sábado, 16 de agosto de 2014

POLÍTICA DEL BIEN COMÚN, TRANSVERSALIDAD O LUCHA DE CLASES ¿Que hacer frente al capitalismo?


Verdad que es enternecedor ver como las grandes fortunas donan una ínfima parte de sus riquezas para arreglar los problemas del mundo. Se me saltan las lágrimas con tanto compromiso social apadrinado por Bill Gates, Carlos Slim o Amancio Ortega. El truco consiste en crear o participar de una fundación para que la prensa te encumbre a la categoría de empresario modelo mientras tus empresas pagan salarios de esclavo a niños y mujeres en Asia o favorecen las guerras en territorios con minerales como el coltán. Es lo que se nos presenta como “capitalismo de rostro humano” y que algunos entusiastas predican ya bajo el mantra de “economía del bien común” para que el modelo no sea cuestionado y perdure hasta el fin de los tiempos.
Para evitar disidencias, los gurús del capitalismo de rostro humano están poniendo de moda otra frasecita, contradictoria en su significado pero hermana de la anterior: la política del bien común. Y rápidamente, no podía de ser de otra forma, han aparecido los profetas de la transversalidad con su palabrería de mercadillo a ofrecernos el mejunje que todo lo cura. Mientras esto ocurre, nuestros jóvenes, los que podían poner en riesgo la estabilidad de los Gates, Slim u Ortegas, andan de turismo laboral por Europa y América del Sur. A los que se han quedado se les regula la tentación de rebelarse a través de discursos ramplones en las redes sociales o con la militancia cibernética en el nuevo partido interclasista y transversal no rupturista.
¿Qué es esto de la política del bien común? Simplemente un engaño, una estrategia para retrasar lo inevitable: que la mayoría social, los oprimidos, nos levantemos contra el poder que sustenta los derechos de los poderosos. ¡No! No se puede hacer política conciliando los intereses interclasistas porque la idea va contra la propia esencia de la política: defender los intereses de una clase contra la clase que la oprime o explota. Esa lucha de clases se puede expresar en forma de revolución social o en forma de ruptura democrática organizados en un partido político. Os imagináis lo tranquilos que deben estar Florentino Pérez, Villar Mir, las Koplowitz, los Entrecanales…, cuando se afirma que ya no hay lucha de clases, que en la política del bien común cabemos todos siempre que seamos buenecitos y hagamos donaciones para corregir ligeramente los desequilibrios actuales, pero, eso sí, sin que se cuestione el capitalismo…. Deben estar pensando en organizar un círculo.
Las PYMES expresan claramente la imposibilidad de conciliar los intereses entre empresarios y trabajadores. Aquí, donde los sindicatos de clase no pueden llegar por la acción tardofascista del empresario, los derechos laborales son inexistentes o pisoteados con impunidad. Toda la vida he trabajado en este tipo de empresas y ninguno de mis patrones ha repartido beneficios en época de vacas gordas, prefirieron invertirlos en el mercedes y el chalet, pero si me han recortado el sueldo cuando venían mal dadas. Casi siempre me han puesto de patitas en la calle por reivindicar mis derechos y me han marcado para futuro con la etiqueta de “revolucionario”. Siendo las cosas así, entenderán los del partido interclasista que no me sume a su conga de la felicidad y no forme círculos con quienes me han explotado durante décadas y, lo que es peor, están dispuestos a hacerlo de por vida.

No me veo conciliando intereses con la iglesia. Será cosa mia, soy muy sectario dicen algunos, pero me cuesta compartir las homilías que pregonan que las elites deben ir a las universidades para garantizar el relevo a los hijos de puta que nos explotan mientras nuestros hijos deben ser educados en la sumisión y el respeto al orden establecido. Esto, con finas palabras, lo ha dicho uno de los discípulos de Jesús (cardenal Jorge Liberato Urosa Sabino), ese personaje que si viviera ahora sería también profeta de la política del bien común. ¡Amos, anda ya! Decimos castizamente en La Mancha para calificar tamaña tontería. Ya está bien de pamplinas con un personaje del que ni siquiera es posible determinar el año de su nacimiento y que ha servido para alimentar guerras y crímenes contra la humanidad. Otros integrantes de su iglesia andan pregonando contra los derechos de la mujer, de los homosexuales y de los trabajadores (El obispo Munilla sostiene que es tan progresista el aborto como el despido libre). Ya sé que el tema del aborto “ahora no toca”. Vale, pues cuando toque lo concilias tú con el obispo Munilla, que yo andaré ocupado impulsando el proceso constituyente y de ruptura. Fíjate que tampoco me veo yo haciendo circulitos con los del alzacuellos, sean purpurados o no.

