viernes, 1 de marzo de 2013

La gente que amamos: Stéphan Hessel, un siglo contemplándonos


Mercedes Arancibia || Periodista.
“Considero que no es necesario vivir hasta ser demasiado viejo. Hay que vivir, con placer, mientras uno disponga de medios para expresarse… la muerte es para mí un gran proyecto. Pienso que de todas las experiencias que se tienen en la vida, la más interesante es la muerte…Para mi la vida ha sido hermosa, con momentos horribles y momentos admirables. Pero quizá la muerte sea aun más hermosa ¿quien sabe?”.
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Estábamos en diciembre de 2010, la editorial francesa Indigéne acababa de publicar un librito de poco más de cuatro mil palabras titulado “Indignez-Vous!” (“Indignaos”) y los libreros reconocían ya que se trataba del boom editorial del año. Su autor, un nonagenario, antiguo resistente y el único redactor vivo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, hablaba de la muerte, de su muerte, en el primer programa de televisión que le entrevistaba tras su éxito, y del libro escrito en un estilo directo y sencillo sobre lo que, en principio, no pasaba de ser una aportación más al debate acerca de si otro mundo es posible
Hoy, menos de cuatro años después y con 95 cumplidos, Stéphane Hessel, el más célebre de los indignados franceses,  ha podido comprobar si, efectivamente, para él  la muerte ha sido igual de hermosa que la vida. Hoy ha muerto el abuelo de todos los indignados del mundo, de las revoluciones árabes, del 15M, de Occupy Wall Street, del Popolo Viola, de los antisistema griegos…el hombre que tuvo la habilidad de plasmar, en un manifiesto de apenas setenta páginas que se vendía a 3 euros y era el grito que salía de las gargantas de todos los aplastados por el sistema, las protestas, los deseos y las aspiraciones de un mundo lacerado por la corrupción, el neoliberalismo más salvaje y el desprecio absoluto hacia los desfavorecidos de la tierra.
Stéphane Hessel ha muerto y resulta difícil de creer. Desde su irrupción hace tres años en los medios de todo el mundo  teníamos la impresión de encontrarnos ante un hermoso y eterno anciano “salido del siglo con el que bailó (1) para entrar directamente en la Historia, con toda la panoplia de accesorios: una voz como salida de una vieja radio, una educación extremada, casi anticuada, una elegancia de otros tiempos. Y además, cuando a los 95 años uno recorre los platós de televisión de todo el mundo, escribe best-sellers y da nombre a un movimiento internacional, ¿se atreve alguien a decir que ha muerto?” (Marion Cocquet , Le Point, 27 febrero 2013).

