sábado, 2 de mayo de 2015

Y SI ALLENDE HUBIERA.....

Salvador Allende es en la actualidad una figura respetada, señera, tratada con respeto por todos, incluso de quienes lo denostaron y se mostraron de acuerdo con el golpe de Estado chileno de septiembre de 1973 que acabó con su vida. La única razón es que está muerto, que ya no puede pronunciar aquellos discursos memorables, con su voz poderosa, la construcción impecable de los razonamientos, la capacidad de transmitir voluntad y convicción. Tampoco puede ya proponer y aplicar medidas de gobierno que pretendían devolver la dignidad a su pueblo, recuperar para bien de la ciudadanía de su país los recursos naturales y arbitrar soluciones para que la sanidad, la educación y la cultura fueran públicas y universales. Su muerte no acabó con la legitimidad de sus postulados, pero su voz y su temple desaparecieron para siempre.

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La derecha de pensamiento y acción, con independencia de las siglas a las que se vincule, prefiere hacer iconos tolerables, si es posible de consumo o de uso turístico, de los viejos luchadores que se dejaron la vida, de los combatientes acendrados que tuvieron convicciones y pelearon por ellas. Prefiere el olvido, por supuesto, asegurar que sus ideas están obsoletas, pero tampoco tienen reparo en dedicarle alabanzas cuando conviene, no dudando en ratificar sus convicciones democráticas.
El caso de Allende es particularmente deplorable porque muchos de los que ahora aluden a su condición democrática, deseaban que el golpe se produjera con la mayor premura y que se le hiciera desaparecer. Y si no ellos, sus mentores. Basta recordar aquella primera plana del ABC el día siguiente del golpe, en el que se veía a dos militares descendiendo de un jeep y debajo un titular elocuente: “Justo a tiempo”. Se dirá que eran tiempos de dictadura y algo tan sucio y repugnante era posible. Vana ilusión: en abril de 2002, el diario El País incluyó un editorial en apoyo del golpe de Estado contra el presidente constitucional de Venezuela Hugo Chávez, que alcanzó cotas inusitadas de cinismo y perversión moral que dejan en un chiste la portada del ABC.
Encontrándome en Santiago de Chile, un buen amigo cuyo nombre prefiero no desvelar me contó una historia fascinante. Un tío suyo, almirante de la Armada en situación de retiro que pertenecía a la misma logia que Allende, era su amigo personal. Los rumores de que se preparaba un golpe militar contra el gobierno constitucional, llegaron como es lógico al Presidente y éste pidió a su amigo que hiciera una indagación discreta entre sus compañeros navales para detectar cuál era la opinión. El almirante visitó diferentes establecimientos de la marina y habló con mandos diversos del más alto nivel. Su conclusión fue, y así se lo transmitió a Allende, que en la marina no había problemas y que la mayoría estaba a favor del gobierno.
El presidente constitucional sólo adoptó una medida que se sepa: adelantar la fecha de un referéndum que calibrara el apoyo de la ciudadanía a su gobierno. Ante el anuncio, el golpe se adelantó. Era necesario impedir que se votara. Todo se había urdido con cuidado por parte del Departamento de Estado de los USA, con Kissinger a la cabeza, la CIA, grupos fascistas locales, organizaciones gremiales pagadas con dinero estadounidense e incluso algunos democristianos que creyeron poder erigirse en aprendices de brujo de aquel desmán. Hoy ya no se trata de una especulación sino de algo documentado por la desclasificación de documentos que así lo atestiguan.
En el proceso de deterioro de la situación se había seguido una pauta conocida, que ya se utilizó antes y también después, hasta ahora mismo. Fue la diseminación de violencia terrorista, como el asesinato del general Schneider, y promover el desabastecimiento. Esto último se hizo de forma progresiva y deliberada. La huelga de camioneros, que en un país con la geografía de Chile era letal, a los que se pagó con recursos aportados por la CIA, creó una situación difícil. Comenzaron a faltar cosas, el papel higiénico también, como no. Salieron las plañideras de los barrios ricos de Santiago a hacer ruido con cacerolas y sartenes. El plan funcionaba para los intereses de los golpistas nacionales y sus jefes estadounidenses.
