sábado, 17 de septiembre de 2011

ALEJANDRO AGAG, EL CONSEGUIDOR


¿Quién es el valiente que se atreve a “beneficiarse” en su relación con los italianos, capaz de engañar al mismo diablo y cobrar comisión por proporcionar cerillas al dueño y señor del fuego? Su última mordida investigada por la fiscalía de Nápoles se acerca a los 6 millones de euros, él lo desmiente, pero antes se atrevió a engañar al mismísimo Nacho López del Hierro, esposo de Cospedal, en la operación METROVACESA en la que también andaban enredando sus amiguitos italianos.
Alejandro Agag sueña con ser el próximo amo de la fórmula 1. Suceder a Bernie Ecclestone, de 81 años, primera fortuna del Reino Unido y desde hace tres décadas dictador del automovilismo mundial. Agag, de 41 años, supo aprovechar su relación con el expresidente Aznar para convertirse en pieza clave en el circo del motor, un negocio que mueve 6000 millones de euros cada año.
La fórmula 1 es un universo de megayates y aviones privados donde coinciden millonarios y monarcas y circulan las influencias. El mejor observatorio para olfatear negocios, conocer gente, cobrar comisiones y pasarlo bien. Porque Agag es, sobre todo "un vividor” según Fabio Corsico, antiguo hombre fuerte del ministro de Economía de Berlusconi, Giulio Tremonti, y hoy director de comunicación del millonario Gaetano Caltagirone. Ambos forman parte del complejo político-financiero de Agag en Italia.
Aunque pagado de sí mismo, subestimar a Alejandro Agag es un error. No es tonto. Detrás de su sonrisa se esconde un frío calculador envuelto en buenas maneras y muy ambicioso. Entusiasta de un modelo de sociedad a la italiana en que se entremezclan política, negocios y medios de comunicación. Agag no quiere ser Aznar; Agag quiere ser Murdoch o Berlusconi: tener dinero, poseer televisiones y manejar a primeros ministros. Para Agag es mucho más divertido influir que mandar.
Realmente nadie sabe qué hace en primera fila de la F1 pero ahí está, siempre en medio. En los boxes de las escuderías, en los despachos de la política y el patrocinio deportivo. De China a Emiratos Árabes pasando por Madrid. Donde aún tiene casa: un ático de dos millones junto a la mansión de la duquesa de Franco. Afincado en Londres, capital de la fórmula 1, en un inmueble victoriano de Chelsea, a un paso de la casa-oficina de Ecclestone y del ático versallesco de Flavio Briatore. Dispone de oficina anónima en Mayfair, entre brókeres de medio mundo, junto a Flavio, su professore.
La lista de méritos que se le atribuyen en la F1 es extensa: socio de Flavio Briatore, ojos y oídos en España de Ron Dennis, hombre para todo del equipo Renault, dueño de los derechos televisivos de la fórmula 1 en nuestro país y Capo de la GP2, segunda división del automovilismo; captador y canalizador de inversión publicitaria, promotor de una escudería con capital chino e infraestructura coreana, cabeza del lobby que hizo de Valencia sede de un Gran Premio de fórmula 1. Paco Camps presumió de los apoyos de Agag y consiguió de este que olvidara sus fidelidades a Zaplana. Alejando solo tiene un amigo: Alejandro.
Se comenta con sorna que mientras Aznar haría pesas en un gimnasio, Agag se ocuparía en engordar su agenda para futuros negocios. No da puntada sin hilo.
Alejandro Agag lo tuvo claro desde sus comienzos: en esta vida hay que cultivar los contactos. Su padre, Joseph Agag, de origen argelino, un bancario y consultor de inversiones en el Magreb, y su madre, Soledad Longo, una secretaria bilingüe, le dotaron de idiomas, un leve aroma internacional y algunas ínfulas sociales. Sin embargo, no eran ricos. Y Alejandro siempre tuvo querencia por los ricos. En su colegio, el Retamar, del Opus Dei, se mezcló con la mejor burguesía madrileña. En el Colegio Universitario de Estudios Financieros, donde estudió la carrera rodeado de sonoros apellidos, creó una asociación de estudiantes para codearse con los poderosos de la época, a los que invitaba a dar charlas; por allí pasaron Mariano Rubio, Mario Conde, Carlos Solchaga y Abel Matutes. Después se los llevaba a cenar.
Ya como ayudante de Aznar, a partir de 1996, dio conversación en la antesala del presidente a los poderosos del país mientras esperaban audiencia. Los ministros le preguntaban: ¿Alejandro, cómo está hoy de humor el jefe? Si está cabreado le llamo más tarde. Y él daba el parte. Junto a Aznar pisaría el Despacho Oval con Clinton y Bush, compartiría la intimidad de los Blair en Chequers y de Berlusconi en Villa di Arcore. A partir de 1999, secretario general del Partido Popular Europeo en Bruselas, migrarían en dirección a su agenda Ángela Merkel, Nicolás Sarkozy o José Manuel Durão Barroso. Todos han llegado a la cima. En 2002, este último, ya primer ministro conservador de Portugal, apoyaría su fichaje como director general del Banco Portugués de Negocios, muy unido a la formación política que presidía, el PSD. Nadie supo jamás en el banco cuál era la misión de Agag. Ni siquiera tenía despacho en Londres. Trabajaba en casa.