Miro las imágenes de la valla de Melilla y me puede la indignación. Tanta indignidad en algunas personas me estomaga. Observar impasible como la policía marroquí golpea a los inmigrantes, devolver en caliente a Marruecos a los pocos que consiguen saltar la valla, disparar pelotas de goma a los que se acercan nadando hacia la playa…, ufff, no se a ti pero a mí me parecen comportamientos deleznables e impropios, cuando no directamente delictivos. Me pasa lo mismo con los antidisturbios, no los soporto y no los considero de los míos y me importa un pepino que sean trabajadores. Un trabajador nunca debería golpear a alguien de su clase y ellos han hecho de nuestra represión su fuente de ingresos. Los ojos vaciados por pelotas de goma, los testículos reventados, los huesos rotos y los muertos son el precio que pagamos en la movilización como expresión de la lucha de clases. Ellos son culpables de nuestras heridas y lo hacen incumpliendo la Ley, defendiendo los privilegios de quienes quieren que nada cambie inventado las paparruchadas de la economía del bien común y de la política del bien común. Tampoco haría un círculo con ellos.
Dejo ahora la ironía y me pongo profundo. Mientras los profetas de la política del bien común se inspiran en sospechosos pensadores, yo prefiero hacerlo en Marx y explicar con su teoría el origen de esta crisis y cuál debería ser el final de la misma. La primera fase de la actual crisis, que se inició en el año 2008, se caracterizó por la quiebra de los grandes bancos. Todo el sistema bancario de EEUU y Europa se salvó gracias a la inyección masiva de miles de millones por parte del Estado. Pero la pregunta que hay que hacerse es: ¿qué queda de la vieja idea de que el libre mercado, si se le deja, resolverá todos los problemas? ¿Qué queda de la vieja idea de que el Estado no debe interferir en el funcionamiento de la economía?
La inyección masiva de dinero público no resolvió nada. La crisis no se ha resuelto. Simplemente se ha desplazado desde el capital a los Estados y con esa jugada hemos sustituido el déficit bancario por un agujero negro en las finanzas públicas (un billón de euros en el caso de España). ¿Dicen algo de esto los economistas liberales de la Sexta Noche y los profetas de la política transversal? ¡No! ¡Solo hablan de sí mismos! ¿Y quién está pagando esto? No lo están haciendo los banqueros que, habiendo presidido la demolición del orden financiero mundial, se siguen embolsado nuestro dinero mientras se conceden gratificaciones generosas con las ganancias de la crisis y tampoco los del ladrillo, los otros culpables, ellos tampoco han pagado por su avaricia. Y mientras tanto los profetas de la transversalidad insistiendo en que la lucha de clases es pasado.
Un argumento común en contra del socialismo es que es imposible cambiar la naturaleza humana; la gente es intrínsecamente egoísta, codiciosa, dicen. Otra falsedad porque los hombres y mujeres cambian constantemente la naturaleza a través del trabajo y, al hacerlo, se cambian a sí mismos. Durante la mayor parte de la historia de la especie humana, la gente vivía en sociedades donde la propiedad privada, en el sentido moderno, no existía. No había dinero, no había empresarios ni trabajadores, tampoco banqueros ni terratenientes, no existía el Estado, ni la religión organizada, ni la policía ni las prisiones. Incluso la familia, tal como la entendemos ahora, tampoco existía. Hoy en día, a muchos les resulta difícil imaginar un mundo sin estas cosas. Sin embargo, nuestros antepasados se las arreglaron bastante bien sin ellas y no fueron menos felices que nosotros.
La aparición de la propiedad privada y la necesidad de defenderla nos ha llevado al Estado moderno, un monstruo burocrático que engulle casi toda la riqueza producida por las capas populares. Los marxistas coincidimos con los anarquistas en que el Estado es un instrumento de opresión que debe ser eliminado. La cuestión es: ¿Cómo? ¿Por quién? y ¿Qué lo sustituirá? Aquí está la clave de nuestra diferencia y el primer paso de cualquier revolución social. En un discurso sobre el anarquismo durante la guerra civil que siguió a la Revolución Rusa, Trotsky resumió muy bien la posición marxista sobre el Estado: “la burguesía dice: no toquéis el poder del Estado, es el sagrado privilegio hereditario de las clases educadas. Pero los anarquistas dicen: no lo toquéis, es un invento infernal, un dispositivo diabólico. La burguesía dice, no lo toquéis, porque es sagrado. Los anarquistas dicen: no lo toquéis, porque es pecado. Ambos dicen: no lo toquéis. Pero nosotros decimos: no sólo tocadlo, tomadlo en vuestras manos, y ponedlo a trabajar para vuestros propios intereses, por la abolición de la propiedad privada y la emancipación de la clase obrera”. (León Trotsky, Cómo se armó la revolución, vol. 1, 1918.)
El marxismo explica que el Estado consiste, en última instancia, en cuerpos de hombres armados con una función represora frente a la acción revolucionaria de las capas populares: el ejército, la policía, los tribunales y las cárceles. Así, frente al confusionismo que inspiraban los anarquistas sobre él, Marx argumentó que los trabajadores necesitamos un Estado propio para vencer la resistencia de las clases dominantes: la dictadura del proletariado. Propuesta que ha sido históricamente distorsionada por el capital y el pensamiento anarquista aun cuando Marx tan solo empleaba un término preciso científicamente para definir “el dominio político temporal de la clase obrera”.