“Indignaos”: Más de 4 millones de ejemplares vendidos y traducido a 34 lenguas

En aquella navidad de 2010, más de medio millón de personas habían comprado el libro –que acabaría vendiendo más de cuatro millones de ejemplares y siendo traducido a 34 lenguas-, un fenómeno que para el editorialista del diario Libération, Paul Quinio, no respondía ni al precio ni a la notoriedad del autor, sino a algo “que le conecta con el individualismo” inherente a esta época: “que cada cual disponga de su pequeña dosis de indignación solitaria”. Y lanzaba un aviso para navegantes: “Stéphane Hessel ha puesto el dedo en la llaga de un deseo de indignación. A la izquierda le toca ahora transformarlo en futuro”. Un deseo que, de momento, ni siquiera está camino de cumplirse.
“Indignez-vous!” Arrasó aquella pascua de invierno en el momento de elegir los regalos. El periodista deLibération Jérémy Marillier recogía declaraciones de varios libreros parisinos. “En diciembre va a figurar en los extractos de todas las tarjetas de crédito. Libros como éste pueden contarse con los dedos de una mano. Varias veces nos hemos quedado sin stock y los distribuidores no pueden cumplir con todos nuestros encargos”, aseguraba un librero de Seine-Maritime; otro de la rue Parmentier, en el centro de la capital, decía que “el editor estaba dedicando dos empleados a tiempo completo al seguimiento de las ventas del libro y los clientes no paraban de reclamarlo”. En la primera semana, Indignez-vous! había ganado ya en ventas al Premio Goncourt, que ese año fue para Houellebecq. Por su precio había “venido a substituir a la caja de bombones, y es mucho más original”, confirmaba el joven vendedor de una librería de Montmartre. “Es el regalo ideal para poner en el plato, debajo de la servilleta… Nadie quiere quedarse sin su ejemplar del Hessel”. “Es un libro que hay que regalar para animar las tertulias”, declaraba una vendedora de Nancy.
28_stephan Desde su irrupción hace tres años en los medios de todo el mundo  teníamos la impresión de encontrarnos ante un hermoso y eterno anciano “salido del siglo con el que bailó para entrar directamente en la Historia. ©Parti socialiste
Pero, ¿que tienen las páginas de Indignez-vous!que consiguieron atrapar de tal forma a los lectores más jóvenes de toda Europa? Para Harlem Désir, ex diputado europeo y actual secretario general del Partido Socialista francés, fundador en su día de la ONG Sos Racisme, “es un libro de rebeldía, de indignación, que se inscribe plenamente en nuestra época. Se subleva contra la sumisión, contra la dictadura de los valores financieros. Y dice que el mayor peligro sería la resignación (…) Hessel es un hombre modesto y auténtico. Plantea las cuestiones sociales en términos morales, hace un llamamiento a la ética y a la responsabilidad personal (…) a los 93 años se dirige a los jóvenes predicando una rebelión humanista y optimista (…) Es una llamada a la reflexión, no un programa político; un grito de alerta a la sociedad a partir de unos valores, recordando que la mayoría de ellos ya estaban enunciados en el programa del Consejo Nacional de la Resistencia (el órgano que dirigió y coordinó los distintos movimientos de la Resistencia Francesa, la prensa, los sindicatos y los miembros de partidos políticos contrarios al gobierno de Vichy a partir de mediados de 1943, al que perteneció Hessel, ndlr.). En él aparecen los valores de justicia social, de prevalencia del interés general sobre los intereses particulares, de basar la vida colectiva en los valores republicanos (valores que, hasta el día de hoy, representan el mayor de los orgullos para todos y cada uno de los ciudadanos franceses, ndlr)… (…) Quiere construir una sociedad de la que podamos sentirnos orgullosos, pero no presenta la más mínima ambigüedad: no es un programa político”. “Predica un cierto radicalismo construido en torno a un proyecto común. No expresa una utopía revolucionaria, que no podría cumplirse. Stéphane Hessel ofrece encontrar una esperanza… por eso el librito ha encontrado tanto eco”.
Un eco que se tradujo inmediatamente en impresionantes cifras de ventas,  para la editorial Indigène “un sueño hecho realidad” aunque para el editor, Jean-Pierre Barou, antiguo militante de la Izquierda Proletaria, “no se trata de dinero sino de ideas”. Y de un hombre, miembro de la resistencia y antiguo embajador, que “tiene ideas porque las ha practicado”. Stéphane Hessel renunció en principio a sus derechos de autor. Cuando las ventas rebasaron los 300.000 ejemplares sugirió a los editores que dieran su parte al Tribunal Russell, al que apadrinó desde sus orígenes.

El llamamiento se materializó con los indignados españoles en mayo de 2010

El antiguo resistente enumera en el libro los temas que provocan su indignación : el aumento de las desigualdades en el mundo, el trato que reciben en todas partes los emigrantes, la gente que carece de alojamiento y pasa hambre, la ignorancia que la clase política tiene de los problemas reales de los pueblos… Más allá de las referencias puramente francesas que se encuentran en las apenas 70 páginas de la obra, sus frases resonaban en otros países como un llamamiento ciudadano a implicarse directamente en la política, sin que eso signifique necesariamente afiliarse a un partido, y a luchar por los asuntos de interés general frente a la dictadura del sistema financiero. Un llamamiento que se materializó – ¡y de qué forma!- con la aparición de las mareas de Indignados españoles en el mes de mayo de 2011; un movimiento que se desplaza a través del mundo, desde la Puerta del Sol de Madrid hasta el campamento de Wall Street en Nueva York, pasando por la puerta del Parlamento griego y las plazas italianas. De alguna manera, “en el crepúsculo de su vida, Stephan Hessel pasó la antorcha de una cierta forma de resistencia al movimiento de los Indignados” que ha recorrido las calles y las plazas, en occidente y Oriente Medio.
28_stephanh Sus frases resonaban en otros países como un llamamiento ciudadano a implicarse directamente en la política, sin que eso signifique necesariamente afiliarse a un partido, y a luchar por los asuntos de interés general frente a la dictadura del sistema financiero. ©hamburgr
“Yo también nací en 1917. Yo también estoy indignado. También viví una guerra. También soporté una dictadura. Al igual que a Stéphane Hessel, me escandaliza e indigna la situación de Palestina y la bárbara invasión de Irak (…) Hablamos en la misma onda…”. Era el también nonagenario José Luis Sampedro quien prologaba, meses después, la edición española de “Indignez-vous!”, a partir de entonces “Indígnaos”: 60 páginas editadas por Destino en una jugada que tenía poco de aventura editorial; 5 euros por el placer de leer un texto que estaba funcionando “como un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la vista a los reunidos en la plaza”. Después del prólogo de Sampedro, la edición en castellano del panfleto (en el mejor sentido del término) francés, incluye un llamamiento del autor a los lectores españoles, “a la joven generación de esa España (…) rebelde y valiente que siempre puede favorecer el impulso hacia una Europa cultural, fraternal, y no una Europa al servicio de una ‘financiarización’ del mundo”.
“¿Demasiada indignación puede matar la indignación?” se preguntaba meses más tarde en un artículo el diario digital Rue 89. Para el periódico, declaradamente de izquierdas, al inesperado éxito de 2010 están empezando a surgirle, desde la derecha,  “las primeras críticas en 2011. Sobre todo de algunos lectores de lo que Anne Fulda llamaba en su crónica en el diario Le Figaro “una especie de nuevo Pequeño Libro Rojo”. Críticas a las conocidas posturas pro palestinas del autor y a las simpatías socialdemócratas manifestadas en una entrevista en el mismo Rue 89.
El 31 de diciembre de aquel año, y ante la imposibilidad de no hacerse eco del fenómeno que había representado la aparición del libro de Hessel, el diario Le Monde pidió a distintas personas que explicaran los motivos que tenían para indignarse. El neuropsiquiatra Boris Cyrulnik se decía “indignado de que (Hessel) nos pida que nos indignemos, porque la indignación es el primer paso del compromiso ciego. Hay que pedirnos que razonemos y no que nos indignemos”. EL 5 de enero, Luc Ferry, filósofo y ex ministro de la derecha, se dirigía directamente, esta vez desde las páginas de Le Figaro, al autor del libro: “Querido Stéphane Hessel, en un libelo que ha conseguido un éxito colosal, nos invita a la indignación. ¿Está seguro de no haberse equivocado de dirección? La verdadera moral, decía Pascal, se burla de la moral”.

