miércoles, 24 de diciembre de 2014

Los siete grandes tabúes de las izquierdas españolas

Santiago Armesilla Conde. Doctor en Economía por la UCM en el programa de Economía Política y Social en el Marco de la Globalización

Desde antes de la Transición Española, las distintas generaciones y corrientes de izquierdas que en España han desarrollado su actividad con mayor o menor éxito, han acabado por no distinguir entre el adaptarse a los tiempos y el que los tiempos los adapten a ellos. Tras el fracaso soviético, el dominio prácticamente absoluto de la socialdemocracia desmarxistizada y confundida con el liberalismo (que algunos llaman neo-, como intentando salvar al liberalismo clásico de su supuesto “hijo” radicalizado) en prácticamente todas las democracias de mercado pletórico capitalista, ha ayudado mucho a esta confusión que dije al principio. De ahí que, desde la escuela, los medios de comunicación de masas de todo tipo -incluido Internet-, las Universidades e incluso las expresiones artísticas, esta socialdemocracia liberal, como ideología viscosa que todo lo impregna, se haya convertido en la verdadera ideología dominante del capitalismo actual.
03_01_TabusDe ahí que, y siguiendo la doctrina del fin de la Historia del funcionario estadounidense Francis Fukuyama, que a finales del siglo XX anunció que la democracia liberal-burguesa será la dominante de manera estable tras el derrumbe comunista, la viscosidad de la ideología dominante socialdemócrata y liberal impregne hasta a los más acérrimos opositores al capitalismo, salvando excepciones. Y de ahí que muchos, en vez de ser “anticapitalistas” (con toda la oscuridad y confusión que esta etiqueta conlleva), sean más bien “contracapitalistas”, esto es, contradistintos al sistema económico (e ideológico) capitalista pero desde una oposición que parte de una raíz similar, sino la misma. Muchas personas son liberales sin saberlo, y ése es el gran logro histórico de la ideología liberal.
El régimen de 1978, que sirvió de prólogo para esta situación ideológica y política, en la que el franquismo y la oposición al mismo se fusionaron reconvertidos en el magma ideológico socialdemócrata-liberal, teniendo como marco de juego la Constitución actual, ha posibilitado que la ideología dominante haya trastocado, de momento de manera catastrófica, a las generaciones de izquierdas políticamente definidas más fuertes de los últimos doscientos años. Tanto el anarquismo, como la socialdemocracia originaria, como el comunismo o el maoísmo (no hablemos aquí del jacobinismo o el liberalismo doceañista, espectros del pasado que, como sombras chinescas, se ven más como anécdotas curiosas sus hazañas revolucionarias que como herencia necesaria para los militantes actuales), han asumido sin pestañear y (casi) sin reflexionar, las ideas más peregrinas de este mejunje ideológico dominante capitalista que, si reflexionamos, veremos que es coherente con ese criptoliberalismo del que no se pueden desprender ni siquiera los líderes de las formaciones políticas españolas que se llaman a sí mismas “izquierda transformadora” y epítetos similares que, en realidad, no significan nada.
La ideología dominante, cual Matrix, hace que se conviertan en dogmas de fe ideas que, previamente al desarrollo estructural de las bases socioeconómicas e institucionales que posibilitan que esa ideología dominante se conforme y se convierta en gasolina de dichas bases, no eran más que obstáculos a la conformación de verdaderas alternativas revolucionarias tal y como siempre se habían conformado. De ahí que los que las han asumido las defiendan con uñas y dientes, creyendo incluso que quienes critican estas ideas son en realidad “el enemigo” amigo del capitalismo y del Orden Establecido, o algo peor incluso, un “facha”. Estarías dispuestos a destruir a quien sea que ponga en tela de juicio, como mínimo, estas siete ideas que expondré a continuación, las cuales se han convertido en tabúes.
El DRAE define tabú en su primera acepción como la “condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar“. La Wikipedia afirma, en el primer párrafo sobre la entrada “tabú” que es “la prohibición de algo supuestamente extraño (en algunas sociedades), de contenido religioso, económico, político, social o cultural por una razón no justificada basada en prejuicios infundados. Romper un tabú es considerado como una falta imperdonable por la sociedad que lo impone“.
Con todas las salvedades antropológicas evidentes que el término tabú conlleva, estamos hablando aquí y ahora de tabúes ideológico-políticos y sociales con implicaciones directas en el quehacer revolucionario, si es que lo hay, de muchas organizaciones. Y son tabúes en tanto que son asumidos tanto por la ideología dominante como por los “dominados dominantes”, los cuales, sin saberlo, legitiman el Orden Establecido que dicen pretender derribar, defendiendo estos tabúes que, a la larga, aseguran lo que a todo capitalista, comerciante y hombre emprendedor importa: la paz social que asegure el comercio. Una paz social que, no obstante, no tendrá reparos en usar el “mal necesario” de la violencia y la guerra al tiempo que las condena cuando se opone a la instauración de su paz comercial. Pues la paz es siempre la paz del vencedor sobre el vencido.
