viernes, 15 de febrero de 2013

El ecosocialismo es una revolución ciudadana


«Yo quiero que la inmensa mayoría, la única mayoría: todo el mundo, pueda hablar, leer, escuchar, sentirse realizado.
Nunca he entendido la lucha más que un medio de terminar con el rigor.
He escogido un camino porque creo que ese camino nos conduce a todos a esa atención permanente.
Combato por esa bondad general, multiplicada, inagotable»
Pablo Neruda “Confieso que he vivido”,  1974.
El 1 de diciembre de 2012, auspiciada por el Parti de Gauche, se celebró una Conferencia del Ecosocialismo, en la que participaron otras fuerzas de la izquierda francesa y un puñado de personalidades independientes. El objetivo de la conferencia es mantener una actividad permanente de reflexión sobre el proyecto ecosocialista y, como una primera etapa, la difusión del manifiesto del Ecosocialismo, cuya traducción presentamos a continuación, que es la síntesis “de una ecología anticapitalista y un socialismo desembarazado de las lógicas del productivismo”, en palabras de sus creadores.  
El Manifiesto de la Conferencia para el ecosocialismo se inscribe en la línea del manifiesto Internacional del Ecosocialismo, publicado en 2002, así como en la Declaración Ecosocialista de Belem de 2009, para abrir la vía de un nuevo proyecto político.
Después de la reunión de diciembre, los autores recibieron y estudiaron 133 enmiendas de fondo, procedentes de una treintena de personas de distintas procedencias. Esta síntesis va dirigida a todos cuantos “se reconocen en el ecosocialismo, organizaciones y personas, en Francia y en el plano internacional”.
 El ecosocialismo no es una utopía a la que tiene que adecuarse la realidad. Es la respuesta humana razonada al doble ímpasse en que va a estar encerrada, de ahora en adelante, la humanidad, a causa de las formas de producción y consumo de nuestro tiempo, que agotan al ser humano y al medio ambiente. Es un llamamiento a un pensamiento y una acción política radical, en el sentido de que debe ir directamente a la raíz de las causas. Combatimos pues los dos motores del sistema actual: el capitalismo y el productivismo. El capitalismo impone la mercantilización para convertir cualquier cosa en una nueva fuente de dividendos. Es responsable del aumento de las desigualdades sociales y de la globalización en curso, liberal y liberticida, en la que impera el dumping social y medioambiental con la deslocalización de las contaminaciones, y las alteraciones del ecosistema. El productivismo agota los recursos naturales y perturba el clima. La ideología consumista es su corolario. Eleva, a golpes de publicidad, la acumulación material al rango de ley para generar necesidades que nunca se sacian. Señalamos a los verdaderos culpables de este sistema: la oligarquía financiera globalizada, los gobiernos sometidos a los lobbies multinacionales sin control democrático, los ideólogos de la competencia, del capitalismo verde y del libre cambio. Frente a ellos, el ecosocialismo es una alternativa para salir de la crisis e imponer el interés general humano: compartir las riquezas sin esperar más, fundar una nueva economía de las necesidades y la sobriedad, preservar el clima, el ecosistema y su biodiversidad. El ser humano es parte integrante del ecosistema en qué vive; no pueden disociarse. Solo hay un ecosistema global compatible con la vida humana: por eso, todos nos parecemos en nuestra dependencia del ecosistema. Una verdad que se impone, a pesar de nuestras diferencias de todo tipo. Existe un interés general humano ligado al de otras especies vivas para preservar el ecosistema que hace posible la vida humana. ¿Cómo identificarlo si no es mediante la libre deliberación colectiva? ¿Cómo podrá ser una deliberación libre si unos dominan a otros, si hay verdades reveladas previas? El paradigma ecologista exige democracia, igualdad social, laicismo y feminismo; son condiciones indispensables para que pueda darse el debate ciudadano sin intrusión de fuerzas oligárquicas, dogmáticas o patriarcales. Finalmente, en la deliberación para determinar el interés general humano, cada uno de nosotros debe manifestar no lo que es bueno para él sino lo que es bueno para todos. Eso instituye la universalidad de los derechos humanos, la ciudadanía como deber y la República como necesidad. Todo esto es la ligazón razonada que une ecología política y república social universal. Esta es la teoría política global que llamamos ecosocialismo.

