domingo, 28 de septiembre de 2014

Diferencias, abismales, entre el nacionalismo escocés y el catalán

Peru Erroteta. Periodista

Tienden los nacionalistas a meter en el mismo saco a todos los nacionalismos salvo, aparentemente, los de carácter fascista y similares que de tan mala prensa gozan. Sin embargo, los nacionalismos que, efectivamente, comparten muchos presupuestos básicos, se significan precisamente por sus diferencias, por su identidad propia, que está en la base de su doctrina. Éste es, por ejemplo, el caso de Escocia y Cataluña.
W. Wallace capitaneaba una revuelta popular contra el rey Eduardo de Inglaterra.
W. Wallace capitaneaba una revuelta popular contra el rey Eduardo de Inglaterra.
Basta un somero vistazo a la trayectoria histórica de ambos países, tan querida -e instrumentalizada- por el nacionalismo, para percibir las llamativas diferencias que separan a Escocia de Cataluña. Religión y política se entrecruzan en Escocia desde inicios del siglo XVI, cuando, de la mano de John Knox, la generalidad de la población se convirtió al presbiterianismo. Cosa que nada tiene que ver con una Cataluña que siempre ha compartido el catolicismo con sus vecinos territorios y, en consecuencia, el maridaje entre iglesia y poder propia de esta doctrina.
El acontecimiento fundacional de la nación escocesa en el imaginario patriótico nacionalista es la victoria de William Wallace, el 11 de septiembre de 1297, sobre el ejército inglés en la batalla del Puente de Stirling. Wallace capitaneaba una revuelta popular contra el rey Eduardo de Inglaterra, que intentaba hacerse con la corona de Escocia, aprovechando que su último rey, Alejandro III, no tuvo herederos. Nombrado “Guardián de Escocia”, Wallace fue capturado el 5 de agosto de 1305 y ejecutado de acuerdo con las peores prácticas de la época. Braveheart es el título de una película, producida y protagonizada por Mel Gibson, que narra al modo hollywoodiense estos acontecimientos -lo que se ha escrito sobre Wallace está basado en la obra de Blind Harry, escrita alrededor de 1470, casi dos siglos después de su nacimiento- y que se ha convertido en icono contemporáneo del imaginario épico nacionalista.
La derrota de los “austracistas”
El nacionalismo catalán ha elevado el 11 de septiembre de 1714 a la categoría de epopeya. Cosa que, claro, no quiere decir que antes y después de esa fecha no acaecieran en el territorio significativos hechos históricos. En 1700, a la muerte sin descendencia directa de Carlos II -último monarca de los Habsburgo en España- algunas potencias de la época, como Inglaterra y Austria, no aceptaron que el inmenso imperio español pasara a manos de la misma dinastía que gobernaba en Francia y, junto a Prusia, Holanda y otros Estados menores, acabaron declarando la guerra a Luis XIV de Francia y Felipe V de España. En ella, los ingleses obtuvieron el apoyo de la corona de Aragón, con lo cual el conflicto pasó a denominarse en España “Guerra de Sucesión”. Así, más que sujeto, España y sus territorios fueron en aquel episodio objeto de una lucha por el poder entre las grandes monarquías europeas.
Cuando se anunciaba la victoria de los aliados, los austriacos perdieron el apoyo de Inglaterra y la cosa acabó en 1713 con la paz de Utrech, en la cual Felipe V fue reconocido como rey de España a cambio, entre otras cosas, de ceder a Austria territorios como los Países Bajos e Italia y de conceder a Inglaterra ventajas en el comercio con América. Los “austracistas” (partidarios de la corona de los Austrias en España, entre los que figuraban parte de la nobleza castellana y la Iglesia) fueron abandonados a su suerte. La nueva monarquía, siguiendo los usos franceses, llevó a cabo una profunda remodelación, de la economía, el ejército, la cultura y la administración pública que, en consecuencia, conllevó la supresión de estructuras anteriores, como los fueros medievales que, en realidad, consagraban una sociedad estamental y profundamente rígida e injusta.
Sin embargo, el nacionalismo catalán interpreta aquéllos hechos como una simple derrota de Cataluña frente a España y la pérdida de su independencia. Cosa que se ha traducido en un mito desprovisto de cualquier rigor histórico. Enaltecer a los Austrias como paradigma de una supuesta España confederal, en contraposición a unos Borbones unitaristas y centralistas es un sinsentido histórico.