De ahí este artículo, y de ahí esta lista. Éstos son los siete grandes tabúes de las izquierdas españolas, los cuales, incluso, se interrelacionan políticamente entre sí, pues se suelen tomar todas como pack izquierdista que, en parte o en todo, nunca se cuestiona.
Advierto previamente: puede que este artículo no guste, pero no está escrito para “gustar” a quienes han comprado este pack de tabúes. Y si los compradores de este pack me acusan de “fascista” o “facha” por cuestionar dicho pack, habré de decir dos cosas: primera, que no lo soy (soy militante del PCE), y segunda, que con esta reacción me darán la razón.
1) El tabú de la nación española
Este es el primer tabú, el más duro de vencer durante décadas, y del cual, en cierto sentido, dependen los demás. Desde los últimos años del franquismo, y debido a una asociación de ideas tremendamente irreflexiva e infantil, se ha asociado la idea de España con Franco. Es comprensible que así haya sido, pues tras la Guerra Civil Española, la idea de España fue absorbida prácticamente por el régimen vencedor de la contienda, ideologizada y hegemonizada por él, al tiempo que el régimen hijo de aquel, el de la Transición y en el que actualmente vivimos, lo “desideologizó” en parte, sustituyendo el nacionalcatolicismo por el patriotismo constitucional a lo Jürgen Habermas. España pasó así, y gracias a los que pactaron la Transición (franquistas reconvertidos y opositores “reconvertidos”) de ser una “unidad de destino en lo universal” a ser una cosa que nació en 1978.
En el fondo, ambas ideas son la misma: dejando de lado lo absurda que es la idea de “unidad de destino en lo universal” de José Antonio Primo de Rivera (una cuchara, una hez fecal o un planeta también son “unidades de destino en lo universal” en tanto que reposan y se mueven en el espacio-tiempo), lo cierto es que la idea de una “España eterna” de esencial sociales anatómico-orgánicas y católicas, fue Madre de la idea de una España fruto del “consenso” ideológicos de los enemigos de ayer / hermanos de hoy. El patriotismo constitucional español habermasiano es hijo del esencialismo franquista.
Pero, ¿eso conlleva negar la idea de España, negar la existencia de España como nación e incluso buscar su destrucción porque se considera que es algo “facha”, de “derechas” o “antidemocrático”? En absoluto. Las izquierdas que nacen en la Transición y antes, en el tardofranquismo, con cómplices totales de esta situación, por no haber reclamado jamás el patriotismo español para sí cuando tenían más motivos que la “derecha” para hacerlo. España, como unidad política histórica, sí, nace con los Reyes Católicos, y la idea de conformar esa unidad nace, sí, con la Reconquista frente a la invasión islámica del Reino Visigótico. Pero España, como nación política en sentido contemporáneo heredado de la Gran Revolución Francesa, nace con la Guerra de Independencia de 1808-1814 y con la Constitución de Cádiz de 1812.
Mientras las izquierdas a nivel organizado no defiendan la unidad de España, la unidad de los trabajadores españoles en una misma sociedad política, los trabajadores seguirán votando a opciones políticas mayoritarias que garanticen, mal que bien, la unidad de España, como son el PP y el PSOE
Las izquierdas definidas españolas deberían reclamar esa herencia, pero no lo hacen porque asocian España, no a las Córtes de Cádiz, sino a Franco. Y, por extensión, asocian las Córtes de Cádiz, y toda la Historia de España anterior, con Franco. Así, Franco se convierte, no ya solo en la excusa ideológica de una clara muestra de pereza intelectual y mental que hace que se defiendan ideas separatistas por el mero hecho de ser antifranquistas (primero como si Franco todavía viviese, y segundo por asociar infantilmente que todo lo que no sea franquista o de “derechas” es lo mismo que uno, que es aliado e incluso amigo), sino sobre todo, en una figura histórica cuyos enemigos, sin saberlo, engrandecen cada vez más. No hay nada más lamentable que otorgar victorias a figuras del pasado una vez muertas hace tiempo. Y las izquierdas le otorgan victorias a Franco muerto hace ya cuarenta años, mientras sigan asociando la nación política española a su persona.
Algunos han intentado romper, desde las izquierdas, esta asociación, pero sin éxito. El último ejemplo es Pablo Iglesias, de Podemos, al hablar de patriotismo para asociarlo a un proyecto de cambio en España. Va por buen camino, pero no puede evitar arrastrar los dejes criticados en este artículo al apoyar el “derecho a decidir” de catalanes, vascos o andaluces, de balcanizar España mediante el voto. O lo que es lo mismo: la estupidez de Pablo Iglesias, y de personas dentro de Podemos, Izquierda Unida, el PSOE y otras organizaciones políticas, le lleva a pensar que otorgar un privilegio equivale a dar un derecho. Cuando se pretende que sobre la unidad de la nación española, que existe, no puedan decidir todos los españoles, sino solo aquellos censados en municipios de una región determinada donde hay una oligarquía política y económica determinada con poder para presionar a un Estado central que consiente y se beneficia de la existencia de esa oligarquía, se está más cerca de la derecha, incluso de la extrema derecha, que de las izquierdas.