Un universalismo socialista y concreto

Se trata de un universalismo socialista y concreto. El socialismo siempre ha tenido como objetivo la emancipación de la persona humana, que pasa por compartir la riqueza, la democratización del poder y la educación global de cada mujer y cada hombre. Y ese programa sigue siendo el nuestro. Pero ahora ya sabemos que la emancipación no se puede alcanzar mediante el crecimiento sin fin: el ecosistema que hace posible la vida humana no lo permite. Esta constatación obliga a definir un nuevo medio de progreso en ruptura con el sistema capitalista. Se deben repensar no solo el sistema de producción e intercambio sino también el contenido de la producción y las modalidades de consumo. En  consecuencia, este enfoque implica al conjunto de la organización social y política.  Nos obliga a pensar de una nueva forma en qué consiste realmente el progreso humano en la perspectiva de la preservación del ecosistema.
En estas condiciones, proponemos un nuevo enunciado de la estrategia emancipadora para el futuro de la humanidad: esta nueva conciencia y su programa de acción son el ecosocialismo, y sus métodos el radicalismo concreto, la planificación ecológica y la revolución ciudadana. Nuestra ecología es social, prolonga los combates históricos de la izquierda. Rechazamos la mistificación representada por una cierta visión de la ecología que se considera compatible con el liberalismo. Denunciamos el “capitalismo verde”, que con la excusa del desarrollo sostenible ofrece un nuevo espacio al dominio de la búsqueda del máximo beneficio y  alimenta la dinámica imperialista. Rechazamos el discurso ecologista que se contenta con culpabilizar a los individuos y se abstiene de subrayar la responsabilidad del productivismo sin freno; que renuncia a atacar las formas de producción y consumo capitalista y se niega a ver que explotan a los más precarios y saquean los países del Sur. Rechazamos lo que sería una ecología de salón separada de las clases populares, sin crítica seria d ella economía globalizada, carente de visión social y de eficacia medioambiental. Nuestra ecología aborda las cuestiones del medio ambiente estableciendo sistemáticamente su relación con las luchas sociales, e implicando al conjunto de los ciudadanos. Rechazamos la doctrina socialdemócrata que pretende que la distribución de la riqueza pase primero por el relanzamiento del crecimiento del PIB y el consumo material global. Es un doble contrasentido. Por una parte mantiene el poder del capital financiero y supone que el reparto de la riqueza se organiza a partir “de los frutos del crecimiento”, sin atacar a la acumulación conseguida anteriormente. Nosotros sabemos que la riqueza existe y que no hay razón para esperara a redistribuirla. Lo que cuestionamos es el acaparamiento de riquezas mediante de la depredación del capital. Por otra parte, esa doctrina se basa en un modelo de expansión infinita que significa el suicidio de la civilización humana. El PIb es un indicador que no refleja si una sociedad vive bien. Es naturalmente imperativo que cada ser humano pueda acceder a los bienes fundamentales. Naturalmente que resulta indispensable el relanzamiento de las actividades de interés general; sin embargo, el relanzamiento de un crecimiento económico ciego no es capaz de responder a las urgencias sociales, y es aún menos deseable desde el punto de vista de la preservación del ecosistema, los recursos naturales y el clima. No esperamos pues ni el relanzamiento del crecimiento ni los efectos benéficos de la austeridad: no creemos ni en unos ni en otros.

Rechazo de la política de la oferta y de la lógica productivista

El ecosocialismo quiere poner la economía y el sistema productivo al servicio de las necesidades humanas y por eso se opone a la “política de la oferta” defendida por los liberales. Rechazamos esa lógica productivista que consiste en producir todo y no importa qué,  en no importa qué condiciones, para venderlo en un  mercado creado mediante gastos publicitarios. ¿Cómo no ver que en ese objetivo de aumentar sus beneficios el sistema nos vende productos programados para estropearse y pasar de moda cada vez más de prisa? ¿Cómo soportar más tiempo el despilfarro de los residuos crecientes de nuestra civilización? ¿Cómo cerrar los ojos al hecho de que muchos de ellos se exportan a países del Sur, en detrimento de la salud de sus poblaciones y su medio ambiente? Por el contrario, nuestras decisiones colectivas deben guiarse por la satisfacción de necesidades reales. Ese es el sentido de la planificación ecológica, que invierte esa lógica al partir de las necesidades, del deber ed preservar el ecosistema y del derecho de todos a vivir en un medio ambiente sano. Adecua el sistema productivo a estos imperativos.
El ecosocialismo cuestiona la dictadura de los intereses particulares y de la propiedad privada de los medios de producción. Cuestiona la relación con el trabajo. Nosotros predicamos la apropiación social de los medios de producción y las propuestas alternativas de la economía social y solidaria, en términos de autogestión y cooperativas. Defendemos la soberanía presupuestaria y la nacionalización como herramienta de política pública, sobre todo en materia de servicios bancarios y de crédito. Otras perspectivas que contemplamos para salir de los caminos trillados y evitar la trampa de hacerle el caldo gordo al sistema, son  una “desglobalización”, proteccionismo social y ecológico, dotación incondicional de autonomía y salario socializado, así como ingresos máximos autorizados.  También necesitamos ir más lejos en materia de reducción drástica de los tiempos de trabajo: “trabajar menos para trabajar mejor”, fijar el empleo como horizonte aunque sin dejarse de preguntar acerca de las finalidades del trabajo. De nada sirve trabajar más que el tiempo útil necesario, mientras que  el tiempo así liberado podrían dedicarse útilmente a actividades hoy consideradas “improductivas”, y sin embargo absolutamente esenciales para vivir bien.