Parece evidente que la falta de papel higiénico impulsa a ciertos ciudadanos a desdeñar los procesos electorales y preferir el golpe de Estado. No me preocupa que su conciencia se sitúe en los parámetros del ano, sino en que sean incólumes a interrogarse sobre las causas de esas u otras carencias. En Chile, una parte de las comunidades del Santiago prepotente, pijo y reaccionario, desde los dinosaurios de la economía hasta los chicos y chicas de la universidad Católica, le dieron el gusto a la cacerola para crear el clima necesario para que unos milicos soeces vinieran a imponer su orden.
Y así las cosas, si Allende hubiera pedido a las fuerzas de seguridad leales y a la judicatura que procediera contra la cúpula golpista, caso de que hubiera tenido seguridad plena de lo que se tramaba, que detuviera y juzgara a la cúpula de la conspiración, ¿qué hubiera sucedido? Nuestro querido pueblo de Chile se hubiera ahorrado una masacre, torturas, encarcelamientos, exilio y miseria, la dictadura en fin. Dictadura a la que no hicieron ascos los Estados Unidos, que en pocas semanas vieron reprivatizado el cobre, ni a la señora Thatcher, tan liberal ella que Pinochet le parecía un amigo y un seguro. Y sobre todo el presidente constitucional y legítimo hubiera seguido con vida, que no es poco.
¿Y qué hubieran dicho entonces los políticos de la derecha, sean las que sean las siglas, los medios serviles al imperio y las gentes del orden bárbaro? Hubieran calificado a Allende de dictador y hubieran lanzado mil infamias sobre su persona. Sí, lo sé, se trata no sólo de una cuestión política sino también moral. Pero Allende hubiera seguido con vida y la marcha de Chile hacia la justicia, posiblemente viva también.
Las historias se repiten desde hace tiempo, siempre con las mismas pautas y parecido argumentario. El embajador de Estados Unidos en España en 1936 Claude G. Bowers, describía la situación en su libro Misión en España, como de completa normalidad y daba ejemplos. La prensa de derechas y uno de sus jefes, José Calvo Sotelo, afirmaba que era un caos y un desgobierno. Aunque la conspiración contra la República se había iniciado en mayo de 1931, los militares golpistas pusieron el desorden como excusa para su golpe de Estado. Ha pasado lo mismo en otras ocasiones y lugares, cuando no la abierta intervención extranjera, tanto conspirativa como militar. La desinformación y el falseamiento de la situación en otros países se utilizan a su vez como justificación de injerencias externas que son incompatibles con el respeto entre las naciones.
Algunos diputados y medios de comunicación, los tertulianos polvorientos y el público que cree a pies juntillas lo que le dicen, deberían ser más cautelosos a la hora de adoptar ciertas actitudes. ¿Qué pensarían ellos si se dijera fuera de España, que los detenidos por la presunción de delitos económicos son presos políticos? ¿Qué dirían si un dirigente de un partido minoritario mandara tomar la calle para provocar desmanes y no abandonarla hasta que el gobierno saliera, despreciando la Constitución y los procesos electorales? Habría que oír como ahuecaban la voz para dizque preservar la democracia. Pues de todo esto sobran ejemplos hoy día y entre nosotros, no es difícil deducirlos.
Quienes defendieron y acunaron a ser tan zafio y perverso como Pinochet, la señora Thatcher sin ir más lejos, pretendían erigirse a la par en demócratas inmaculados. Alguna imitadora de la británica aquí, considera sin embargo que si gana las elecciones cierta izquierda, ya no habrá más elecciones. No existe ninguna razón para tamaño dislate, tan sólo los efluvios patógenos de su populismo desaforado y una convicción pertinaz que mantienen implícitamente ciertos personajes y quienes les siguen: La democracia y las elecciones sólo convienen y son justas si las ganan ellos. En caso contrario hay que combatirla, simplemente porque han ganado los otros y pueden cambiar las cosas y acabar con su impunidad en el expolio. Entonces, si pueden, comienza a faltar el papel higiénico.

Juan Antonio Hormigón. Director de teatro, catedrático y Director de ADE

Publicado en Crónica Popular

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