sábado, 12 de enero de 2013

RETRATOS INFAMES V: JUAN CARLOS I

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Octavio Colis
El aprendizaje real
Yo no sé si este Juan Carlos I sabe que no es que “sea rey”, sino que “hace de rey”. Supongo que las nanis de su infancia le harían cariñosas monadas de príncipe como se les hace a todos los bebés, pero que serían los instructores en la cosa real los comisionados para introducir al niño en el estadío del espejo, que señala Lacan como el momento crucial en el conocimiento paranoico de uno mismo. Y, por su circunstancia, oiría Juanito a cada paso, frente a todos los espejos, lo que sus instructores creyeran servía para impulsar su individualismo real, todo lo que le colocaba supuestamente bien orientado hacia su destino. Nada de Hobbes, Locke, Russeau, Voltaire, Kant, Kierkegaard o Nietzsche, bastaba con que el coronel López, o el avezado instructor de turno, lo tuviera claro. Había que introducir al niño en la consciencia o conocimiento profundo de que formaba parte de un destino parecido al de los mayorazgos de las realezas políticas europeas, napoleónicas o no, destino o albur que no tendría nada de simpático ni de antipático, porque es lo que es, sin alternativa ni remedio. Así, cuando el niño miraba embelesado a los reyes de la baraja, el coronel López le explicaba al angelito que la cosa era mucho más seria, y que aquellos naipes no eran parte del álbum familiar, ni siquiera alegoría popular de su condición real, y que su responsabilidad futura no tendría nada que ver tampoco con la de otros reyes metafóricos -que se gestaban entonces, a la vez que se formaba su alteza- como Tarzán, rey de los monos; o Elvis Presley, rey del rock; ni con o rei Edson Arantes do Nascimiento, Pelé; y, claro, mucho menos que ver con el rey del mambo, el rey de las blancas del ajedrez, de las tartas, las enchiladas o las galletas. Su transcendental destino hereditario consistiría, si llegaba el caso, en reinar debidamente a los españoles en un futuro. Así que no es por disculparlo, pero a este ser predestinado a la realeza como un pobre lo es a la pobreza, le vino todo dado desde que nació en Roma en 1938, precisamente el día de Reyes, 5 de enero, que ya es predestinación empeñada. En aquél tiempo España estaba en plena guerra civil, y ya destacaba con fuerza ese paladín de su próximo destino, el general Franco.
Bautizaron al futuro rey como Juan Carlos Alfonso Víctor María, registrándose con los apellidos: de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, hijo reconocido de Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona y de María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias, princesa de las Dos Sicilias. Así que Juan Carlos tenía los genes de dos Borbones y de Dos Sicilias, lo cuyo (que dirían Gila o Umbral) le vendría más mal que bien, porque la repetición y agolpamiento en el parentesco de los genes no da seres despiertos, generalmente, ni precisamente capacitados por encima del resto para regir destinos ajenos. Sobre todo una vez admitido, y hasta el coronel López lo admitía ya entonces, que no es cierto lo del ungimiento por Dios mismo, ideal que sostenía que los reyes lo eran por voluntad divina. Así que Juan Carlos I supo desde Juanito que lo suyo no era sino tradición de los primogénitos varones de las familias reales españolas en heredar los tronos correspondientes. Su abuelo Alfonso XIII, por el que vivía la familia en el exilio italiano, había muerto en 1941, dejando vía libre aunque en espera a su padre don Juan. Los lópezes sucesivos, encargados de la instrucción de Juan Carlos, descartado definitivamente el ungimiento divino, teniendo que bregar con lo que había, aquel fruto mal trucado de la ruleta genética y la tradición política, advirtieron reiteradamente a su alteza que los semáforos se pondrían alternativamente en rojo, naranja y verde para él como para todo el mundo; que tendría frío cuando hiciera frío; que el viento le empujaría; le cagarían los pájaros si se ponía tiro, le ladrarían los perros, etc. Aún así Juanito se metió siempre en todos los charcos convencido de que si no Dios, al menos López, el López de turno, le encubriría siempre ya fuera en Italia, Suiza, España o Portugal, lugares en los que ha vivido y, precisamente en Estoril, jugando un día en el desván, se le disparó una pistola del 22 y mató a su hermano menor, Alfonso. Contaba el príncipe ya con18 años. Su tío Jaime, hermano mayor de don Juan, solicitaría entonces una investigación judicial sobre el suceso, y el coronel Martínez Inglés, 50 años después, pidió al fiscal general se investigara esa muerte como urdida por el más proceloso Shakespeare, por lo que veremos.
En su momento, la España de Franco zanjó el asunto con una escueta nota informativa que decía que la pistola se había disparado sola, y para los españoles progres cuyo oráculo publicaba en El País todos los días, valió también una reseña de 1992, a propósito del traslado de los restos de don Alfonso, en los que se aseguraba que murió “por accidente”. Poco más sobre ello. Sea como fuese, aquella desgracia quedó, creo yo, más y mejor aclarada en abril de 2012, cuando Froilancito, nieto de Juan Carlos, estando con su padre se disparó accidentalmente un tiro en el pie cuando portaba una escopeta de cartuchos de perdigones del 36. Una periodista del Opus Dei dijo entonces que esto se explicaba por la proclividad de los Borbones a autolesionarse con armas de fuego.
