jueves, 7 de septiembre de 2017

SER DE IZQUIERDAS EN TIEMPOS DE MILLENIALS

Supongo que solo soy un patético coletazo de lo que Labordeta definió como la izquierda depresiva española. Parafraseando a Cánovas, soy de izquierdas (y manchego) porque no puedo ser otra cosa. Para mí no se trata de la adhesión a un partido político o a una doctrina ideológica concreta. Ser de izquierdas es una actitud ante la vida, que nace intuitivamente y, si se riega, se desarrolla con el tiempo. Una necesidad moral de contribuir, en la medida de lo posible, a que todo ser humano tenga derecho a un planeta habitable, un trabajo digno, una sanidad pública y de calidad, una educación pública y de calidad, una vivienda…, y, por supuesto, a la paz y a la libertad. ¿Les parece esto raro o pervertido?
Nací en tiempos en los que uno se definía de izquierdas con aplomo, sin rastro de sonrojo. Como una cosa lleva a la otra, con los años y el conocimiento me fui enredando con movimientos que enriquecían mi enfoque marxista de la sociedad: ecologistas, pacifistas, feministas o en defensa de la diversidad sexual. Todos ellos son valores que cualquier persona civilizada, excepto la derecha más recalcitrante o los cuñados, puede compartir de manera transversal al margen de su filiación política. Personalmente no necesitaba una etiqueta que me definiera como pacifista, ecologista o feminista. Era más una cuestión de tripas, o quizás de cerebro. Pero parecía que todo el mundo, a diestra y siniestra, tenía la necesidad de etiquetarme. Ya saben: Dime niño de quién eres…
Los de derechas, incluida buena parte de mi familia, me llamaron rojo y bolchevique desde la más tierna infancia. Me costó entender que lo de rojo no tenía relación con el color, que dejó de existir en tiempos de Franco y fue sustituido por el encarnado o morado…, y que lo de bolchevique no era un epíteto cariñoso como luego entendí. Y cuando los años me llevaron a militar en distintas formaciones de izquierdas también despertaba recelos por mi escaso seguidismo a los líderes, o que no me adscribiera a alguna de las múltiples facciones judeo-palestinas. ¡Qué muermazo! ¡Y qué pérdida de energía que podría condensarse en transformar las necesidades más perentorias de la sociedad!
Pese a que ya pinto canas y los achaques me visitan con más frecuencia de la deseada, me sigue ocurriendo lo mismo de siempre. Cuando me da por juntar letras sacando lo que llevo dentro, como ahora, recibo toda clase de insultos e improperios, muchos de ellos proceden de presuntos izquierdistas.
Los asumo como gajes del oficio. Pero hay ideas locas y obsesivas, precisamente, por esa necesidad de etiquetarlo todo. Para los de derechas sigo siendo un filoetarra comunista amigo de Kim-Jong-Un y de Maduro. Les importa un pepino lo que yo opine al respecto. Y muchos comunistas de salón me acusan de tener un enfoque demasiado liberal de la vida, o de ser demasiado proclive al pacto y muy dado al hedonismo.
Puede ser. Pero soy consciente de que habito en el siglo XXI y considero absurdo caer en los estereotipos de que para ser de izquierdas hay que hacer voto de pobreza, renunciar a la propiedad privada y vestirse con uniforme maoísta. Si alguien gana dinero trabajando honradamente, paga sus impuestos y no explota al prójimo me parece lícito que se compre una casa y que se vaya de vacaciones a Nueva Zelanda. Eso sí, sin que el planeta donde habitamos todos corra riesgos por agotamiento de recursos. En eso soy bastante tajante.
Ser de izquierdas no es tarea fácil. Sobre todo cuando no cumples con los requisitos, casi de ascética santidad, que te exigen a uno y a otro lado. En Castilla La Mancha, la izquierda pura y tradicionalista anda ocupada en autoproclamarse oposición a la izquierda emergente que ha empezado a cogobernar con el PSOE para que las políticas de choque en favor de los colectivos olvidados por la recuperación económica se hagan realidad en lo que queda de legislatura. Oposición con un 2% de intención de voto, pero oposición… ¿A qué? A todo lo que no proceda de sus privilegiadas mentes. Lo peor es que ni siquiera se dan cuenta de que huelen a ‘naftalina’.
Son la contradicción personificada y lo son más por incapacidad intelectual que por intención. Dinamitaron toda opción de convergencia local y regional con torpes maniobras y comunicados filtrados. Condenaron a los ganemos locales y terminaron comprando la marca electoral para después concurrir electoralmente con ella. Ellos, la santa oposición al acuerdo PSOE-Podemos, cogobiernan con el PSOE en distintos ayuntamientos, han facilitado mayorías en diputaciones provinciales y, en el mayor de los esperpentos, andan negociando con PP y Ciudadanos presentar una moción de censura contra el PSOE en el Ayuntamiento de Puertollano. ¿Oposición?
Si queremos evolucionar debemos dejar de atrincherarnos en absurdos purismos. Vivimos el mundo que vivimos y nos urge afrontar, desnudos de atávicos prejuicios, algunos temas urgentes. De momento, lo veo un poco crudo, pero sé que finalmente llegará y que las rémoras que representan los egoísmos personales serán superadas por la cordura.

Plumaroja

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