Romper este tabú ese esencial para avanzar en positivo. Mientras las izquierdas a nivel organizado no defiendan la unidad de España, la igualdad de todos los españoles ante la Ley en Derechos y Deberes, la unidad de los trabajadores españoles en una misma sociedad política, y no se vea que todo separatismo es de derechas por el mero hecho de ser separatismo, estas izquierdas no progresarán en nada. Y por ello, los trabajadores seguirán votando a opciones políticas mayoritarias que garanticen, mal que bien, la unidad de España, como son el PP y el PSOE.
2) El tabú del europeísmo
Desde Ortega, se ha asumido que “España es el problema, y Europa es la solución“. Europa, un término geográfico que ha sido siempre hegemonizado por Alemania como “espacio vital” para construir su imperio depredador, bien sea por vía bismarckiana, bien por vía hitleriana, es la excusa ideológica para imponer esta hegemonía germánica sobre otros pueblos, siendo la Unión Europea su última expresión. Pero no nos engañemos. La idea de Europa no puede asociarse jamás a ninguna idea de progreso social o de “izquierdas”, por más que Lenin y Trotsky reclamaran unos “Estados Unidos de Europa” de corte socialista-comunista que jamás existieron, y que la propia dialéctica de Estados refutó históricamente, durante la Revolución Rusa, la Guerra Civil posterior, la invasión extranjera del nuevo Estado soviético, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Stalin se dio cuenta siempre de que Europa era el enemigo de la URSS, y de ahí su geopolítica expansiva y contención del enemigo europeísta antisoviético.
Europa nunca ha estado unida políticamente. Tampoco durante el Imperio Romano, Estado que no fue continental-europeo realmente, sino talasocrático organizado alrededor del Mediterráneo (Mare Nostrum) teniendo tierras en el norte de África y en Mesopotamia. Europeizar el Imperio Romano es algo que hizo el fascismo, y que hacen ahora, todavía, los burócratas de Bruselas, Estrasburgo y Berlín. ¿De qué se trata para ellos? De buscar antecedentes históricos, manipulándolos, para mostrar que Europa estuvo unida en el pasado. Otro ejemplo sería el Imperio Carolingio, el cual fue eminentemente “francés” y no “europeo” (como lo fue el Imperio Napoleónico) o el Sacro Imperio Romano Germánico, el cual nunca existió positivamente hablando, salvo como formalidad, siendo más bien una amalgama de Estados pequeños dominados por pequeños monarcas y señores feudales durante siglos, sin poder efectivo político real.
Europa siempre ha sido una biocenosis, una suerte de conjunto de organismos (los Estados europeos) que coexisten en un biotopo (el continente geográfico europeo, influido por la dialéctica de Estados extraeuropeos -China, Rusia, Estados Unidos de Norteamérica, etc.-) en clave de “selección natural”, esto es, supervivencia de los mejores adaptados al entorno tratando de imponerse sobre el resto de Estados. Así ha sido Europa siempre, y siempre será así. Solo el Tercer Reich, que entendió que la raza aria tenía su espacio vital más allá de Alemania, pues era “Europa” su lugar propio (entendieron Europa los nazis como concepto biológico ampliando su término a todos los lugares del Mundo donde hubiesen blancos arios), y los Estados Unidos, que entendieron que unificar comercialmente Europa expandiendo el Estado de bienestar generado gracias a la URSS a todas las naciones europeas podía contener el avance comunista soviético, pudieron “unificar” algo Europa.
Pero, tras el hundimiento de la URSS, la biocenosis resucitó. La guerra de Yugoslavia impulsada por la OTAN y, sobre todo, Alemania; la partición de Checoslovaquia, la expansión de la OTAN-UE (bases del futuro TTIP) hacia el Este, la firma del Tratado de Maastricht hasta el Tratado de Lisboa (y todos los que hay entre medias), evidencian que la “unidad de Europa” ha estado siempre dirigida por los enemigos de las clases obreras de cada nación europea. Pero siendo además imposible unificar a estas clases obreras europeas en una unidad política única, porque hay elementos históricos, antropológicos, culturales y políticos que lo hacen inviables (la lengua, la religión, los intereses geoestratégicos, etc.). Las unificaciones políticas efectivas solo pueden hacerse cuando estos elementos antropológicos, culturales y políticos son prácticamente los mismos entre Estados distintos. Es más fácil que se unifiquen las dos Coreas antes que lo haga Europa.
