miércoles, 27 de agosto de 2014

PODEMOS Y EL MIEDO I: El miedo del capitalista y la domesticación de la clase trabajadora

Hace muchos años, cuando la lucha de clases era asunto de dos clases y no de una sola como sucede ahora (la que ejerce el capital), los capitalistas tenían miedo de los trabajadores.
Eurodiputados de Podemos
Ahora, son los trabajadores los que tienen miedo de los capitalistas. Una mutación que no deja de ser un indicador del debilitamiento de la posición estructural de la clase trabajadora.
Sin embargo, hay quien sostiene que el miedo ha cambiado de bando. ¿Será? Es el caso del partido Podemos, que ha convertido tal afirmación en consigna casi monotemática, repetida por sus seguidores hasta niveles empalagosos. Forma parte del discurso minimalista adoptado por este partido, en torno a un conjunto muy limitado de palabras rituales que, utilizadas repetitivamente a modo de mantras, buscan quizás la eficacia simbólica que a menudo deriva del lenguaje litúrgico ritual.
Pero... ¿tiene razón Podemos cuando habla de que el miedo ha cambiando de bando? Merece la pena pensar sobre ello.
Hablar del miedo nos conduce a hablar del riesgo, el cual solo puede ser entendido como construcción cultural y social. Los grupos humanos desarrollamos una noción sobre el riesgo, el peligro, la amenaza..., que, pese a que puedan darse denominadores comunes, varía de unos marcos culturales a otros (lo cual es el objeto de estudio de la antropología del riesgo). Una situación social puede ser considerada como riesgo o no por distintos grupos sometidos a la misma situación.
Aclaro lo anterior porque la sociedad europea occidental, a través del llamado estado del bienestar, desarrolló un modelo de cierta seguridad frente a situaciones de crisis personales que puedan venir provocadas por factores como la pérdida del empleo, la enfermedad, el deterioro físico y/o mental ligado al envejecimiento, la falta de recursos para que nuestros hijos estudien, etc. Hemos vivido en un capitalismo que garantizaba unos niveles de protección social sin parangón en otras sociedades capitalistas. La posibilidad de que tales dispositivos fallen o resulten insuficientes, induce a que valoremos la situación que pueda crearse como un riesgo alto que nos provoca temor. Vayamos a un ejemplo. Un caso que cada vez se da con más frecuencia, es el de los trabajadores sin empleo que dejan de tener cobertura sanitaria; en dichas circunstancias, la posibilidad de caer enfermo se vive con un valor añadido de riesgo por la incertidumbre de poder pagar o no el tratamiento necesario, lo que no sucede en un modelo de cobertura universal.
Recuerdo una discusión hace años, en Timor Oriental, con un conocido llamado Lee, un hombre de negocios de Singapur de origen chino. Lee me decía que los europeos no éramos "competitivos" debido a la existencia del estado del bienestar. Mi interlocutor consideraba que una persona enferma que no fuese capaz de asumir los costes del tratamiento médico, debía encajar su situación con resignación, incluso si de la misma derivase su muerte. Por lo mismo, consideraba una aberración social que un desempleado cobrase un subsidio público. La misma lógica la aplicaba a la vejez: para Lee, una persona en caso de carecer de ahorro suficiente o de medios, debía seguir trabajando hasta su fallecimiento, salvo que la familia se hiciera cargo de su manutención. Derechos como el de negociación colectiva, a este chino de Singapur le parecían un disparate, una extravagancia occidental. En el fondo, Lee no solo estaba describiendo el modelo del capitalismo asiático, sino que sin saberlo estaba contando el sueño dorado de la oligarquía capitalista europea, prometido en su día por ese profeta del capital llamado Milton Friedman.
Imaginar nuestra vida en una sociedad como la que Lee consideraba "normal", a cualquiera de nosotros nos hubiese producido pánico, miedo, angustia... El estado del bienestar reducía la incertidumbre ante la posibilidad de crisis personales como las que mencionábamos antes, transmitiéndonos un sentimiento de seguridad existencial que funcionaba como antídoto contra el miedo. En este sentido, el capitalismo del welfare state, fue un modelo de tranquilidad social (todo lo relativa y discutible que queramos). Sabíamos que si caíamos, teníamos una red (relativa) debajo. Y bastó que la red comenzara a resquebrajarse, para que nos entrara el miedo.
Pero... comencemos por el principio.
¡Vienen los rojos! El miedo del capitalista a la clase obrera.