Y hoy, ¿cuál es su papel? En el sector hay rumores para todos los gustos. Unos hablan de su papel de comisionista, los hay que prefieren denominarle "abrepuertas" y también, "El Conseguidor". Palos de ciego. Ni los íntimos saben a qué se dedica Alejandro. No es algo nuevo en su vida. Más allá de su maestría para las relaciones públicas, es opaco. Como buen licenciado en finanzas, es un experto en inflar la cotización de sus acciones. Se vende como nadie. Está con los que mandan. Luego, que cada uno extraiga sus conclusiones.
Durante seis años funcionó como una extensión de Aznar. Se hicieron amigos. Una misión complicada con el adusto presidente pero Alejandro sabía llevarle. Cuando era su ayudante, jugaban juntos al pádel. Incluso se permitía hacerle bromas ante el pasmo de los funcionarios de Moncloa. La cuestión era que el jefe dijera cinco para que Agag saltara: "por el culo te la hinco", Aznar se tronchaba. También se hizo amigo de Ana Botella. Era uno más de la familia. Un hecho que comenzó a extenderse por Madrid. Y aún más en los dos últimos años de presidencia de Aznar, tras la boda de Estado con su hija en El Escorial.
En 2002 y 2003, en sus primeras operaciones financieras tras dejar la política, algunos de sus clientes aún creían adivinar el paraguas del suegro guareciendo los negocios del yerno. En el entorno del BBVA le recuerdan ofreciéndose con descaro para intermediar en la puja de varios grupos para la toma de control de la inmobiliaria Metrovacesa, como si el país fuera suyo. Nacho López del Hierro fue víctima de sus habilidades en el asunto Metrovacesa.
Agotado el crédito en España, Agag funcionó como una extensión de Silvio Berlusconi, el hombre más rico de Italia. Dueño de las tres principales cadenas de televisión del país y principal accionista de Tele 5. Agag le colmó de favores. Y Berlusconi es muy agradecido. Lo confirma Aznar en su libro Retratos y perfiles, Berlusconi tiene un alto sentido de la amistad y la lealtad debida a los amigos. No olvida nunca a quién le ayudó, y siempre está dispuesto a devolver un favor.
Agag presume de estar tocado por la fortuna. Y es cierto, ha tenido mucha suerte en su carrera política. Consiguió influencia social y política como ayudante de Aznar. Aún tuvo más suerte al convertirse en secretario general del Partido Europeo, un cargo que consiguió con sólo 28 años tras postularse ante Aznar. Por si fuera poco, el dúo Aznar-Agag tuvo la suerte de que en 1999, cuando Agag aterriza en el PPE, la derecha no gobernaba en ningún país importante de la Unión Europea. Todos estaban en la oposición. Aznar era la referencia política. Y el dúo hizo de las suyas.
Para empezar, marginaron entre la derecha europea al Partido Nacionalista Vasco; lo humillaron a conciencia hasta echarlo del PPE. Tras una nueva vuelta de tuerca, lo expulsaron de la Internacional Demócrata de Centro que presidía Aznar. El presidente estaba exultante con Agag, que, además, le ayudaba con los idiomas, le presentaba gente interesante y le sentaba bien en las reuniones.
Su segunda gran operación fue legitimar a Berlusconi entre la derecha europea. Berlusconi necesitaba ingresar en el PPE para borrar su imagen de empresario corrupto metido en política para evitar la cárcel. Necesitaba con urgencia entrar en el PPE para ser respetado entre los conservadores europeos, alzarse sobre la atomizada derecha italiana y ganar las elecciones. La estrategia para su ingreso la marcó Agag durante un viaje a Milán en marzo de 1999, invitado por Il Cavaliere, con derbi de fútbol incluido en San Siro entre el Inter y el Milán y posterior cena en su apartamento milanés, formalizaron el pacto y sellaron su amistad. Se dieron cuenta de que eran iguales y se hicieron íntimos.
En octubre de 1999, Forza Italia ingresaba en el PPE. En mayo de 2001 ganaba las elecciones en Italia. Berlusconi era nombrado primer ministro. Entre las dos fechas, Agag aún le prestaría dos importantes servicios. El primero, descalificar desde su tribuna de secretario general del PPE un artículo de portada del semanario británico The Economist que ponía en cuestión la capacidad de Berlusconi para gobernar Italia. El segundo, participar en el mitin de fin de campaña de Forza Italia en Roma, en 2001, junto a Berlusconi y Pier Ferdinando Casini, delfín de Il Cavaliere y yerno de Gaetano Caltagitrone, propietario del diario Il Messagero, en el que Aznar sería fichado como columnista. A su vez, cuando Aznar abandonó la presidencia de la Internacional Demócrata de Centro, en enero de 2006, le cedió el puesto a Casini, invitado a la boda de El Escorial. Todo quedaba en la familia.
