miércoles, 3 de agosto de 2011

SILICIO SOLAR: LA HUELGA ES UN ÉXITO A PESAR DEL BOTELLÓN DE UNOS POCOS



Me crie en uno de los barrios mineros de Puertollano. Eran frecuentes las detenciones de padres de familia cuyo único delito era estar afiliado al PCE o ser activista de UGT o CCOO. Cuando la policía se llevaba detenido a un minero se instalaba en el vecindario una sensación inicial de impotencia que daba paso a la solidaridad con la familia desposeída de sus ingresos. Los niños éramos bálsamo para los hijos del detenido y solo los juegos compartidos diluían la cortina húmeda en los ojos de quienes eran privados del padre.
Crecí, poquito todo hay que decirlo, en un barrio de héroes anónimos y de ellos aprendí que los derechos laborales son una cosa seria. Mi padre, enlace sindical en una empresa de construcción, marcó definitivamente un rumbo al que parecía predestinado: ser sindicalista.
El tránsito a la adolescencia me aportó nuevos maestros. Pedro Ruiz, García Cañuelo, Manuel Caballero, Pilar Sierra, El “Tole”…, los entonces imberbes Fulgencio Ruiz, Jesús Camacho, Nierfa marcaron mi vida para siempre y me aportaron la seriedad y el rigor de quienes eran portadores de la responsabilidad más grande que conozco: defender los derechos de los trabajadores.
Tengo grabados en la memoria momentos de la lucha de los mineros ante el cierre de las minas o de sus huelgas por mejoras salariales. La cara seria, el gesto adusto con que marchaban hacia el centro de Puertollano contrasta con el ambiente “fiestero” que imponen ahora ciertos sindicalistas a sus huelgas. El minero marchaba a cara descubierta, orgulloso de serlo, mostrando a todo el mundo que su causa era justa. Nunca vi un minero escondido tras un pasamontañas o un pañuelo palestino.
El sindicalista solo tenía un arma, la palabra, y con argumentos convencía a los compañeros reticentes que dudaban entre las mejoras futuras y la perdida de salario por hacer huelga. Nunca se ejerció presión o insultos sobre quienes no secundaban la huelga. Sabíamos que la necesidad obligaba a muchos trabajadores a optar por trabajar, por ello nunca fueron enemigos nuestros, muy al contrario, eran los primeros a proteger. Así exigimos el derecho del trabajador a ser informado por su sindicato en una convocatoria de huelga, para que pudiera decidir libremente si participaba o no. Con apenas 20 años, megáfono en mano y subido a un bidón pare más de una vez el montaje en repsOL hasta conseguir las mejoras salariales reivindicadas.
En esa escuela me eduqué y en ella sigo. Por ello me inunda la desesperanza cuando me llegan las noticias sobre el conflicto de Silicio Solar. La huelga de ayer fue un éxito y cabe felicitar a sus auténticos protagonistas: los trabajadores. Ni unos ni otros, ni la empresa con sus provocaciones, ni los exaltados que los amenazaron e insultaron deben empañar esta jornada exitosa que pronto dará sus frutos.
Ayer entraron en escena, con la pasividad de la policía, las peores pasiones. Un reducido número de exaltados prendieron barricadas con neumáticos, impidieron el paso al autobús que transportaba a los trabajadores, insultaron y amenazaron a quienes caminaban a pie e intentaron coaccionar a los otros huelguistas que no participaban de sus excesos. La situación pudo desembocar en tragedia si el fuerte viento prende el pastizal próximo, o alguno de los rodamientos metálicos arrojados a la hoguera hiere a alguien al estallar. La empresa también ayudó a que el ambiente se caldeara cerrando con verja metálica los accesos, grabando videos desde las terrazas o mandando a trabajadores ucranianos a grabar con sus móviles en los corros de los huelguistas. Me consta que en la comisaría de policía se presentaron ayer decenas de denuncias contra la actitud agresiva de estos exaltados. Ni siquiera los servicios mínimos, según informa la empresa, pudieron acceder al puesto de trabajo obligando a varios trabajadores a una jornada de 16 horas ininterrumpidas.  
No voy a hacer protagonistas del éxito de ayer a estos elementos. Nada puede empañar lo que los trabajadores se han ganado a pulso con su coraje y su seriedad: que la empresa mueva pieza y convoque con urgencia un encuentro que permita reconducir la situación. Pero no puedo obviar que a una huelga no se va de botellón, pervirtiendo así un derecho constitucional que la derecha desea recortar. Ningún sindicalista de mi generación actuaría con tanta torpeza. Los derechos laborales y el alcohol no son compatibles, como tampoco lo son los pasamontañas con las libertades.
Tras el éxito de la huelga circuló el rumor de que la empresa proponía un encuentro urgente en el que hacer una propuesta que mejoraría notablemente lo ofertado en el ERTE. Conocida  la noticia se destapó la belicosidad de los exaltados que amenazaban a los delegados de CCOO, UGT y CTI si se sentaban a negociar con la empresa. Sus argumentos estaban cargados de rigor: ¡hay que echar a todos los ucranianos de Puertollano! ¡esta empresa tiene que cerrar!
Me pregunto si estos individuos trabajan en Silicio Solar, o si trabajan en algún sitio. Quienes son ellos para decidir lo que le conviene al millar de trabajadores que integra esta empresa. Acaso se han preguntado cómo van a vivir cientos de familias que tienen en Silicio Solar su única fuente de ingresos. Puede que a ellos, si trabajan en Silicio Solar, no les sea necesario conservar el empleo, pero a cientos de personas les resulta vital conservarlo y es a ellos a quienes hay que respetar. Igual respeto me merecen las decenas de PYMES de Puertollano que dependen prioritariamente de Silicio Solar.
Es imprescindible que las partes se reúnan y se sienten a negociar. Si los contactos no se han producido habría que establecerlos de inmediato y, por el bien general, no deberían sentarse en la mesa quienes no vayan con voluntad de alcanzar acuerdos. Quienes excluyen la negociación de la práctica sindical deben ser puestos en el lugar que les corresponde.

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