Uno de los efectos de la revolución industrial fue la aparición de organizaciones de trabajadores que no solo demandaban una mejora en sus paupérrimas condiciones de vida, sino que aspiraban a la emancipación final como clase, a través de la superación del capitalismo. El optimismo del burgués, cuya riqueza no dejaba de crecer, se veía empañado por su miedo a la acción organizada de un proletariado que era consciente de que no tenía nada que perder excepto sus cadenas (Karl Marx).
Al entrar en el siglo XX, el capitalismo todavía estaba fuertemente marcado por la confrontación entre las distintas burguesías nacionales. El reparto colonial de la tarta imperialista cocinada en la Conferencia de Berlín (1884-85), apenas vino a demorar lo que resultaba inevitable. Y así, la colisión de intereses entre las diferentes oligarquías de los países hegemónicos, condujo en 1914 a la primera gran guerra mundial que vivió la Humanidad. Como era de esperar, fueron los campesinos y obreros los que pagaron con sus vidas las consecuencias de esta confrontación entre capitalistas. Al macabro sacrificio de obreros y campesinos enviados al matadero, la ideología dominante lo llamó patriotismo. La Historia está siempre cargada de esperpento. Los pobres son enviados a matarse entre sí en nombre de la Patria y/o de Dios, cuando en realidad siempre se trata de la defensa de los intereses de los ricos de sus respectivos países. En los 51 meses largos que duró el macabro juego "patriótico", murieron cerca de 22 millones de personas (más del 60% civiles). El infierno duró 1.563 días, 1.563 jornadas "patrióticas". La codicia capitalista se cobró la vida de 14.000 personas diarias entre militares y civiles, 585 personas sacrificadas cada hora durante una larga noche que duró cuatro interminables años.
Sin embargo, en medio de aquella orgía de muerte y destrucción, el suelo que pisaba el burgués tembló, cuando el proletariado ruso gritó ¡basta! La revolución rusa de 1917 despertó los más terribles miedos y temores de la burguesía de los países capitalistas dominantes, a la vez que supuso una inyección de fuerza moral para las organizaciones obreras de todo el mundo. Se hizo patente que el sacrosanto régimen burgués dejaba de ser una fortaleza inexpugnable, y que podía llegar a ser destruido por la acción revolucionaria del proletariado organizado: el capitalismo podía ser derrotado.
El miedo de la burguesía alcanzó tal nivel que recurrió a una fórmula terapéutica para meter en cintura a la clase obrera descontenta, y de paso acabar con el mal ejemplo de la amenaza roja. Surgió así el fascismo, esa medicina a la que recurre la oligarquía capitalista cuando se ve demasiado amenazada y consumida por el pánico. No le dio resultado. Finalmente, la bestia que había parido resultó aplastada por el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos (denominación oficial del RKKA). Eran malos tiempos para el burgués, en el inicio de lo que se llamó la guerra fría.
El capitalista seguía estremeciéndose de miedo, mientras miraba de reojo hacia lo que había al otro lado de un telón imaginario que decían que era de acero. Seguía existiendo pánico a la propagación del satanizado socialismo real. El que fuera director durante muchos años del FBI, Edgar Hoover, expresó como nadie esta paranoia con la amenaza roja, diciendo que el comunismo "es una forma de vida maligna, que revela condiciones similares a la de una enfermedad que se extiende en forma de epidemia, y como una epidemia hay que ponerlo en cuarentena para que no infecte a toda la nación" (ver en mi canal de Youtube, "Collage anticomunista", un montaje de fragmentos anticomunistas de la guerra fría realizado en clave de humor).
¡Qué terrorífico resultaba para el burgués contemplar el rojo poderío del bloque socialista! ¿Y si la clase trabajadora de los países capitalistas se contagiaba "de la epidemia" mencionada por Edgar Hoover? Había quedado claro que la terapia del fascismo no daba resultado a largo plazo. A la oligarquía capitalista europea no le faltaba razón para tener miedo. En la Italia de 1947, el poderoso PCI (Partido Comunista de Italia) alcanzaba su techo como partido de masas, llegando a tener casi 2.300.000 militantes (todavía en 1990, meses antes de su "suicidio político", el PCI tenía casi 1.300.000 afiliados).
De aquel miedo del burgués, nació el pacto que habría de encender la libido de los trabajadores por el capitalismo. Claro que no era la imagen del pestilento y andrajoso capitalismo que había existido hasta entonces. Primero pasó por el salón de belleza y, cuando salió del mismo, su contorneo insinuante cautivó a la clase trabajadora, demasiado seducida para percibir que aquel perfume embriagador se elaboraba con una mezcla de sangre y sudor de la clase obrera del mal llamado Tercer Mundo (teoría de la dependencia de Wallerstein).