La cuestión es por qué las izquierdas españolas son europeístas todas. Más allá del internacionalismo proletario, lo que está claro es que son en el fondo orteguianas. Todos los partidos políticos españoles, de derechas y de izquierdas, españolistas y separatistas, son europeístas, siendo éste el tabú que más consenso tiene entre todos ellos. Sin dejar de defender el internacionalismo proletario y apoyando cualquier lucha justa en cualquier nación del Mundo, también en Europa, los trabajadores españoles no pueden esperar a que su soberanía y su unidad puedan defenderse en una histórica biocenosis. Y esto dicho sin perjuicio de apoyarse en China y Rusia para acometer retos geopolíticos importantes en este siglo. Ahora bien, ¿merece la pena que España pase de ser un territorio hegemonizado por Estados Unidos y Alemania a que lo sea por China y Rusia? Si Francia y Alemania han sido desde la Segunda Guerra Mundial unos peleles del Imperio Estadounidense, que puedan serlo de Moscú o Pekín no hace sino cambiar el hegemón que unifica “Europa” de Oeste a Este. Unificación que también sería precaria y bajo supervisión alemana. A este callejón sin salida nos lleva el patriotismo europeísta (con concesiones al separatismo al estilo Podemos o al estilo Jorge Verstrynge, muy cercano a Pablo Iglesias) de Manuel Monereo Pérez en su obra “Por Europa y contra el sistema euro” (2014), dándose cuenta Monereo de que hay un problema, pero aplicando viejas soluciones por inercia.
Tal y como dije en Asís, Italia, en el Encuentro organizado por “Sinistra contro’l Euro”, celebrado el pasado verano, hoy día ser antieuropeísta es como ser antifascista. Y de ahí la necesidad de romper este segundo tabú.
3) El tabú del Islam y el relativismo cultural
Ambos están relacionados. Más allá de la comprensión de la idea de cultura, de lo que se entiende por cultura y de lo necesario que es, para la Antropología o la Historia, el comprender las organizaciones institucionales de otras sociedades, el relativismo cultural ha tendido siempre a ecualizar, equiparar y, en ocasiones, a justificar cualquier expresión cultural ajena a aquella en la que estas disciplinas se han desarrollado. Es comprensible, pues la Antropología como disciplina surgió en un momento en que era necesario, no ya solo estudiar a los pueblos conquistados colonialmente, sino también para justificar su dominio y colonización. Esto, durante los procesos de descolonización, conllevó su “vuelta del revés”, pero no la destrucción de su esencia, sino ponerla a hacer el pino. Los pueblos colonizados, convertidos en Estados independientes, tenían ahora que permitir la comercialización de sus productos culturales, y la justificación institucional de los mismos era necesaria para su justificación como mercancías.
Una tienda de productos chamánicos en pleno corazón de una ciudad europea o norteamericana es el ejemplo más claro del liberalismo económico asociado a este relativismo cultural que, cuando tiende hacia la socialdemocracia y no choca con el conservadurismo cristiano que tiende a combatir este tipo de producciones culturales, se convierte en el mejor aliado del capitalismo y de su capacidad de transformar cualquier objeto en mercancía, por muy remoto que sea su origen. De ahí que el relativismo cultural se convierta en un enemigo declarado de las izquierdas definidas en general (si son coherentes) y del comunismo en particular.
La guerra de Yugoslavia impulsada por la OTAN, la partición de Checoslovaquia, la expansión de la OTAN-UE (bases del futuro TTIP) hacia el Este, el Tratado de Maastricht y el Tratado de Lisboa evidencian que la “unidad de Europa” ha estado siempre dirigida por los enemigos de las clases obreras de cada nación europea
El relativismo cultural aliado del liberalismo socialdemócrata abre puertas que pueden ser traspasadas incluso por enemigos declarados del capitalismo que, sin embargo, no pretenden sustituirlo por sociedades de corte leninista o socialista. Hablamos de configuraciones políticas y sociales anteriores en el tiempo histórico, seguidas por miles de millones de personas y que, auspiciadas por la protección geopolítica de Estados Unidos, el auge del petróleo como elemento esencial de funcionamiento del Orden Internacional y el apoyo que buena parte de sus elites dan a sus elementos más extremistas (grupos terroristas, yihadistas, wahabbitas, salafistas, etc., siempre sunníes por cierto) no son en absoluto aliados de la “lucha proletaria internacional” ni de las izquierdas. Sociedades donde los ateos, anarquistas y comunistas son asesinados y encarcelados por el mero hecho de serlo, al igual que los homosexuales, y donde las mujeres son consideradas como inferiores.