Con Berlusconi, Agag entró en Italia por la puerta grande. Bajo su amparo visitó despachos y discotecas, conoció y presentó a gente, intermedió en negocios. Algunos terminaron en desastre, como sus gestiones a favor de la inmobiliaria Metrovacesa, en junio de 2002, a la que buscó un socio italiano supuestamente amistoso (Caltagirone) que al final lanzó una opa hostil contra la empresa, que no salió adelante, pero a punto estuvo de arruinar a los socios españoles.
Su siguiente gran operación fallida en Italia fue el intento de toma de control del grupo italiano de medios de comunicación RCS, accionista mayoritario de El Mundo y muy crítico con Il Cavaliere, en el verano de 2005, junto a un grupo de empresarios afines a Berlusconi. La oscura operación político-financiera se saldó con su amigo, el inquietante millonario Stefano Ricucci, entre rejas y con él mismo declarando ante la Fiscalía de Roma. Agag afirmó ante los jueces que el empresario francés Arnaud Lagardère, íntimo de Nicolás Sarkozy, le pidió que ojeara en Italia ocasiones para comprar algún medio y que Agag, cuando se enteró de la operación en marcha contra RCS, se puso en contacto con Ricuzzi y comió con él para conocer su estrategia. Ricuzzi le habló de una opa hostil, Agag transmitió la información y Lagardère dijo que no le interesaba. Conversaciones de amigos. Sin papeles ni contratos.
Tras la era Berlusconi, Agag funcionó como una extensión del empresario del ocio y la fórmula 1 Flavio Briatore. Se conocieron de copas en Porto Cervo (Cerdeña). Se hicieron amigos. Tenían las mismas aficiones. Con poco más de 20 años, Alejandro Agag montó en Madrid un local bautizado Tarambana para ligar y conocer gente y Flavio es el propietario de Billionaire, el club más chic de la Costa Esmeralda. A su lado, Agag se dejó ver en los grandes premios, los yates y los despachos. Y todos en el circo dieron por sentado que tenía poder.
Ahora, Alejandro Agag juega a ser una extensión de Ecclestone, el que decide quién entra y quién no. La versión oficial es que Bernie y Alejandro se conocieron a mediados de los noventa durante un Gran Premio en San Marino y se fueron haciendo amigos. La segunda versión cuenta que Agag fue el único alto cargo europeo que recibió a Ecclestone en Bruselas cuando pendía sobre él, por un lado, la amenaza de una investigación de las autoridades comunitarias por el monopolio de los derechos televisivos de la fórmula 1, y por otro, la prohibición de la publicidad de tabaco en el automovilismo en la UE. En aquel annus horribilis, sólo Agag le consoló.
Y todos en el circo contienen la respiración. Porque la F1 es Ecclestone, el hombre que convirtió las carreras de coches en una gigantesca máquina de hacer dinero; una plataforma comercial donde todo se compra y se vende, y donde él se queda unos céntimos por cada euro que cambia de mano. Es el padrino. Hoy, su porcentaje de acciones en la sociedad que gestiona la F1 es mínimo, pero aún gobierna en solitario. Todos los actores de la F1 saben que mientras Bernie esté al frente ganan dinero, pero nadie se atreve a pensar qué pasará cuando falte. Tiene 81 años y un triple bypass. Agag está presto a darle relevo.
En sólo diez años, Agag ha pasado de ser una promesa de la derecha a casarse con la hija del presidente del Gobierno, abandonar la política, dejar España, trabajar para un banco portugués (que abandonó en 2004), meterse en turbias operaciones con socios italianos, protagonizar decenas de rumores en los ámbitos financieros y, por fin, desembarcar en la fórmula 1, que hoy parece su valor más seguro. Sin olvidar la creación de un fondo de alto riesgo bautizado Addax, domiciliado en Londres, con el que canalizaría los patrimonios de sus amigos.
Ése, dice, es su presente. Aunque cada cierto tiempo su nombre, y el de su suegro, aparece asociado con oscuras gestiones destinadas a la adquisición de medios de comunicación en España con los que construir una plataforma conservadora que engrasase el retorno del PP al poder en 2008. Siempre con la figura del magnate Robert Murdoch en la sombra.
Agag nunca volverá a la política, prefiere ganar dinero. Y hacer que lo gane su suegro como consejero de News Corporation, el holding de Robert Murdoch, y como columnista de uno de sus periódicos, The Wall Street Journal. En el Partido Popular corren los chascarrillos sobre la pareja. ¿Quién es ahora el ayudante? se pregunta un histórico. Otro afirma: En vez de llamar a Agag yernísimo, tendremos que comenzar a llamar a Aznar suegrísimo.
Agag ni se inmuta. Se ríe de todo. Tiene cintura de junco. Siempre ha sido así. Un vitellone. A lo suyo. Peleas, nunca; enemigos, los justos.
Fuentes: El País, El Mundo, La Vanguardia, Público, Los Genoveses.

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