Y la clase trabajadora pasó a considerarse "clase media" y bailó la conga del capitalismo recién salido del salón de belleza.
En efecto, el miedo del capital a las organizaciones políticas y sindicales de clase, fue uno de los factores que explica el gran pacto social del que salió el estado del bienestar. Olvidad vuestra beligerancia revolucionaria, y a cambio aceptamos incorporar ciertos componentes de los modelos socialistas (1), vino a ser el gran ofrecimiento de la oligarquía para alcanzar una aparente tregua en la lucha de clases.
El pacto resultó fácil. La división de Europa en dos bloques, producto de Yalta, dejaba poco margen de maniobra a las organizaciones socialistas y comunistas de los países europeos capitalistas, no dejando más vía que la de las lentísimas e hipotéticas -y cargadas de incertidumbre- "transiciones democráticas" al Socialismo. Los dos intentos más claros de saltarse el guión establecido, terminaron en un contundente fracaso, reafirmando esa única vía posible (primero el del KKE en Grecia; años más tarde, el del PCP y resto de la izquierda revolucionaria en Portugal, durante la revolución de los claveles). De esta forma, el gran pacto del estado del bienestar, tuvo lugar sin oposición política ni social, en tanto fue hijo de un consenso histórico entre la derecha e izquierda europeas. Se creaba así un modelo de capitalismo que facilitaba unos niveles de protección social que proporcionaban un sentimiento de seguridad vital a la clase trabajadora occidental. La euforia provocada por el estado del bienestar, condujo incluso al delirio de pensar que el modelo era exportable a la maltratada periferia.
Por otra parte, al pacto siguió la época que me gusta denominar del capitalismo feliz de color rosa, en el que el crecimiento económico de los países dominantes y el aparente bienestar material que facilitaba la sociedad de consumo, hacía que nuestra clase trabajadora (la misma que ahora está tan puteada y también cabreada con los "políticos") viviese seducida en desbordante pasión con el modelo capitalista. Conviene no olvidar esto y no echarle la culpa exclusivamente a las organizaciones políticas y sindicales. Aquí todo el mundo se apuntó a la conga amenizada por la orquesta del capital. Todos eran "clase media" en la época en la que la ideología burguesa decretó la falsa muerte de las ideologías y de la lucha de clases; la época en la que la felicidad se compraba en cómodos plazos ("...Planearán vender la vida y la muerte y la paz. / ¿Le pongo diez metros en cómodos plazos de felicidad?...", cantaba Pablo Guerrero en A cántaros).
El estado del bienestar y la sociedad de consumo, tuvieron un efecto opiaceo sobre la masa social, políticamente cada vez más narcotizada y manejable a través de la poderosa industria mediática. Cualquier atisbo de conciencia de clase desapareció y la lucha de clases acabó siendo un burdo tongo, al no producirse una respuesta significativa de la clase trabajadora. Y por un acto de prestidigitación, la ideología dominante nos hizo creer que todos éramos "clase media".
Lo que nos interesa ahora, es enfatizar la idea de que este efecto narcotizante sobre la masa social acabó domesticándola. Pero la tranquilidad completa del burgués solo llegó cuando tuvo lugar la desaparición del bloque socialista. Resultó patético contemplar cómo desde la izquierda orgánica, se celebró la caída del Muro de Berlín o, en el mejor de los casos, se vivió con indiferencia. Pocos se pararon a pensar sobre las consecuencias de efecto dominó que aquello acabaría teniendo para la clase trabajadora occidental y para esa red de seguridad -estado del bienestar- que se había levantado, a través de un pacto que se consideraba incuestionable y blindado.
La desaparición del bloque socialista y la domesticación previa de la clase trabajadora, fue lo que condujo a que el burgués dejase de tener miedo a los trabajadores. Nunca anteriormente, estos habían llegado a ser tan manejables y a estar tan controlados políticamente.
Y la oligarquía vio entonces la pista despejada para llevar a cabo sus sueños húmedos del capitalismo preconizado por Milton Friedman y su camada de acólitos.

@VigneVT blogdelviejotopo
Notas.- (1) Aunque a más de uno pueda sorprender la afirmación, los elementos fundamentales del estado del bienestar, no dejan de ser componentes característicos de un sistema socialista adaptados -mal o bien- al capitalismo. En este sentido, el estado del bienestar tiene mucho de contradicción y, a la larga, o evoluciona hacia un modelo cada vez más socialista o involuciona, que es lo que está sucediendo actualmente.

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