Me refiero al Islam, una religión que surge hacia el siglo VII d. C. en Arabia debido a la influencia sobre Mahoma, su fundador, del cristianismo nestoriano, el arrianismo y otras corrientes heréticas cristianas que negaban la divinidad de Jesucristo (el Islam nace en la periferia del Mundo cristiano medieval), y que actualmente siguen cerca de 1.300 millones de personas en todo el Mundo, incluida España.
La asociación de la idea de España con el franquismo y el nacionalcatolicismo conlleva, en muchos casos, aceptar el pack entero de estos tabúes, incluido el de asociar el cristianismo en general, y la Iglesia Católica en particular, con Franco. Sin negar la parte de verdad que esto pueda conllevar, tan absurdo es pensar que todos los católicos son fachas y potenciales pederastas a pensar que todos los musulmanes son potenciales terroristas y, también, potenciales pederastas. Pero de la misma manera que no se puede culpar a todos los católicos de la pederastia masiva en el seno de la Iglesia Católica aunque haya elementos preocupantes en ciertos códigos morales antiguos donde la condena moral y teológica de la misma nunca ha sido tan explícita como con otras prácticas, no se puede culpar a todos los musulmanes del terrorismo islámico y del yihadismo (el intento de convertir a toda la Humanidad al Islam, por la fuerza y la guerra si es necesario) aunque sí hay elementos en los propios fundamentos del Islam que llevan al yihadismo.
Pero, decía, la asociación de ideas España-Franco-catolicismo, conlleva en muchos casos la asociación de ideas Al Andalus-Islam-progreso social y democracia. En todos los casos en que esta asociación se defiende, al comentársele las atrocidades cometidas en el nombre del Islam y lo retrógrada que resulta esta religión nacida en la periferia del mundo cristiano medieval (lo vuelvo a señalar porque es importante), te espetan sobre la tolerancia de Al Ándalus (donde los judíos y los cristianos eran súbditos de segunda y pagaban importantes tributos al poder islámico) y recuerdan las atrocidades del cristianismo medieval, moderno y contemporáneo (cruzadas, inquisición, etc.). Y suelen ser, además, personas que defienden el laicismo al mismo tiempo que la tolerancia entre religiones. La plasmación última de esta estupidez ideológica la pudimos observar, a un nivel político de dimensiones internacionales, con la Alianza de Civilizaciones promovida por el liberal socialdemócrata José Luis Rodríguez Zapatero durante su legislatura, convirtiendo su PSOE en el adalid del relativismo cultural más naif y de salón.
La necesidad de ruptura de este tabú, el del relativismo cultural (que equipara una ablación de clítoris a una circuncisión masculina) y del Islam asociado a aquél (la segunda religión del Mundo en número de fieles que, por motivos demográficos, podría ser la primera en este siglo XXI), se fundamenta en lo siguiente: de la misma manera que los filósofos ilustrados, muchos cristianos y católicos, criticaron los fundamentos del cristianismo en los siglos XVI, XVIII y XIX, hasta la actualidad, es necesario criticar radicalmente, y hasta sus fundamentos más radicales, al Islam, porque en buena medida el futuro de las izquierdas dependerá de ello.
Por eso, hay que ir con machete y sin contemplaciones a triturar las raíces del Islam en sus textos fundamentales, sobre todo el Corán, el fundamento primero y último de toda la religión islámica. Y ello conllevará tener el mismo valor para hacer manifestaciones contra la matanza de niños, mujeres, homosexuales o disidentes políticos en naciones como Irán, Pakistán, Afganistán, Indonesia, Egipto, Turquía o Arabia Saudita (la madre del cordero, pues goza de protección imperial y en ella están La Meca y Medina, las ciudades más santas del Islam -las religiones no flotan en el aire, no son cosa divina-) que cuando ocurre lo mismo en Estados Unidos, Rusia, China u otros lugares.
4) El tabú del federalismo
Este tabú es más problemático de lo que en principio pueda parecer. Acríticamente y sin cuestionarlo en absoluto, se ha asumido que en España, ser de “izquierdas”, equivale a ser federalista, bien sea para “resolver el problema nacional”, bien sea para asegurar mejor la balcanización de la nación española. Todo parte en buena medida de la descomposición de la nación española de ambos hemisferios nacida en 1812 en Cádiz y de la reflexión posterior de Francisco Pi y Margall, presidente de la Primera República Española, en su obra “Las nacionalidades“. ¿De qué trata realmente el federalismo español? De transformar la tradicional anatomía antropológica y sociológica de la España ibérica e insular de estirpe católica, desconfiada del poder central del Estado, en una modalidad de nación soberana moderan basada en lo realizado en Italia, Alemania y, antes, en Estados Unidos y en las repúblicas hispanoamericanas independientes.
