iguales condiciones. Hoy una corrida de toros es un espectáculo de engaño y falsedad, donde los matadores se enfrentan a un animal minado en sus facultades físicas mediante el cansancio y el dolor.
2. Los toros son una tradición, y las tradiciones hay que mantenerlas. ¿Desde cuándo la apología de la tortura y de la muerte de un animal son dignas de perpetuarse históricamente? Tradiciones como la ablación femenina o la esclavitud nos horrorizan, ¿por qué una tradición cruel y sádica como la “fiesta” de los toros si debe mantenerse?, acaso porque se trata de animales, seres autómatas para algunos, o medios al servicio de los fines humanos, para otros. Las tradiciones deben ser soporte de lo que nos define y construye, pero también de lo que esperamos en el futuro. La pretendida racionalidad de nuestras sociedades y los nobles objetivos pacíficos en el mundo están amenazados si dejamos que este tipo de tradiciones sean fundamento formativo de las nuevas generaciones.
3. Las corridas de toros son un arte. El arte es un proceso de creación y construcción, que da vida, no la quita. Como interpretación de una representación mental, algunos autores han definido al toreo como seductor, en tanto niega lo absurdo y trágico de la muerte humana, trascendiendo y humillando la animalidad del toro. Para Hilda Salmerón, el toro le recuerda al hombre la angustia por lo limitado de su naturaleza animal, y se proyecta en una superioridad simulada ideando instrumentos de tortura y lidiando al toro con ellas a través de las diferentes suertes o lances de la corrida. Con ello, el torero representa la trascendencia a su propia condición mortal, a su propia condición animal. Sin embargo, lo que sucede no es el enfrentamiento de toro con torero, sino un animal contra las armas del torero. Éste destruye y aniquila, en búsqueda de la ansiada “inmortalidad” que consigue efímeramente bajo el disfraz de la fama, de salir por la puerta grande y del premio de las orejas y/o rabo de un pobre animal que ha sido la víctima de la farsa. Este arte no construye ni da valor. Antes bien, destruye todo lo enaltecedor del arte para la vida humana.
4. El toro muere dignamente. La dignidad es un valor y una categoría construida por nosotros para simbolizarnos cosas, pero aquí es utilizada para describir desde la perspectiva del toro lo que la muerte simboliza para él. Para un animal como el toro el dolor es el dolor y la muerte es la muerte, no son dignas ni indignas. La muerte es el fin de su vida y cuanto más rápido e indolora mejor; al menos esa sería para los humanos una muerte ideal. Para un toro la corrida es la muerte inminente, ya que la inmensa mayoría de los que pisan la arena terminan en la sala de despiece; también los indultados, pues solo unos pocos se salvan de las heridas recibidas en la plaza. ¿Es digna una muerte lenta, dolorosa, torturante, asfixiante? ¿Una muerte en la que un toro es obligado a someterse a las torturas de quienes dicen amarlos y respetarlos? Eso no es dignidad.
5. Los toros son cultura. En 1980, la UNESCO, máxima autoridad mundial en materia de cultura, emitió su opinión al respecto: “La tauromaquia es el malhadado y venal arte de torturar y matar animales en público y según unas reglas. Traumatiza a los niños y a los adultos sensibles. Agrava el estado de los neurópatas atraídos por estos espectáculos. Desnaturaliza la relación entre el hombre y el animal. En ello, constituye un desafío mayor a la moral, la educación, la ciencia y la cultura”. La cultura entendida según la RAE como “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” sólo será constructiva y válida mientras apueste por dar valor al ser humano, transformarlo en un ser más sensible, más inteligente, y más civilizado. La crueldad que humilla a humanos o animales y destruye por el dolor jamás se podrá considerar cultura. Esas sólo serán costumbres odiosas contra el mundo y contra sí mismos.
6. Son parte de la tradición religiosa, que honra a la virgen y a algunos santos. Este es un gravísimo error, la Iglesia, en varias oportunidades, ha condenado la celebración de fiestas en que se torturen y maten animales. El papa Pío V en 1567 promulgó una bula en que “condena estos espectáculos torpes y cruentos”, estableciendo pena de excomunión para clérigos, emperadores, reyes y cardenales que fomentaran dichos espectáculos. En 1920 el secretario del Estado Vaticano, cardenal Gasparri declaró que “la iglesia continúa condenando en alta voz, tal como lo hiciera el papa Pío V, estos sangrientos y vergonzosos espectáculos”. Juan Pablo II, haciendo un estudio de la Biblia dice que “el hombre, salido de las manos de Dios, resulta solidario con todos los seres vivientes, como aparece en los salmos 103 y 104, donde no se hace distinción entre los hombres y los animales”. ¿Por qué los sacerdotes que promueven las fiestas patronales y las iglesias encargadas de ellas, hacen caso omiso de estas palabras de sus líderes? Será por motivos económicos, imagino: Poderoso caballero es don Dinero.
7. Sin corridas no habría toro bravo, éste desaparecería. El toro es un animal herbívoro que pasa gran parte de su vida buscando pastos para alimentarse y no es bravo sino en las luchas territoriales, en la lucha por la reproducción y/o en situaciones de peligro. La casta brava de los toros ha sido genéticamente manipulada por el hombre para que sus ejemplares sean agresivos, tal como se han manipulado los ganados lecheros o de carne. Que se prohíban las corridas de toros solo significará que terminará su cría para estos fines pero no su desaparición puesto que toros más o menos bravos pueden darse en otras subespecies de bóvidos.
8. El toro no sufre. Como cualquier animal cefalizado y con un sistema nervioso central sí sufre. Si vemos a una mosca posarse sobre el lomo de un toro, apenas la percibe trata de espantarla, ¿cómo no sentirá un toro la puya, las banderillas o el estoque? ¿o acaso el toro se orina y defeca en la corrida porque le da pánico escénico?. Solo un veterinario afín a la industria de los toros se ha atrevido a afirmar que los toros no sufren dolor en la corrida.
9. El toro bravo nació para eso. El toro bravo fue criado y manipulado genéticamente por los ganaderos para ese destino. Fue un capricho y una voluntad humana movida por diferentes intereses, para los que el animal era un medio, lo que selló su suerte con ese destino. Ni dios, ni la patria, ni la tradición hicieron del toro bravo lo que es. Fue el hombre quien lo manipuló y lo llevó a la medida de sus deseos. ¿Es justo darle vida a un animal para quitársela en un acto pleno de dolor y crueldad?
10. El que quiera ver los toros que los vea, y el que no, que se vaya. Las temporadas taurinas, las escuelas y las ganaderías se financian con recursos públicos, a través de donaciones, exenciones de impuestos, subvenciones... Un porcentaje importante de personas que están contra las corridas de toros (68.8% de los españoles) no querrían que sus impuestos se destinasen al fomento de esta cruel actividad. Es fácil vivir la vida no mirando lo feo que ésta tiene. El regocijo en la tortura y la muerte de un animal son símbolos inequívocos de cierta decadencia, al estilo de la Roma del pan y el circo, pero hay quienes no podemos mirar hacia otro lado cuando un animal sufre y no tenemos reparo en quejarnos frente a ello, tenga la tortura forma de torero, matarife, maltratador, vendedor de mascotas o empresario de entretenimientos que exploten animales…etc.

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