martes, 14 de marzo de 2017

FEMINISMOS: LAS MUJERES DEL INFIERNO

Movilización de mujeres en México 
La última mujer quemada viva en una hoguera inquisitorial en España se llamaba María de los Dolores López. Corría el año 1781 cuando esta muchacha ciega, a la que delató un amante clérigo, fue condenada por las siguientes acusaciones: mantener relaciones sexuales con el diablo, beber extraños brebajes propios de hechiceras y, sobre todo, por poner huevos.  Si las dos primeras acusaciones no eran lo suficientemente bizarras, la tercera, que la mostraba como una suerte de Caponata satánica, no podía ser menos pinturera.
Durante más de dos años la joven fue torturada con las técnicas más crueles y refinadas de la ‘Santa Inquisición’ para persuadirla de que confesara sus aberrantes pecados. Pero la obstinada ciega no reculó en defender su inocencia y acabó siendo “purificada” en la hoguera.
Recientemente, en la post-revolucionaria y sandinista Nicaragua, una mujer ha sido quemada en la hoguera porque el pastor de la iglesia evangelista, un estúpido incapaz de ver más allá de su biblia y su pene, creía ver en ella al demonio. Vilma Trujillo, así se llamaba la víctima del fanatismo religioso, no había cumplido aún los 30 años y era madre de dos hijos. Sus familiares están pensando abandonar la pequeña aldea ante las constantes amenazas de los seguidores del pastor de la llamada Asamblea de Dios.
En 1968, una guerrilla feminista pasó a la acción utilizando los conjuros como armas. Su historia forma parte de la cara oculta de la lucha por la liberación de las mujeres. Se trata del movimiento W.I.T.C.H. (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno) y lejos de copular con Satán y sembrar su ovípara semilla, se dedicaban más bien a abrirse paso a codazos frente al patriarcado imperante. Empezando por una izquierda radical que aceptaba a las féminas pero no contaba con el feminismo.
Cambiar bombas por hechizos puede parecer pueril y poco terrorista. Pero estas brujas no eran convencionales. Realizaban acciones directas: boicots, manifiestos, ocupación de redacciones de periódicos, protestas delante de Wall Street, escritura de textos, ruedas de prensa… Las mujeres del W.I.T.C.H. comprendían que su herencia era ancestral. Y que otras muchas, desde la Edad Media a nuestros días, han sido perseguidas por su subversión al papel que les adjudicaba el sistema.
Eso es lo que le ocurrió a María de los Dolores López, la tozuda invidente que prefirió arder entre llamas a reconocer las gilipolleces de las que le acusaban. O como sucede actualmente en Arabia Saudí, en Irán, Etiopía y varias decenas de países. Lugares donde el machismo y el fanatismo religioso las encierra bajo un burka, justifica la lapidación por haber sido víctima de una violación o por un supuesto adulterio y donde azotan públicamente a una mujer por pretender conducir un coche. 
También en los países musulmanes surgen guerrilleras subversivas. Un ejemplo: durante la revuelta argelina contra el colonialismo francés, las mujeres lucharon y murieron junto a los hombres en la clandestinidad, conscientes de que su propia igualdad futura estaba en juego. Al ganarse la independencia, sus “hermanos revolucionarios” las enviaron de vuelta a la cocina.
Sus herederas brotaron en la primavera árabe en forma de blogueras que informaban a la población de lo que estaba ocurriendo. En Túnez y en Egipto mujeres con velos, vaqueros o minifaldas, de todas las edades, acudían en manada a las concentraciones. Tomando consciencia de que el laicismo es el único camino para encontrar la equidad. Éstas son las  “brujas del Islam”. Unas subversivas que lanzan hechizos de libertad e igualdad para intentar cambiar su situación, aún a costa de saber que se juegan la vida en ello.
Explicar a estas alturas que el feminismo no significa odio ni resentimiento hacia los hombres me aburre, con todos mis respetos, un huevo. Sin embargo, nunca está de más hacer pedagogía. Tal y como yo lo veo, el feminismo es un movimiento de liberación sobre el abuso ejercido por un sistema patriarcal sustentado por hombres pero con la complicidad necesaria de muchísimas mujeres.
Por poner un ejemplo reciente. Si cuando el alcalde de Almansa, Francisco Núñez, hubiera empezado a largar ese discurso, a lo Paco Martínez Soria, sobre el papel de esposa y madre que cabe esperar de la mujer en el mundo actual, la señora del moño que tenía al lado le hubiera propinado una terapéutica colleja, se habría evitado el disgusto de verse retratada junto a semejante gañán. Pero no, ella mantuvo la compostura con sonrisa hierática y look de los cincuenta. Cómo si de un momento a otro nos fuera a contar que estaba superfeliz porque su marido le había regalado una plancha nueva por el día de la mujer trabajadora. Lo dicho, complicidad necesaria.

Decían las mujeres del infierno que basta repetir tres veces “soy una bruja” para pasar a serlo. A mí no me hace falta. Además  de subversivo y tocapelotas tengo un club de trolls que no tiene duda alguna. Escoba y gato negro no me faltan. Lo de poner huevos, sinceramente, aún no lo controlo. Pero tiempo al tiempo. Sé que soy carne de hoguera desde el nacimiento. Seguro que más temprano que tarde acabaré ardiendo en el infierno.

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