Stephane Hessel, “la esencia de la Historia”

En un perfil de Stéphane Hessel escrito por Eric Aeschimann, donde se le define como “la esencia de la historia”, se dice que nació en una familia judía en Berlín, en 1917, y llegó a Francia en 1925. La vida de sus padres fue, como la suya, una página de historia; o más bien un guión de cine: François Truffaut se inspiró directamente en ellos, en el trío que formaban Franz y Helen Hessel y el amante de ésta, Pierre-Henri Roché, para escribir el de la película de culto “Jules et Jim”. Helen procedía de la burguesía berlinesa antisemita: “políglota, humanista, impertinente, llamó a las mujeres alemanas a la insumisión, consiguió sacar a su marido de los campos de exterminio y tradujo al alemán al impúdico Nabokov”. Franz era un escritor judío, traductor de Proust junto con su amigo inseparable, el filósofo Walter Benjamin.
Stéphan, naturalizado francés en 1937,  fue llamado a filas al comenzar la guerra iniciando allí el combate por una Francia libre y digna, merecedor también de convertirse en una historia de la gran pantalla. Hecho prisionero, se evadió y se unió al general De Gaulle en Londres. Enviado a Francia en 1944 fue detenido y deportado a Buchenwald, donde falsificó su identidad. Volvió a evadirse, le detuvieron, saltó de un tren en marcha y se unió a las tropas norteamericanas. Entró en Paris el 8 de mayo de 1945, junto a la primera columna de republicanos españoles. Tras la liberación, empezó a trabajar en la Secretaría General de la ONU y fue uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El gobierno de Mitterrand le elevó a la dignidad de “Embajador de Francia”. El diplomático Stéphane Hessel ocupó cargos en algunas de las grandes capitales del antiguo imperio colonial francés – Brazzaville, Saigón, Argel – y poco a poco fue adoptando posturas anticolonialistas. Hizo de Palestina su gran causa internacional y desde su jubilación se dedicaba a militar en favor de los “sin papeles”. Recordando que su padre era judío, en 2011 explicaba a un reportero del New York Times que, aún sintiéndose solidario con los judíos de todo el mundo, se negaba a dejarse encerrar en un apoyo ciego a Israel, en el momento en que la colonización de tierras árabes se encontraba otra vez en su apogeo.
Stéphan Hessel era Oficial de la Legión de Honor (una de las más altas condecoraciones que concede el Estado francés) desde 2006. Apoyó al socialista Michel Rocard –a quien conoció en 1958 y “desde entonces no nos habíamos separado nunca en amistad y complicidad”, recuerda ahora en una necrológica el ex primer Ministro- en las elecciones de 1985 y en 2009 figuró en un lugar testimonial en las listas de Europe Ecologie (el partido que entonces lideraba Daniel Cohn-Bendit). Llevaba varias décadas militando en el Partido Socialista y en la primavera de 2012 apoyó abiertamente la candidatura de François Hollande frente a Sarkozy.
(1) Danse avec le siècle (Seuil, 1997, autobiografía).

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