Las 4 R

La revisión en profundidad de nuestro sistema de producción se basa en lo que llamamos las “4 R”: relocalización de la actividad, reindustrialización ecológica, reconversión de las herramientas industriales y redistribución del trabajo. Existen muchas necesidades no satisfechas: en una industria relocalizada, en los servicios a las personas, en la agro-ecología y la agricultura campesina al servicio de la soberanía alimentaria y la salud de todos, en la investigación y los sectores “verdes” que tienen como objetivo reducir nuestra dependencia de los recursos agotables (eco-construcción, eficacia energética, renovación térmica, energías renovables…). Con el aumento del paro y la crisis social, el argumento del empleo se utilizada con demasiada frecuencia frente al imperativo de la protección medioambiental, lo que es un absurdo. Hoy estamos viendo el coste económico y social del laisser-faire liberal en lugares donde, por el contrario, la relocalización y la transición ecológica hubieran permitido conservar, transformar o crear nuevos empleos, locales y para siempre, en todos los países.
La “regla verde” es nuestro indicador central de pilotaje de la economía. Reemplaza a la “regla de oro” de las políticas de austeridad y “ajuste estructural” impuestas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y el banco Central Europeo. Tiene como objetivo garantizar nuestra responsabilidad ante la humanidad y su ecosistema, suprimiendo la deuda ecológica. Asocia la necesaria reducción de algunos consumos materiales y el necesario relanzamiento de determinadas actividades con el hecho de tener sistemáticamente en cuenta la huella ecológica generada. Además de los daños causados ya en materia de emisiones de gas de efecto invernadero y pérdida de biodiversidad, adoptamos como medio de evaluación de las políticas públicas retrasar anualmente el “día de superación global”. Se trata de la fecha en que, a escala global, superamos el volumen de recursos renovables que el planeta es capaz de regenerar, y de los que hemos producido residuos que no es capaz de digerir. Nuestro objetivo es conseguir desplazarlo hasta el 31 de diciembre; es decir, neutralizar la huella ecológica, lo que implica una reducción drástica de las emisiones e gas con efecto invernadero y el parón nuclear, que produce residuos radiactivos que nadie sabe gestionar y comportan riesgos inaceptables, tanto para los seres humanos como para el ecosistema.
Nuestro objetivo de ruptura de civilización impone que un gran número de personas se impliquen en la acción política. Se trata de agrupar y actuar, y no contentarse con tener razón entre convencidos, o peor aún, de levantarse unos contra otros: nos situamos junto a los asalariados y los excluidos del sistema, que resisten y son portadores de proyectos alternativos, sociales y medioambientales. La reconversión ecológica no se hará sin ellos, y menos aún contra ellos. Nuestros adversarios en esta bifurcación radical de la sociedad no son los investigadores ni los asalariados d ella industria, sino los bancos, las multinacionales y los accionistas que orientan la producción en función de sus intereses privados y no del interés general.
La revolución ecosocialista combina propuestas programáticas y presencia en las luchas sociales y medioambientales junto a todos cuantos resisten. Los ciudadanos comprometidos en este proyecto se implican en el desarrollo de experimentación y alternativas concretas. Circuitos cortos, asociaciones para el mantenimiento de la agricultura campesina, apoyo a las franjas de subsistencia alimentaria y actuaciones contra los proyectos de convertir en artificiales las tierras colectivas de las localidades en transición, recuperación de las empresas por los trabajadores, sistemas de intercambios locales, ahorro ciudadano y monedas complementarias, hábitat colectivo y compartir el transporte privado… todas ellas son propuestas activas para las acciones de desobediencia cívica no violenta, operaciones anti-publicidad u ocupación de alojamientos vacíos. Los elegidos por el pueblo para el proyecto ecosocialista se comprometen, en una postura coherente entre su discurso y sus actos. Hacen que la izquierda esté viva, por ejemplo, adoptando medidas de prohibición de la publicidad, de regreso a la gestión pública del agua o de la extensión gratuita de los servicios públicos.

