domingo, 2 de febrero de 2014

LA MUJER SIN SOMBRA

Marcos González Sedano

A Elena,
Que dibuja sobre la luz
del Mar de las Antillas
las Sombras.
-”La Mar no puede tener sombra, y sin embargo, la sombra de la Mar acompaña a esta ciudad “.
Al escuchar esto me detuve. Una mujer a la puerta de un banco, musitaba palabras al estilo de los viejos cuenta- cuentos:
-Me robaron la sombra; ahí dentro está, en la cámara acorazada. Ustedes son testigos, miren a mi alrededor. Verán como los rayos del Sol penetran mi cuerpo y continúan su camino, sin dejar testigo sobre la acera. Comprueben ustedes también, si aún tienen sombra…
Instintivamente miré a mi entorno. Yo seguía teniendo una silueta reflejada en el suelo que se unía a mis pies. Pero aquella mujer… ¡no tenia sombra!, ni sonrisa. Su rostro era inexpresivo, sin olor, desnudo y desprovisto de rasgos… ¡sólo le quedaba la mirada!.
- ¿Saben ustedes?… – seguía explicándonos,- cuando me robaron la casa, el Sol, el viento, el agua… cuando ya no tenía nada, salvo la sombra, fui a hipotecarla.
Al principio me tomaron por una enferma mental; pensaron que estaba loca. Visité a muchos usureros, y al final, llegué hasta éste que se esconde tras los cristales blindados de su banco.
Mis conocimientos sobre el tema para convencer a los ladrones eran tales, que sabía que el origen de la pintura estaba en las sombras; que Tales de Mileto llegó a un pacto con ellas para pasarlas del mito al logos, utilizándolas para las matemáticas; que San Pedro, curaba a los enfermos con su sombra, y que la Sombra es el Alma dorada de la vida.
Pero el argumento de mayor peso, que terminó por convencer a los incrédulos, fue saber que aprovechando las sombras, hasta el plomo se convierte en oro.
Aquélla mujer, explicaba las cosas de tal forma que aún dentro de la incredibilidad, dejaba espacio para la duda:
-De entre todos los avaros siempre hay uno que compra humo, – nos decía.- El que está 
ahí dentro aceptó el trato. A cambio, si no le devolvía el préstamo, se quedaría con mi sombra. Doce meses después, las sombras de los otros vinieron a buscar la mía
En ese momento llegaron las fuerzas de seguridad del Estado interrumpiendo la narración y llevándose a la mujer que en su marcha nos gritaba: -¡No hipotequen su sombra, es lo único que les queda!
Desde aquél día miro a mi alrededor. Me cuentan que las élites, colmadas en su opulencia, se han puesto a coleccionar Sombras.
Puerto Bayyana, invierno de 2014.

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