Hoy en día, la palabra dictadura tiene connotaciones que eran desconocidas para Marx. En una época en que se asocia con el holocausto nazi y las purgas de Stalin, evocando visiones de pesadilla de un monstruo totalitario, campos de concentración y policía secreta Marx no la habría utilizado. Estas cosas no existían siquiera en su imaginación. El utilizó el término acuñado en la antigua Roma, donde se entendía que en tiempo de guerra (lucha de clases), algunos derechos pueden ser aparcados temporalmente. El dictador romano (el que dicta) era un magistrado supremo (magistratus extraordinarius), elegido en situaciones excepcionales, con la autoridad absoluta para realizar tareas más allá de la autoridad normal de un magistrado. El oficio fue originalmente llamado Magister Populi (Jefe del Pueblo), es decir, el Jefe del Ejército Ciudadano. En otras palabras, se trataba de un papel militar que casi siempre implicaba dirigir un ejército en batalla. Transcurrido el plazo señalado, el dictador renunciaba. La idea de una dictadura totalitaria como la Rusia de Stalin, donde el Estado podía oprimir a la clase obrera para preservar los intereses de una casta privilegiada de burócratas, habría horrorizado a Marx.
El modelo marxista de dictadura del proletariado no podía ser más distinto. Marx basó su idea en la Comuna de París. En ella, por primera vez, las capas populares, con los trabajadores a la cabeza, derrocaron al viejo Estado y comenzaron la tarea de transformar la sociedad. Sin un plan claramente definido de acción, ni dirección ni organización, las masas demostraron un sorprendente grado de valor, iniciativa y creatividad, aunque fracasaron. Por ello, resumiendo la experiencia de la Comuna de París, Marx y Engels escribieron: “La Comuna ha demostrado, principalmente, que la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en funcionamiento para sus propios fines”. (Prefacio a la edición alemana de 1872 del Manifiesto Comunista.)
La transición del socialismo al comunismo, forma superior de sociedad basada en la democracia genuina y en recursos suficientes para todos, sólo puede llevarse a cabo mediante la participación activa y consciente de la clase obrera en la gestión de la sociedad, de la industria y del Estado. Esto no es algo que será entregado amablemente a los trabajadores por capitalistas bienintencionados y burócratas a su servicio. Por ello Lenin era enemigo de la burocracia. Él siempre hizo hincapié en que el proletariado sólo necesita un Estado que esté “constituido de tal forma que comenzará a desaparecer enseguida y nada podrá evitarlo”. Un Estado obrero genuino no tiene nada en común con el monstruo burocrático que existe hoy en día, e incluso menos con el que existía en la Rusia estalinista. Las condiciones básicas para la democracia obrera fueron establecidas en una de las obras más importantes de Lenin, El Estado y la revolución:
1) Elecciones libres y democráticas con derecho a revocación de todos los cargos electos. Lenin empleaba el término funcionario para referirse al cargo electo.
2) Ningún cargo electo (funcionario) puede recibir un salario superior al de un trabajador cualificado.
3) No al ejército permanente y a la policía, sino el pueblo en armas. Ejército popular.
4) Gradualmente, todas las tareas administrativas serán realizadas por todos a turnos. “Que un cocinero pueda ser primer ministro. Cuando todo el mundo es un burócrata de forma rotativa, nadie puede ser un burócrata todo el tiempo”.
Estas fueron las condiciones que Lenin estableció, no para el socialismo o la fase superior, el comunismo, sino para el primer tiempo de un Estado obrero, el período de la transición del capitalismo al socialismo.
Algunos inmovilistas preguntan capciosamente que ¿si el socialismo es inevitable, por qué tenemos que luchar para lograrlo? Los marxistas respondemos que la vieja sociedad se está muriendo y una nueva sociedad está luchando para nacer, pero quienes han obtenido riquezas y privilegios en ella nunca aceptarán la inevitabilidad de su desaparición. Antes de verla cambiar, la clase dominante prefiere arrastrar a toda la sociedad con ella. Nuestra tarea es ayudar al nacimiento de la nueva sociedad, para asegurarnos de que se lleva a cabo tan rápidamente como sea posible, con el menor sufrimiento para las personas. En contra de las calumnias del capitalismo, los marxistas no abogamos por la violencia, pero somos realistas y sabemos que la historia de los últimos diez mil años demuestra que ninguna clase dominante renuncia a su riqueza, poder y privilegios sin luchar. Y ese sigue siendo el caso hoy en día.
La ambición del capitalismo amenaza con desatar la más terrible violencia en el mundo: el colapso del planeta entero. Frente a él, con el fin de minimizar la previsible violencia generada por la clase dominante, poner fin al caos y a los enfrentamientos, y para asegurar la transición ordenada y pacífica hacia el socialismo, la condición previa es que la clase obrera sea movilizada para la lucha y esté dispuesta a luchar hasta el final. Por ello, frente a los profetas de la transversalidad solo hay un camino: conquista del poder municipal, proceso constituyente y ruptura social con la izquierda a la cabeza para no fracasar por falta de liderazgo como en la Comuna de París.

Plumaroja.

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