Planificación ecológica

La planificación ecológica impone tener en cuenta el largo plazo y el dominio público, todo ello controlado por trabajadores y usuarios. El problema no son  la industria, la investigación o la técnica en sí mismas, sino la falta de opción y control ciudadano. Es necesaria una revolución ciudadana para conquistar esa capacidad de control. Esa es la explosiva mezcla de utopismo revolucionario y tecnicidad a qué aspiramos. El Plan ecológico ofrece la posibilidad de organizar la bifurcación hacia otra forma de desarrollo, teniendo en cuenta nuestras necesidades y reorientando la producción, intercambio y consumo, en virtud de su utilidad social y ecológica. El sector de la investigación debe reorganizarse en torno al interés general y las necesidades reales, e inventar nuevas formas participativas mediante, por ejemplo, convenciones de ciudadanos. La escuela pública, a través de las vías profesionales, tecnológicas y  generales, debe poner el aumento de los conocimientos y las cualificaciones al alcance de todas las edades, a fin de conseguir esa bifurcación y hacer que emerjan nuevos sectores. Se deben organizar “conferencias de participación popular” para redefinir los criterios de utilidad social y medioambiental y la articulación entre los diferentes niveles, desde las políticas europeas hasta las acciones locales. La planificación ecológica organiza la intervención continuada de los asalariados en la gestión de las empresas, en la prolongación de la convergencia creciente de las luchas sociales y medioambientales.
Afirmamos la exigencia de un alto nivel de cultura común mediante la escuela pública, que incluya la educación en el medio ambiente. Si no ¿Cómo hacer posible la emancipación individual y colectiva, única también que puede permitir el consentimiento de un contrato social que sea compartido por todos? El proyecto ecosocialista reafirma le rol del Estado, d ella colectividad y de los servicios públicos, indispensables para planificarla ruptura, construir una sociedad emancipadora y garantizar la igualdad de todos, y en todas partes,  en el acceso a los derechos fundamentales, que deben refundarse en una asamblea constituyente destinada a renovar a fondo y llenar las formas institucionales y crear los medios democráticos que hagan posibles la implicación ciudadana permanente y la soberanía popular en todos los terrenos. La tarea revolucionaria es inmensa. Apoyamos la creación de un “acondicionamiento” del territorio en contra del despliegue urbano, la concentración de población en las megalópolis y la incitación a la competencia entre territorios. Militamos por un nuevo urbanismo que acerque las funciones indispensable al “buen vivir” (servicios públicos de salud y educación, vivienda, actividad profesional, cultura y ocio, biodiversidad, agricultura campesina). Rechazamos la mercantilización de los seres vivos y los OGM, así como “monetarización” de bienes comunes como el agua, la energía el saber, y la privatización d e los servicios públicos, que deben ser objeto de una gestión pública repensando la articulación entre el estado, garante de la igualdad republicana, las colectividades locales y la acción de ciudadanos, sindicatos, asociaciones y usuarios.
El proyecto ecosocialista lucha ideológicamente por la educación popular. Quiere descolonizar el imaginario. Denuncia la programación de un individuo-consumidor dócil, sometido a  las opiniones de pretendidos expertos y a los imperativos del productivismo que hace desear productos perjudiciales e inútiles, fabricados en la otra punta del planeta en condiciones indignas y bajo legislaciones medioambientales  desfallecientes, cuando no inexistentes. Combate los brazos armados del productivismo que son la publicidad, con su cortejo de promoción del cuerpo y de sexismo, la moda y los medios de comunicación, que ceden la vez a esos organismos de crédito que nos condicionan y nos someten a una presión de compra y despilfarro permanentes.

