viernes, 31 de mayo de 2013

EL APAGÓN

Poco a poco se fueron apagando las lucecitas de la ciudad hasta alcanzar la oscuridad total. Primero fueron bombillas secundarias que alumbraban en los barrios de la periferia y aquello pareció importar solo a los afectados. El resto de los ciudadanos siguieron a lo suyo, pensaron que bastante gordos eran sus problemas como para ocuparse de nimiedades. ¡Que les importaba a ellos que se apagaran unas bombillas que nunca utilizaron! De hecho, en la mayoría de los casos, ni siquiera sabían de su existencia.
El segundo apagón fue más visible. Buena parte de la ciudad lucia a medio gas y gran parte de la población tenía ya problemas de iluminación. El futuro empezaba a pintarse más negro cada día y por las cabezas bullían reflexiones sobre si no se habían equivocado al no oponerse a los primeros apagones parciales. Ahora, ellos, se encontraban tan solos en su problema como se encontraron antes los primeros afectados.
Anoche, la oscuridad era casi total. Apenas unos centenares de viviendas permanecían iluminadas, la mayoría localizadas en el centro y el único de los barrios considerados vips, donde, por cierto, se había comprado casa la primera autoridad local. Desde el espacio, la antaño luminosa ciudad había pasado a ser un puntito más en el mapa. No mayor que el de cualquiera de los pueblecitos cercanos.
La desorientación y la falta de luz habían tenido un efecto sorprendente entre los afectados. Lejos de movilizarse unidos contra los apagones parciales, había crecido el individualismo y la sospecha hacia el vecino; cada uno se había encerrado en su problema y crecían como reguero de pólvora las soflamas ultraderechistas que reclamaban apoyo para los “nativos” y la expulsión de los “extraños”. Todos miraron hacia la casa consistorial esperando que desde allí se iluminara el camino para recuperar lo perdido. No encontraron respuesta.
Y es que el otrora Gran Timonel, que se jactaba antaño de que en su ciudad no se ponía el sol y la bautizó pomposamente como la Ciudad Internacional de la Energía, rumiaba amargamente el propio fracaso. Ahora era consciente de haber tirado por la borda el enorme capital que amasó con la cercanía y el respeto de sus vecinos…, y que se equivocó al cambiarlos por amistades de un día. ¿Cómo fue tan torpe y no se dio cuenta antes de que esas amistades solo perseguían el propio interés? ¿Cómo pudo cometer tantos errores?
El cariño con que era recibido en todas partes se había tornado hostilidad y recelo, cuando no odio e intentos de agresión verbales y físicos. Pero esto no le hizo cambiar sino radicalizarse en su ceguera. Nadie entre su cohorte de asesores se atrevió a advertirle de los errores cometidos. Si alguno osaba cuestionar su infalibilidad era cesado de inmediato. Ninguno tenía el valor ni la capacidad para cuestionar sus decisiones porque ya se había cuidado de que nadie fuera más “listo” que él. ¡Cuando el destino te ha señalado para ser Gran Timonel nada puede haber que enturbie tal honor! Los asesores deben ser solo eso: asesores y nadie puede brillar más que tú.
No faltaron a la cita con la tragedia los habituales profetas lenguaraces pronosticando la catástrofe total sino se seguían al dedillo sus singulares recetas. Buitres carroñeros que solo buscaban saborear egoístamente los putrefactos restos del cadáver. Canallas que se dedicaban a criminalizar a todo aquel que pusiera en riesgo sus espurios motivos y oscuros intereses. Amorales en busca de un cargo desde el que reproducir todos los vicios que ahora criticaban. Me vienen a la memoria algunos “profetas” que, tras despotricar sinsentidos contra el sistema se “convirtieron” a la fe institucional, terminaron formando parte de él y siendo buque insignia de su peores excesos.
Llegado el apagón total solo quedaba un camino, compartir que todos tenían el mismo problema: la falta de futuro y un pasado de trabajo en común. Cuando se tuvo conciencia de que el problema era común y no individual fue fácil encontrar soluciones. Unos pusieron la brea, otros aportaron trapos viejos, aquellos los troncos…, y con la suma comenzaron a aparecer antorchas y tras ellas, con el camino iluminado, caminaron unidos hacia el futuro. Si habían aprendido la lección nos lo dirá el paso del tiempo.

Plumaroja.

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