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Felipe, despotismo y conquista; la nación y la lucha de clases

Ramón Pedregal Casanova

Escritor
Un análisis de la formación del Estado español hasta hoy y la exposición de las posibles salidas al conflicto que plantea, más cuatro fechas significativas en la Historia, 1640, 1714, 1843 y 1909, que definen a Cataluña relacionada en su relación con el poder central, conforman el libro escrito por los historiadores y profesores de la Universidad de Girona, de la Autónoma de Barcelona, de la Pompeu i Fabra y de la de Castilla La Mancha.
04_02_bombardeosdeBarcelonaEl libro contiene el relato de la imposición de los españolistas como motor permanente del conflicto a través del Estado del que son creadores, conflicto que mantienen en primer plano con los nacionalismos vasco y catalán.
En el libro se hace hincapié en la evolución de la organización social y cultural de las naciones, y se subraya que el problema no es de las “sociedades” nacionales enfrentadas, sino de clases enfrentadas, clases e intereses en oposición.
Se nos enseña que toda sociedad se encuentra en permanente evolución; que las identidades se construyen y buscan la imagen conveniente a su permanencia histórica, que intervienen factores muy distintos, y que no hay ningún destino universal ni que se pueda predeterminar.
Los procesos que recogen el término España aparecen sin localización territorial, son propios del medievo, y tan sólo en el siglo XVIII se emplea el término nación entre la clase más alta (“con feudalismo o régimen señorial no hubo naciones”, escribe José Antonio Maravall). Lo que si había eran acuerdos, negocios o desacuerdos entre los reinos, señores, iglesia y potentados, luego eran los intereses de estos grupos los que empleaban el término “nación”, amoldado más tarde por la monarquía al territorio como parte de su patrimonio.
“El primer rey Borbón, Felipe V, reafirmó esa visión patrimonial de la herencia cuando derogó los derechos organizativos de los reinos de la corona catalo-aragonesa. Impuso una “Nueva Planta” para tener el “dominio absoluto” y ejercer, por tanto, “el justo derecho de conquista”, con el deseo, escrito en primera persona “de reducir todos mis Reynos de España a la uniformidad de una mismas leyes, usos, costumbres, y tribunales, gobernándose igualmente todos por leyes de Castilla tan loables y plausibles en todo el Universo”, y sobre todo estableciendo que “mis fidelísimos vasallos los castellanos “desempeñasen oficios y empleos en Aragón, Valencia y Cataluña. Así, no habrá que esperar a la generación del 98 ni a las reflexiones orteguianas sobre España para comprender el arranque de una castellanización impuesta por el despotismo y por conquista…”
Si desde el siglo XVI el oro de América enriquecía a la monarquía castellana y mantenía a la aristocracia feudal intocable, territorios como Cataluña desarrollaban procesos diferentes “económicos y políticos, con bastantes similitudes a la Holanda republicana o a la Inglaterra burguesa y parlamentaria”.
Las Cortes de 1812 reflejaron los antagonismos y con ello reinstalaron el nacionalismo español, que si se mostró unitario fue a consecuencia de una interpretación del pasado que la justificaba; era el momento de la Historia en que surgía el concepto de nación en Europa, y con ello también las fronteras. De ahí que, establecidos los dos elementos, la nación y las fronteras, las clases altas que los impusieron los utilizaron para reclutar a las clases bajas con el fin de defenderse.
Tan sólo el republicanismo sirvió a la defensa del pueblo: democracia, confederación y fraternidad universal. La República representaba la unión  democrática de los pueblos frente a la imposición de conservadores y liberales, federación frente a dictadura.
El libro hace historia aportando datos incuestionables sobre el por qué de tanto despropósito de los monarcas y sus vasallos, esos que jalean a su carne de cañón diciendo que su idioma lo hablan 400 millones de personas en el mundo, cuando tienen en España un 40% de población que habla otros 4 idiomas; para quien no lo sepa es el único país en Europa en semejante circunstancia.
Como se ve las monarquías borbónicas, con sus dictaduras incluidas, no han podido arrancar las raíces de los pueblos, cuya primera manifestación es su propio idioma.
El proceso que los monárquicos españolistas han atacado con todas las armas es el que da derecho a los pueblos trabajadores a conocer sus intereses y decidir su futuro. Por otra parte, la burguesía de cada nación ha usado y usa a las clases trabajadoras como fuerzas de interposición ante la monarquía borbónica, que es la que ha impedido la marcha de la Historia como contenedor de la justicia social, y la federación, confederación o independencia si los pueblos lo consideran.
Título: Los bombardeos de Barcelona.Autores: Juan Sisinio Perez, (Coord.), Xavier Torres, Joaquín Nadal, Manuel Santirso y Josep Pich Mitjana.
Editorial: Catarata.

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