Una batalla de vocabulario

Esta batalla ideológica es también una batalla de vocabulario. Rechazamos la política del “oxímoron” y el nuevo lenguaje liberal: el “precio del trabajo” que se convierte en “coste”, las cotizaciones sociales en “cargas”, los “guardianes de la paz transformados en “fuerzas del orden”, la videovigilancia en “vídeoprotección” o lo nuclear disfrazado de “energía limpia y descarbonatada”.
A escala mundial denunciamos los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio, acuerdos de libre cambio y acuerdos de colaboración, que contribuyen al agotamiento de los recursos naturales, la explotación de los pueblos del Sur y en dumping social en los países desarrollados. La evolución de la Unión Europea implica a todo el planeta porque es la primera zona económica del mundo. Su política liberal está bloqueada por los actuales tratados y los planes de austeridad que, establecidos bajo la dirección de lobbies económicos y financieros, tienen en común prever la desaparición de los servicios públicos y la extensión del dominio del mercado y el libre cambio, lo que provoca a la vez despilfarro debido a la competencia mercantil y destrucción de los servicios públicos y bienes comunes, en beneficio de intereses privados. La Europa liberal y de la austeridad impide también orientar el contenido de la producción y el intercambio hacia objetivos de progreso humano. En estas condiciones, asumimos que una política ecosocialista en Europa pasa pro la desobediencia a la Europa liberal y a sus directivas. Para ello hay que construir otras relaciones de fuerza entre los ciudadanos, el poder de las finanzas y el de las instituciones antidemocráticas de la Unión Europea. Aunque el nivel europeo puede resultar pertinente para grandes políticas medioambientales y sociales, su puesta en práctica solo será posible mediante la construcción de otra Europa, bajo el control democrático de los pueblos.
No hay más que un ecosistema compatible con la vida humana, y hay que sacar consecuencias en todos los terrenos. Las decisiones adoptadas en un lugar del planeta tienen repercusiones en todas partes. El proyecto ecosocialista implica el reconocimiento de la responsabilidad de los países llamados del Norte, de la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el banco Mundial, con los pueblos del Sur. Denuncia la competición organizada en lugar de la cooperación, el productivismo y sus efectos sobre el clima mundial, el saqueo de los  recursos naturales, el acaparamiento de tierras cultivables y también la austeridad impuesta por la Troika. Propicia el reconocimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la creación de un Tribunal internacional de crímenes contra el medio ambiente. El ecosocialismo nos impone contribuir a los debates que relacionan desarrollo y progreso social con preservación del medio ambiente. Para ello, apoyamos y nos inspiramos  en alternativas puestas en marcha en el extranjero: revoluciones ciudadanas y primavera árabe, rechazo de la deuda y los monopolios mediáticos en Argentina, asambleas constituyentes en Islandia o Venezuela, iniciativa Yasuni ITT para dejar el petróleo bajo tierra en Ecuador… Los saberes, la experiencia y los métodos conseguidos en esas situaciones tienen que converger. El proyecto ecosocialista tiene que poder convertirse en un foro mundial que lleve a cabo la revolución ciudadana de nuestro tiempo. Teniendo en cuenta la magnitud de su objetivo, el cuestionamiento del modelo productivista capitalista no puede ser el resultado de una simple alternancia electoral y de decisiones llegadas desde arriba. Implica una refundación radical de las instituciones, incluyendo las elecciones proporcionales, paridad y no acumulación de mandatos, que permitan que el pueblo esté efectivamente representado en todas sus características. Se trata de poner al paso a la oligarquía y garantizar, en todas las circunstancias, la soberanía popular mediante una democracia real. Eso exige que las mayorías parlamentarias ecosocialistas conjuguen su acción con movimientos de implicación popular en todos los terrenos de la vida y la sociedad. Esa reapropiación de la iniciativa política y ciudadana por cada mujer y hombre, con el objetivo de determinar en todo y sobre todos los temas el interés general, es lo que llamamos revolución ciudadana. Es una revolución porque se propone cambiar las formas de propiedad, el sistema institucional y la jerarquía de las normas jurídicas, sociales y medioambientales que organizan la sociedad y la economía. Es ciudadana porque quiere dar poder a todos no en interés de una categoría social en particular sino para el bien de todos los humanos, y porque se dota de formas institucionales y se somete al sufragio universal en el pluralismo político. Nos negamos a que la desesperación y la rabia caigan del lado del odio. Ni vanguardia esclarecida, ni dictadura verte, ni repliegue étnico, defendemos la vía democrática de la revolución ciudadana. El pueblo no es el problema, es la solución. El peor daño que podría hacer la crisis actual de la civilización humana sería que la humanidad se demostrara incapaz de abrirse a la vía de otro futuro. El ecosocialismo puede serlo.

Crónica Popular.

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