Pero, realmente, ¿qué es el federalismo y el confederalismo? Un Estado federal es una ficción jurídica, por el cual Estados o colonias previamente separadas e independientes se unifican, cediendo su soberanía a una Federación, o lo que es lo mismo, a un Estado centralizado de facto. Según el grado de competencias que tenga cada unidad del nuevo Estado antes separada, se hablará de federación o confederación. Pero para poder hacer un Estado federal (o confederal) primero sus partes tendrían que estar separadas para luego poder unirse. Siendo esto así, ¿tiene sentido pedir que España sea un Estado federal? No, pues España lleva unida (al menos su parte ibérica e insular) desde el siglo XVI; por lo tanto, es estúpido pretender desunir una nación unida desde entonces para, mediante el federalismo, mantenerla unida. Convertir a España en Estado federal, partiendo de una unidad previa, no sería entonces, además de una estupidez, un juego muy bonito para catedráticos de Derecho Constitucional. No tienen más que sentarse en un despacho, aprobar un documento que diga que España es un Estado federal, y ya está. En esa línea, lamentablemente, están Izquierda Unida, Podemos y el PSOE.
Además, la tradición comunista siempre ha reclamado un modelo único de Estado: la República Única e Indivisible, la cual siempre defendieron Marx, Engels y Lenin (en El Estado y la Revolución), mostrando así al comunismo como heredero y superador del jacobinismo de la Gran Revolución Francesa, pues solo el centralismo unitario puede permitir convertir al Estado conquistado por los trabajadores y su vanguardia en sujeto revolucionario a escala internacional, universal. Algunos dirán que la URSS fue un Estado federal que permitió la separación de sus partes. Pero esas partes solo podían separarse votándolo todos los ciudadanos soviéticos, y en 1991 todas las repúblicas soviéticas votaron en un referéndum por la continuidad de la URSS y de su unidad, aunque en agosto de ese año la sección rusa del PCUS se cargó dicha unidad, sencillamente porque ya no era comunista. Pero lo que está claro es que sin ese federalismo (quizás entendido desde la URSS debido a la inmensa extensión del país, asegurando su unidad en todo caso mediante la fuerza militar y armamentística) y sin esas concesiones al neofeudalismo secesionista, la URSS no habría desaparecido.
El modelo que más le conviene a España, y este no sería incompatible con el bilingüismo legal en diversas regiones, es el la República Unitaria Presidencialista y Unicameral. La Monarquía sobra, la Constitución de 1978 sobra, las Autonomías sobran y el Senado sobra.
5) El tabú animalista
Otro tabú difícil de entender y, al tiempo, de explicar. Desde hace algún tiempo se ha asumido por parte de algunas personas de izquierdas que el defender los derechos de los animales es de “izquierdas” y que es algo progresista, explicando esta lucha entre otras razones por motivos “humanitarios” o porque antes las mujeres, los esclavos, los pueblos colonizados o los seres de otras razas no tenían derechos y ahora sí los tienen.
03_02_TabusSalvo que se trate de un psicópata, nadie en su sano juicio torturaría jamás a un animal. Y, además, ninguna sociedad política permitiría por ley el maltrato hacia otros seres vivos animales o vegetales. Y es cierto que una persona que suele tratar bien a los animales tratará bien a las personas, pero es igual de cierto que quien trata a los animales como personas acabará por tratar a las personas como animales. Un Estado puede otorgar derechos a animales, a vegetales e incluso a entidades arracionales como las piedras. Pero los derechos también han de poder ejercerse, y ni las piedras, ni los vegetales, ni los animales (tampoco los que pretende proteger el Proyecto Gran Simio -bonobos, orangutanes, chimpancés y gorilas-) pueden ejercer derechos porque, para hacerlo, hay que cumplir derechos. Pueden y deben haber leyes de protección de la biosfera, en tanto que nosotros pertenecemos a ella, pero la biosfera no puede tener prioridad sobre aquellos que podemos hacer uso de ella para sobrevivir y, sí, para protegerla.
Equiparar un ser humano, sea niño, mujer, esclavo, indio o negro, a un animal para otorgar a este último derechos, ¿no comporta en cierto sentido considerar a los niños, mujeres, esclavos, indios o negros como animales, como inferiores a los varones blancos mayores de edad? ¿Acaso el Proyecto Gran Simio no tiene un claro componente colonialista racista -que enlaza el animalismo con el relativismo cultural-, en tanto que vuelve a conformar una pirámide biopolítica en la especie humana acercando a los negros africanos a los chimpancés? El animalismo no es de izquierdas ni de derechas, es simplemente una ideología que, basándose en la racionalidad de proteger la naturaleza biológica no humana (los animales son racionales aunque no al nivel humano, no tienen instituciones en la inmensa mayoría de los casos, y nunca como nosotros), resulta ser irracional.