Reinar y no estar loco
Este nieto de don Juan Carlos, Felipe Juan Froilán de Todos los Santos de Marichalar y Borbón, es el hijo mayor de la infanta Elena, duquesa de Lugo, y de Jaime de Marichalar. Este Felipe, al que no sé por qué llamo yo Froilán, es quinto en la línea de sucesión al trono español, y va después de su madre quien, en realidad, sería la destinada a reinar de no ser por la vigencia en España de una interpretación de la Lex Sálica o leyes sálicas, un cuerpo de leyes promulgadas por el merovingio Clodoveo I en el siglo VI, cuya versión española sólo priva a las hembras de la sucesión cuando haya legítimos descendientes varones, mientras que la Lex Sálica que inspiró a los francos decía: Nulla portio hæreditatis de terra salica mullieri venial, sed ad virilem sexum tota hæredita. Es decir que de no ser porque doña Elena tuvo un hermano hubiera sido la reina de España y le hubiera heredado su hijo Felipe Juan Froilán, el del tiro en el pie, siendo de esta forma que tras los Austrias y los Borbones habrían llegado los Marichalares. La misma periodista de la Obra que citaba antes decía preferir a los Borbones por delante de los Marichalares y los Urdangarines, y en este orden los citaba, rechinando los dientes, me pareció escuchar.
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Volviendo a don Juan Carlos, quien fue propuesto como sucesor de Franco en virtud de una ley de 1947 que ratificaron las Cortes Españolas en 1966, ante las que el príncipe prestó juramento de guardar y hacer guardar el ideario franquista contenido en las Leyes Fundamentales del Reino. Porque Juan Carlos no heredaría de su padre, el frustrado rey, conde de Barcelona, sino de Franco, que prefería a este sencillo Borbón al otro Borbón, Alfonso, que era según Preston el favorito del traidor don Juan, aunque esto ya no venía al caso porque Alfonsito había muerto accidentalmente en Estoril en 1956. Ya el hermano mayor de don Juan, Alfonso, había renunciado a la Jefatura de la Casa Real Española porque quería casarse con Edelmira Sampedro, una cubana preciosa, hija de un hacendado (en tiempos de penuria en la casa del pretendiente), y también renunció Jaime, aunque a regañadientes, porque era sordomudo. Así que el padre de Juan Carlos era el tercero en el orden natural, pero finalmente fue el elegido, y su hijo era el primero aunque el conde hubiera preferido a su hijo segundo, Alfonso, según Preston (Juan Carlos. Rey de un pueblo. Paul Preston, Ed. Debate). Cosas de las zarzuelas reales que también se encuentran en los duelos y quebrantos de las familias no reales, aunque en otros formatos y sin mayestáticos.
“Me he equivocado, lo siento, no volverá a suceder”. Aun por encima de Lópezes y familiares, don Juan Carlos I de España, ha tenido siempre tendencia a elegir mal, y a meter la pata allí donde cupiera o incluso aunque no le cupiera, y de no haber sido por la prensa que lo mima como si les fuera algo en ello estaría definitivamente desprestigiado por él mismo o por sus amiguitos del alma, entre los que se lleva la palma del desacierto Manuel Prado y Colón de Carvajal. El hijo de este punto filipino convicto y confeso, Borja, muy amigo de Jaime de Marichalar y de la infanfa Elena, fue nada menos que consultor en España de la Union des Banques Suisses(UBS) y de sus secretismos. Hay otros ejemplos de amigos extraños, De la Rosa y varios jeques, banqueros y apandadores varios, de los que no podría dar cuenta, ni sé si cupieran en alguna otra parte que no fuera aquí, en España, sin dar cuenta.
A pesar de lo avisadísimo que estuvo siempre, desde que era un reflejo en el espejo, don Juan Carlos ha ido dilapidando año tras año la inercia de su suerte hasta que parece que ya no puede impulsarle más. Mucha de la paciencia ajena en este país de ciegos en el que dice Moncho Alpuente que el ciego es el rey, se la ganó por su actitud durante la extraña noche conocida como la del 23 F, a pesar de que el coronel Martínez Inglés, que no le aprecia, dice que esa historia no es lo que se cuenta que fue, sino que todo es como en un cuento de las mil y una noches petrolíferas, con el urdidor urdido, el tejedor tejido, el tejero techado, y todo eso.
Yo no sé si los monarcas podrían escapar en ningún caso, o en alguna parte, a la infamia del cargo, pero este Juan Carlos I, que es nuestro rey infame por el bir y birloque del calzador del generalísimo, siendo más Borbón que regente formal, se ha ganado al menos no estar loco, porque hay que estar loco para creerse rey, sobre todo cuando se es rey, como le decía una y otra vez el coronel López: Alteza, una cosa es hacer de rey y otra muy distinta creerse rey ungido por la Providencia, no vayamos a cagarla.

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