domingo, 23 de junio de 2013

El fantasma de la extrema derecha recorre Europa

Mercedes Arancibia

El asesinato del joven libertario francés Clément Méric, ocurrido el 5 de junio de 2013 a plena luz del día en una calle comercial del centro de París, se produjo en el contexto de la creciente oleada de protestas ultraconservadoras contra la aprobación parlamentaria del “matrimonio para todos”, que ha permitido a la extrema derecha francesa dar rienda suelta a sus instintos más bajos.
A Clément le dejó con muerte cerebral, en una acera del distrito X, alguno de los miembros del nauseabundo y poco organizado grupúsculo conocido como Tercera Vía, cercano al movimiento racista, neonazi y anti todo Juventud Nacionalista Revolucionaria que, como él,  alardea de la parafernalia habitual: cabeza rapada, camisa y pantalón negro y “armas disuasorias” del tipo puños con púas, lunchakos, navajas de grandes dimensiones y otros juguetitos igual de contundentes (todo supuestamente, no vayan a ser que sepan leer).
En la estela de movimientos ultras que ya están suficientemente asentados en diversos países europeos –Amanecer Dorado en Grecia, NPD en Alemania, Alleanza Nazionale (antiguo MSI) italiana, Fremskrittspartiet o Partido del Progreso en Noruega, PVV, abreviatura del Partido de la Libertad holandés y el autóctono Front National de Jean-Marie Le Penn, fundador de una saga que prosigue en la figura de su hija Marine, eurodiputada que hoy lidera el partido, y su nieta  Marion Marechal-Le Penn, diputada en la Asamblea Nacional – aunque sin ninguna consolidación en la sociedad francesa, son  grupos muy minoritarios que aparecen casi de la nada para hacer demostraciones de fuerza. O, como en este caso, asesinar a un joven cuya única militancia era en el sindicato de estudiantes, aunque se conocía su simpatía por “la izquierda de la izquierda” y al que habían grabado los informativos, con media cara cubierta por un pañuelo rojo, sujetando la pancarta en una de las manifestaciones a favor del proyecto de ley del “matrimonio para todos”.
Clément tenía 18 años y nadie tiene derecho a morir a esa edad. Era estudiante de primer año del Instituto de Ciencias Políticas, una de las “grandes escuelas” de la educación francesa, de la que salen tradicionalmente la mayoría de los políticos profesionales del país, militaba en el sindicato de transformación social Solidaires Etudiants, (cuando estaba en preparatoria fue activista en la CNT, Confederación Nacional del Trabajo), y era miembro del grupo Acción Antifascista Paris-Banlieue. También había tomado parte en las reivindicaciones del movimiento Act Up en contra de la homofobia imperante en los últimos meses en Francia.
El asesinato de Clément Méric ha hecho sonar la alarma en media Europa que vuelve a preguntarse de qué fuentes beben estos movimientos ultraderechistas  formados por personas relativamente jóvenes, la mayoría de las cuales no vivieron la Segunda Guerra mundial, han crecido en democracia y han tenido casi todas las oportunidades en las pasadas décadas de bonanza y, sin embargo, como la oveja o el garbanzo negros, han salido nostálgicos de los caudillos autoritarios que no conocieron, racistas, xenófobos, homófobos, profundamente euroescépticos y nacionalistas radicales, y se sienten como pez en el agua en los discursos populistas “que ofrecen soluciones simples y contundentes para problemas de convivencia, con frecuencia negadoras de los derechos humanos más elementales”.
Lo que une a los grupos de la extrema derecha
Desde hace algunos años, asistimos en gran parte de Europa, y en un clima “de crisis económica, social e incluso de identidad,” escribe Pierre Haski en el digital francés de izquierda Rue 89, “al inquietante aumento de poder de una franja de la extrema derecha radicalizada, que prospera al lado de partidos populistas o está anclada en la extrema derecha más antigua, como el Front National de la familia Le Penn…Lo que une a esos grupos  absurdos es sobre todo una hostilidad hacia el Islam, percibido como una amenaza a la identidad europea –blanca y cristiana-, debilitada por la crisis”.
Hace ya un tiempo, la Unión Democrática del Centro (UDC), partido populista suizo, utilizó la vena xenófoba con un poster en el que unos corderos blancos expulsaban de su prado a otros corderos negros. La UDC ocupa hoy un cuarto de los escaños en el Consjeo Nacional Suizo. El Partido del Progreso noruego obtuvo el 22% de votos en las elecciones de 2009, y allí militó durante varios años Anders Breivik, el autor de la masacre de la isla de Utoya. Una mayoría de estados europeos, de dentro y fuera de la UE, tienen ahora un componente de extrema derecha en sus representaciones nacionales o locales.
Solo cuando ocurren sucesos como el asesinato de Clément Méric, los políticos encuentran motivos para, más allá de repudiarlos, intentar “apoderarse” de  la situación, acomodarla a sus propios objetivos programáticos: de derecha o de izquierda todos, sin fisuras, abominan de los “grupos violentos” sin pararse a pensar ni un segundo en las condiciones sociales, propiciadas por sus leyes, ajustes, recortes, involuciones  e injusticias, que permiten a los fascismos volver  a asomar el rostro tanto tiempo semi-oculto. “Nadie denuncia la destrucción de la decencia moral por el liberalismo, la inseguridad social creada por el capitalismo, la crisis sistémica generada por las grandes finanzas que ha hecho la cama al renacimiento de los nacionalismos”.
¿A qué viene tanta divagación? En su reciente libro “De la crisis a la revolución democrática”, Maonolo Monereo apunta, entre las condiciones ineludibles para que seamos capaces de dar el salto que anuncia el título, la necesidad de (cito de memoria) “impedir que la extrema derecha se desmande”. Lo pienso mientras veo los carteles con svástica incluida que han empezado a aparecer pegados en las fachadas de mi barrio madrileño.

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