Aparte, la Humanidad siempre comerá carne, y la necesidad de comer carne conlleva la necesidad de matar animales para comerlos. Otro asunto distinto es matar indiscriminadamente e innecesariamente, torturarles previamente o abusar de ellos para realizar todo tipo de experimentos científicos, rituales religiosos o depravaciones sexuales, todo ello entrando en lo punitivo. Pero nunca la vida de un animal puede estar a igual nivel, y menos a superior nivel, que la vida de un ser humano. Al no haber verdadera disyunción entre naturaleza y cultura, los esclavos, las mujeres y los humanos de pueblos colonizados pudieron finalmente ejercer sus derechos y sus deberes, pero los animales nunca lo harán.
La ética, la moral y la política solo se pueden ejercer con los iguales a uno, y la frontera no es el “sufrimiento” o la “capacidad de tener dolor” (cosa que acerca el animalismo al utilitarismo benthamiano vía Peter Singer y, con ello, a las teorías margiutilitaristas neoclásicas y austriacas, es decir, al liberalismo). Y sobre los seres vivos de la biosfera lo que hay que ejercer es el buen trato, el no abusar de su existencia para más allá de la subsistencia de la biosfera misma y la mejora de nuestras vidas.
Además, la asociación del tabú del animalismo con el tabú de la idea de España conlleva que se llamen “fachas” a muchas personas de izquierdas que les gustan las corridas de toros. Pueden no gustarme las corridas de toros (y son realmente tortura animal, aunque también son cultura; la silla eléctrica es cultura, y muy refinada), pero su existencia no tiene nada que ver, ni influye en absoluto, con la lucha por los derechos sociales y laborales de los trabajadores que viven en España, también extranjeros residentes e ilegales, ni habría por qué expulsar de un partido de izquierdas a militantes que les gusten las corridas.
Es más, y aquí seré muy incorrecto políticamente hablando: ¿qué clase de revolución política vamos a realizar si somos incapaces siquiera de “matar a un perro”? Lo digo por el pobre Excalibur, sacrificado durante la crisis del ébola en España.
6) El tabú de la “unidad de la izquierda”
Izquierda Unida fue un proyecto político de “agregación de demandas populares” para convertirlas en programa político mediante, también, de la agregación institucional de fuerzas de la llamada “izquierda”. Nació en el contexto de la batalla contra la entrada definitiva de España en la OTAN. Pero esa fue una lucha perdida de antemano, como todas aquellas en que se ha pedido la “unidad de la izquierda”. España ya estaba camino de la OTAN desde el mismo momento en que acabó la Segunda Guerra Mundial y estaba clara la influencia estadounidense sobre Europa occidental.
La idea de “unidad de la izquierda” tiene un sentido estratégico político claro: aglutinar fuerzas para la toma del poder. Y esta estrategia es deudora de los frentes populares del siglo XX conformados contra el avance del fascismo en varias naciones europeas. Pero, ¿cómo acabaron todos los frentes populares? En España no impidió la victoria de Franco, y en Francia Hitler entró victorioso en París y pudo dividir la nación en dos, por no hablar de cómo el fascismo se hizo con el poder en toda Europa salvo en el Reino Unido y la URSS mostrando el absoluto fracaso de la estrategia de los frentes populares europeos. Además, Izquierda Unida, como forma contemporánea de intento de Frente Popular, ha demostrado su inutilidad para la toma del poder, ya que la “unidad de la izquierda” es imposible mientras exista el Partido Socialista Obrero Español. Y ahora será imposible con un nuevo actor, Podemos, en el tablero de juego político.
La “izquierda” no puede unirse porque no hay tal “izquierda”. Hay “izquierdas”, definidas e indefinidas, que entre sí son incompatibles y que solo se pueden “unir” coyunturalmente frente a un tercero (pudiéndose unir coyunturalmente también frente a un tercero izquierdas y derecha). Jacobinos, liberales, anarquistas, socialdemócratas, comunistas, maoístas y populistas no pueden unirse jamás para elaborar un proyecto político común, y lo único que puede ocurrir es que un socialdemócrata pueda volverse comunista, o que un comunista se vuelva liberal, o que un populista se vuelva socialdemócrata, entre otras varias combinaciones y conversiones, y que una ideología hegemónica sobre otras posibilite esas conversiones en “masa”.
Lo que ha funcionado, lo único que ha funcionado, es que una vanguardia profesionalizada de militantes disciplinados tenga una agenda propia de cambio político construyéndola hasta la victoria, se tarde el tiempo que se tarde. Una vanguardia que solo la pudo entender Lenin, y que si se desconecta de la idea de hegemonía de Gramsci, al camarada italiano se le convierte en un mero publicista, en un Risto Mejide. Y eso es lo que necesita España. Por eso, la ruptura del tabú de la “unidad de la izquierda” requiere romper con el tradicional menchevismo del comunismo español y hacerlo bolchevique, no importando si se está en “minoría orgánica”, queriendo ser mayoría siempre.
Quizás haya que empezar a decirlo: el tabú de la “unidad de la izquierda” requiere de la reconstrucción del Partido Comunista de España. Y para reconstruir el Partido Comunista de España quizás haya que destruir Izquierda Unida.