Las señas de identidad, tan queridas asimismo por el nacionalismo, también varían en número e intensidad en los nacionalismos escocés y catalán. El primero aparece como un paradigma identitario que, sin embargo, se asegura, es en alguna medida producto de la nobleza británica y, concretamente, de la Reina Victoria, que “redescubrió” y promovió antiguos usos y costumbres del país. Pocas cosas son tan identificables como un escocés tópico y, sin embargo, solamente unas 60.000 personas de un total de más de cinco millones de escoceses hablan gaélico. Sin embargo, en Cataluña, donde el catalán es ampliamente utilizado, el discurso identitario ha cedido frente al economicismo, de corte padano. Los denominados “nuevos independentistas” recurren con más frecuencia a la cartera que al corazón a la hora de justificar su nacionalismo.
Izquierdismo escocés, derechismo catalán
Pero es quizá en el terreno de la política donde las diferencias entre los nacionalismos escocés y catalán son más llamativas. El National Party of Scotland (actualmente SNP) fue fundado en 1934 por diversas corrientes nacionalistas y su cabeza más visible fue el poeta comunista Hugh MacDiarmid, autor de A Drunk Man Looks at the Thistle uno de los poemas más importante de la literatura escocesa del siglo XX, y que trató de imaginar un mundo sin Dios en el que todos los hechos tratados por la poesía fueran científicamente verificables. Y aquél impulso fundacional sigue escrito en su genoma. Su actual líder, que en las últimas elecciones cosechó 65 escaños de los 139 con que cuenta el parlamento escocés y que se opuso a la invasión de Irak y acusó a Tony Blair de mentir, está considerado un político izquierdista.
Es en el proyecto y los programas donde las diferencias entre el nacionalismo escocés y el catalán resultan más llamativas. En Escocia el SNP asociaba el “sí” a la independencia a una profundización del Estado de bienestar y un giro a la izquierda en las políticas económicas, sociales y culturales. En Cataluña, por el contrario, ni siquiera se plantea el más mínimo debate en torno al futuro del país
Nada que ver con Convergencia Democrática de Catalunya (CDC), creada en 1974 en torno a Jordi Pujol, a la que sumó en 1980 Unió Democrática de Catalunya, que hegemoniza el nacionalismo catalán. De ideología explícitamente conservadora, CIU es resultado de la conjunción de diversas corrientes liberales, democristianas…, que engarza con el nacionalismo derechista catalán de preguerra, aunque sin continuidad orgánica. Instalado confortablemente en la ambigüedad, el partido de Jordi Pujol -que entre sus inspiradores cita a Emmanuel Mounier, Charles Peguy y Antoine de Saint-Exupéry-  gobernó ininterrumpidamente la Generalitat entre 1980 y 2003 y actualmente lo sigue haciendo, con Artur Mas a la cabeza.
Fiel a su perfil, las políticas de CIU han venido respondiendo a la más pura ortodoxia neoliberal, adelantándose en ocasiones a las de sus correligionarios en Madrid. A su labor de jibarización del Estado de bienestar en Cataluña se suma una estela de corrupción -cuyo último episodio ha sido protagonizado por su propio fundador- y, en general, una forma de entender y ejercer la política más propia de una satrapía de baja intensidad que de un partido democrático. Autonomista confesa, CIU optó por adherirse bruscamente al independentismo, haciendo valer los agravios que, a su juicio, infringe el Gobierno español a Cataluña, específicamente en materia fiscal. Independentismo que ni siquiera figura en su programa electoral y que, como es natural, está contribuyendo a la expansión de ERC, su competidor en el espacio nacionalista.
En la otra orilla del nacionalismo catalán acampa Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Creada en 1931 y, originariamente, federalista, pertenecieron a él destacadas figuras de la política catalana, como Francesc Macià, Lluís Companys o Josep Tarradellas. Se declara de izquierdas, republicana e independentista. Nunca ha especificado a que familia de la izquierda se adscribe porque, en realidad, carece de doctrina, tradición y vocación en este campo y su republicanismo es más bien nominal, como podría serlo, por ejemplo, el del PSOE. Eso sí, su perfil nacionalista es nítido y rotundo, hasta el punto de haberse instituido en faro del independentismo auténtico.
