sábado, 30 de abril de 2011

GRACIAS PLUMAROJA

Gracias PlumaRoja por dedicar un espacio en tu comentario a la solidaridad con unos compañeros que acaban de vivir una pesadilla atroz mezcla de delirios de un anciano, proyecto de un diario, explotación laboral sin contrato ni seguridad, codazos para quedarse con los restos del naufragio e intentos de desprestigiar a algunos de sus más valiosos periodistas.
En mi calidad de afectada por el aborto de La Voz de la Calle tengo que decir que al final, y después de dos meses de trabajo de medio centenar de periodistas y algunos colaboradores de primera línea, se demostró que no era más que el capricho senil de un multimillonario ególatra que lo ha sumado a una reciente "autobiografía" plagada de recuerdos falsos (al decir de algunos supervivientes que pueden dar fe). Ese señor, que se presenta como abogado y profesor universitario pero siempre olvida decir que su fabulosa fortuna procede de la especulación inmobiliaria (ninguna gran fortuna se ha hecho en pocos años honradamente), fue en su día un mecenas del Partido Comunista de España en el exilio y cree que eso es un aval que le exime de culpa  en posteriores tropelías. Lo que ha hecho en La Voz de la Calle ha sido jugar, desde su confortable retiro de la Costa del Sol y su parece que más que probable deterioro físico, con las ilusiones de unas cuantas decenas de periodistas -la mayoría muy jóvenes, algunos en su primer empleo- y con la esperanza de una izquierda que no consigue ver plasmados sus deseos de contar por fin con una prensa independiente, plural y no partidista, de la que tan necesitado anda este país.
Como siempre hay quien pesca en río revuelto, los últimos momentos de la aventura periodística que ha sido La Voz de la Calle se convirtieron para la redacción en una especie de ventilador repartiendo excrementos a diestro y siniestro y sacando a flote lo peor de la condición humana. De forma que el momento en que conseguimos cobrar una indemnización por el tiempo perdido en secundar los quiméricos planes de la familia Lagunero (que a la liquidación más o menos legal de unos trabajadores, a los que nunca hizo un contrato y no dio de alta en la Seguridad Social hasta después de comunicarles el cierre de lo que ellos conocían como "la oficina",  le llama ahora "extorsión económica"), algunos nos sentimos liberados de lo que en los últimos días se había convertido en una auténtica pesadilla.
No es ésta la primera batalla personal que pierdo, así que tengo una cierta práctica en recoger los bártulos y regresar al nido para recuperar fuerzas. A pesar de todo, creo que todavía podemos ganar la guerra, que algún día habrá una una prensa de izquierdas e independiente en este páramo, que una buena parte de ese futuro está en Internet y que la existencia de páginas y blogs como éste de PlumaRoja forman parte de esa esperanza.
M. Arancibia

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