7) El tabú de Iberoamérica
El último tabú es el más “desconocido”, pero no deja quizás de ser el más importante, pues está muy relacionado con todos los demás. Directamente relacionado con el tabú de España y con el del europeísmo, el tabú de Iberoamérica, o del iberoamericanismo asociaría cualquier idea de acercamiento o unidad de España (y Portugal) con Iberoamérica como un intento de recuperar el fenecido Imperio Español (también asociado a la “derecha”, a “Franco”, a “lo peor”), pensando el iberoamericanismo (la Hispanidad) como el atraso, y el europeísmo (sea en su vertiente progermánica, profrancófona o prorrusa) como el progreso.
Lo que no tienen en cuenta aquellos que defienden este tabú es que si se defienden unidades geopolíticas progresivas y progresistas que puedan plantar cara al liberalismo hegemónico a nivel universal (que enarbolará en breve el campo de la TTIP), esas unidades solo pueden realizarse si se comparte una lengua, unas instituciones antropológicas determinadas (tradiciones y costumbres) e incluso una religión, también un pasado político común, una evolución política histórica pareja y una situación geoestratégica privilegiada para ello.
Romper el tabú de Iberoamérica, asociando su idea a revolución, a unidad, a clases obreras y a socialismo, permite romper el tabú del europeísmo y el de la idea de España
A esto hay que sumar que las verdaderas unidades geopolíticas que han sido hegemónicas a escala universal histórica han sido talasocracias, esto es, superpotencias marítimas, más que telurocracias, superpotencias terrestres. El Imperio Romano, el Islam, el Imperio Portugués, el Imperio Holandés, el Imperio Español, el Imperio Británico y el Imperio Estadounidense fueron talasocracias. El Imperio Persa, el Imperio Macedonio, el Imperio Mongol, el Imperio Ruso, el Imperio Napoleónico, el Tercer Reich y la Unión Soviética fueron telurocracias. Los BRICS tienen una base telurocrática evidente por China y Rusia, mientras que el TTIP la tiene talasocrática, por su presencia en dos océanos, Atlántico y Pacífico. Y los océanos también son tierra de interés geoestratégico, siempre lo han sido, pero ahora con la capacidad de ser explotados económicamente como en ninguna época del pasado se había hecho gracias al avance impresionante de las ciencias y las tecnologías (factor esencial para tener hegemonía el Mundo).
Y la inestabilidad política de la media luna geopolítica que va de Europa del Este al sudeste asiático pasando por Oriente Próximo y la India, juega en favor del Imperio Estadounidense más que de China y Rusia, teniendo Moscú a su favor sus recursos naturales, su extensión y su poder militar, y China su poder económico y su población, además del ejército más numeroso del Mundo. Pero Estados Unidos sigue teniendo el dominio del cambio monetario mundial, la más alta tecnología, la fuerza cultural y de comunicación a través de medios y un poderosísimo ejército, además de fieles aliados que asumen el inglés casi como segunda lengua.
A este respecto, apoyarse en los BRICS para atacar al TTIP desde dentro del campo del TTIP es comprensible y razonable, pero condenado al fracaso si se queda uno en ser mero comparsa de los BRICS, aunque España por su cuenta no pueda afrontar sola este desafío. Únicamente si orienta su política hacia sus hermanos y aliados naturales en Iberoamérica, podría hacerse. La nación más peligrosa del Mundo para los intereses estadounidenses es México, y de ahí la necesidad del Imperio Realmente Existente de que México no salga jamás de su situación geopolítica y social de sumisión y servidumbre, además de su inestabilidad social. Pero la necesaria alianza entre las fuerzas revolucionarias mexicanas con las españolas, que vaya más allá del mero internacionalismo proletario, sería un golpe mucho más certero contra los Estados Unidos que lo que pueda hacer cualquier grupo yihadista o cualquier acuerdo entre Moscú y Pekín.
La situación geoestratégica de España es importantísima, y en Washington lo saben. Pero solo falta capacidad y voluntad para romper el tabú de pensar que una Alianza Socialista Iberoamericana, desde California hasta Tierra de Fuego, desde Menorca hasta Manila, sea recuperar una idea de Franco. No, es algo más grande y mejor: es aprovechar los restos de un Imperio fenecido para levantar una superpotencia progresiva de impacto universal.
Romper el tabú de Iberoamérica, asociando su idea a revolución, a unidad, a clases obreras y a socialismo, permite romper el tabú del europeísmo y el de la idea de España. La ruptura de todos estos tabúes, en definitiva, es esencial para poder avanzar mucho más de lo que se ha hecho ya (y no se desdeña nada de lo ya realizado) hacia una verdadera revolución política, que no puede ser más que aquella que tenga impacto real a escala universal.
Publicado en Crónica Popular

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