Sujeto a cíclicas convulsiones, ha sabido reinventarse y nunca se ha distinguido por vehiculizar ideas, políticas o proyectos de cambio social. Al calor del súbito independentismo de CIU y adaptándose sin rechistar a sus políticas,ERC está llamada a crecer a su costa como la espuma…, hasta su próxima crisis. Anclado en la pequeña burguesía, sobre todo de carácter rural, estamentos de la educación y, en general, círculos sociales más bien difusos, ERC no hace ascos del poder, coquetea con el populismo y, más allá de su nacionalismo, resulta difícil de entender.
Cualquier cosa menos decencia
Sin embargo, es en el proyecto y los programas donde las diferencias entre el nacionalismo escocés y el catalán resultan más llamativas. En el reciente referéndum que se ha celebrado en Escocia el SNP, en consecuencia con su ideario, asociaba el “sí” a la independencia a una profundización del Estado de bienestar y un giro a la izquierda en las políticas económicas, sociales y culturales. En Cataluña, por el contrario, no solamente se ignora cualquier cambio asociado al independentismo, sino que ni siquiera se plantea el más mínimo debate en torno al futuro del país. Los partidos que se reclaman de la izquierda (ERC, ICV y CUP) y forman parte del bloque nacionalista se han limitado a seguir sin rechistar la hoja de ruta de CIU -es decir, de una derecha, que no tiene ningún empacho en seguir fotografiándose con la Trilateral, el Tea Party o el padanismo xenófobo y, por añadidura, profundamente corrupta- y someterse al liderazgo de Artur Mas, no exclusivamente en el campo nacionalista.
En Escocia el SNP asociaba el “sí” a la independencia a una profundización del Estado de bienestar y un giro a la izquierda en las políticas económicas, sociales y culturales
En Escocia el SNP asociaba el “sí” a la independencia a una profundización del Estado de bienestar y un giro a la izquierda en las políticas económicas, sociales y culturales
Arrollada por la crisis económica -que han desencadenado los correligionarios y amigos de CIUen todo el mundo- una parte significativa de las clases medias catalanas, ha interiorizado la idea, acuñada y difundida por el nacionalismo, de que España roba a Cataluña (el “nos roban” del eslogan) y arrastrada, con más ingenuidad que raciocinio, busca una salida a su presente empobrecido y su futuro amenazado en un milagro, un milagro que se llama independencia. ¿Si nos roban, si nos roba España, y por eso nos estamos empobreciendo? Pues hay que irse de España. Así de sencillo. Y de paso, se hace desaparecer de cuajo cualquier atisbo de reivindicación social, cualquier movimiento de protesta, cualquier crítica, cualquier intento de plantear los problemas, por ejemplo, derivados de la crisis o los destrozos estructurales del Estado de bienestar que se están llevando a cabo. “Eso no toca ahora”, que diría Pujol. Todo el espacio social, mediático, sicológico, emocional…, está ocupado por la ola independentista.  De la noche a la mañana y de manera radical, las pancartas de las tijeras han sido sustituidas por banderas nacionalistas.
El nacionalismo catalán, en fin, ha logrado movilizar a una buena parte de la población sin programa, proyecto e incluso trayectoria definida. Por eso, a la luz de lo que está dando de sí el modelo de país ideado por Jordi Pujol y de otros inquietantes signos, nada tiene de extraño que haya gente en Cataluña que se pregunte hacia dónde va su país de la mano del nacionalismo ¿Una Suiza mediterránea? ¿Una privilegiada plataforma de negocios sucios? ¿Un eterno veraneo…? En cualquier caso, algo muy alejado del modelo que ofrece el nacionalismo escocés.
La combinación entre masivas movilizaciones nacionalistas -promovidas por entidades tan espurias como laAsamblea Nacional Catalana (ANC) u Òmnium Cultural- y la ausencia de pensamiento y discusión en torno al independentismo, pone de manifiesto que nos encontramos ante una deriva no se sabe bien hacia dónde. Cosa que a la luz de cómo se entiende y ejerce la política -reduccionismo, manipulación, cinismo, mediocridad…-, constituye el reverso de la moneda de cualquier impulso de decencia política. Algo que no es patrimonio exclusivo de Cataluña, ni mucho menos.

2 comentarios:

  1. ¿ No cree usted que todos los nacionalismos tienen " algo " de fascistas ?

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  2. creo que todos los nacionalismos son hijos del capitalismo

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