sábado, 6 de febrero de 2016

MONSTRUOS, GIGANTES Y OTROS COMENIÑOS EUROPEOS

La lista de cocos infantiles en la mitología manchega es amplia. Compartimos con la península al Hombre del Saco y al Sacamantecas e hicimos universalmente famoso al Tío Camuñas. Pero, para las reflexiones del humilde farero de Barataria recurriremos a otro asustaniños no menos popular, aunque se le relaciona más con la familia de los gigantes. Me refiero al singular Tragaldabas, conocido en otros lares como Zamparrón, Zarrampla o Papón y representado como monstruo u ogro gigantesco, de boca enorme y gran barriga, con una voracidad insaciable. Capaz de engullir un ejército entero, en La Mancha era mano de santo contra niños traviesos y de poco dormir y a fuer de ser amenazado constantemente con su presencia soñé amenudo con él.
Entre las atracciones feriales de la infancia recuerdo la del Tragaldabas. Un enorme y barrigón muñeco por cuya boca se introducía la chiquillería y del que deslizándose por un tobogán, que estaba dentro de su estructura, salían alborozados los pequeños valientes, no era mi caso, que no temían atravesar las tripas del gigante comeniños. Pese a que mi padre insistía e insistía en que no corría ningún peligro y en la diversión que me perdía, nunca consentí en aventurarme a viajar por su interior. ¿Y si decidía no expulsarme? ¿Qué pasaría si me quedaba atrapado para siempre en aquella enorme barriga? ¿Me buscaría mi familia en sus entrañas? Y aunque lo hicieran, ¿lograrían encontrarme o asumirían mi desaparición como quién pierde un paraguas en un día soleado? Por si las moscas me negué tozudamente a hacer la prueba ignorando las garantías de que nunca había sucedido tal cosa y anteponiendo a las estadísticas mis pesadillas infantiles. Además, en mi caso, nada ni nadie me obligaba a pasar por ese trance. Pude escoger y elegí quedarme agarrado a la mano de mi padre. A salvo de los imaginarios peligros que ocultaba su enorme panza de cartón piedra.
Aquellos miedos infantiles han permanecido en letargo hasta hace unos días, hasta que en la Europa de hoy, la de los derechos y las garantías, 10.000 niños han sido devorados, borrados de la faz de la tierra, volatilizados como fuegos fatuos delante de nuestras civilizadas y democráticas narices. Y la imagen de Tragaldabas, Camuñas, Hombre del Saco y Sacamantecas vuelven a tomar cuerpo en mi cabeza. ¡10.000 niños desaparecidos! ¿Cómo han podido perderse? ¿Nadie los busca? ¿Qué clase de monstruos habitamos estas tierras?
Dejemos claro que hablamos de niños pobres, inmigrantes a golpe de bombas y carnicerías, que no tuvieron opción de quedarse agarrados a las manos de sus padres. De algunos ya sabemos su destino: aparecieron flotando en nuestras costas. Diminutos cadáveres que nos estremecieron un segundo mientras sorbíamos la sopa a la hora del informativo. Pero nuestro insensible corazón solo se estremeció con los primeros muertos, cuando aún tenían nombre, luego las olas nos fueron arrojando muchos más, tantos que ya no parecían muertecitos reales sino frías estadísticas de ojos vidriosos y esperanzas rotas. Nada de nada.
De aquellos, al menos pudimos ver sus cuerpecitos. Ahogados, eso sí, por la indiferencia de una Europa caníbal que criminaliza a quienes intentan ayudarles, como los bomberos españoles que se juegan la vida por no tragarse la conciencia, héroes en un mundo miserable que no perdona la solidaridad y levanta murallas contra los inocentes. De los 10.000 niños desaparecidos ahora se desconoce el destino. Entraron solos en Europa, niñas y niños desaparecidos en Suecia, en Italia… evaporados a miles. Según la Europol, víctimas de la trata sexual, del tráfico de órganos, de la esclavitud en talleres clandestinos o de adopciones fraudulentas. Desaparecidos en las fauces de ogros contemporáneos que engordan sus repugnantes panzas con sus tiernas carnes infantiles.
En Suecia, hordas de encapuchados (blancos, rubios, instruidos) promueven la caza de menores inmigrantes, en Dinamarca se les despoja de cualquier objeto de valor con la excusa de contribuir a su manutención. De nada sirve aquella cultura nórdica que fue referente de una sociedad civilizada. La sangre de los saqueadores vikingos aflora de nuevo por sus venas. Deportaciones masivas. ¿A quién importa la seguridad y el futuro de unos niños de piel oscura y alforja cargada con los horrores de la guerra? No son como los nuestros, ni siquiera alcanzan la categoría de mascotas. Si desaparecieran nuestros perros y gatos los buscaríamos removiendo cielo y tierra, pero estos 10.000 niños esfumados apenas llegan a los titulares de la prensa.
El Tragaldabas que recorre la Europa de hoy no lleva blusón ni alpargatas de esparto, viste con finos paños, corbatas de seda y también come niños. Los pequeños que caen sus fauces jamás regresan, se quedan atrapados para siempre entre los engranajes putrefactos de la vieja Europa. Como en los cuentos de Andersen, en esa versión gore y realista que ocultamos a nuestros hijos para que no se desvelen en sus sueños. Quizás se los llevó un flautista o un proxeneta aprovechándose de su indefensión y orfandad, sabiendo, a ciencia cierta, que nadie los busca, que a nadie importan. ¡Qué asco y qué vergüenza formar parte de esta Europa!
Plumaroja


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