jueves, 31 de agosto de 2017

EL OCASO DE LOS INTELECTUALES

Fernando Savater
Ejercer la crítica. Incitar a la reflexión. Invitar a la acción. La tríada históricamente asociada al quehacer de los intelectuales ha dado paso, en España, a la sumisión, la inacción y el olvido preconizados por quienes hoy, tan jactanciosa como impropiamente, se atribuyen tal condición. Su abandono de aquella tríada de compromisos ha sido tan evidente que hoy cabe hablar, con fundamento, del ocaso de los intelectuales.
La función histórica del intelectual ha consistido en estudiar la realidad, interpretarla y dar pautas críticas a la sociedad para su transformación y mejora. El requisito que se demandaba al pensador consistía en el ejercicio de un esclarecimiento asentado en una responsabilidad social de la que nunca debía desertar, en tanto que desplegara su decisiva tarea crítica sobre la realidad.
Empero, hoy y aquí, la irresponsabilidad se ha adueñado de la mayor parte de los intelectuales que, además, arrastran como letal legado la exclusión de sus rangos de la mitad de la sociedad, las mujeres, a las que se discrimina del acceso a tales funciones. El mundo de las grandes generalizaciones deductivas, el Pensamiento, la Ciencia, la Política, la Religión, queda aún en manos del hombre, mientras que se intenta dejar a la mujer sometida al particularismo inductivo de lo inmediato. El resultado de aquella deserción y de esta discriminación ha consistido en una deriva incontrolada de los intelectuales que ha oscurecido sus otrora luminosos cometidos en un cegador ocaso.
¿Dónde reside la gravedad de este declinar? Sustancialmente, en la impunidad del poder. Sin los cortafuegos de la crítica, la reflexión y la invitación a la movilización, el poder campa a sus anchas dejando una estela de corrupción y desconcierto para toda la sociedad española, salvo para el capital financiero, que recrece a diario su beneficio a costa de inmiserar a casi todo el cuerpo social, al que yugula sometiéndolo a la desigualdad, precarizando su existencia e infundiéndole miedo. Para consumar esa impostura, el mundo del dinero necesita apropiarse primero, hegemonizar después y degradar luego la cultura hasta convertirla en una subcultura inocua. Para ello le resulta imprescindible arrebatar a los intelectuales su función crítica para impedir cualquier atisbo de transformación socialmente inducida.
¿Qué ha sucedido para que sobrevenga esta hecatombe? Han acaecido muchas cosas, espoleadas por razones subjetivas y razones objetivas.
El impacto tecnológico
Entre las razones objetivas que explican el ocaso de los intelectuales en España, no muy lejos de las que dan noticia de los retrocesos a escala mundial, figura, principalmente, el profundo cambio operado en la producción social de la existencia y de la vida de las gentes, cuya teorización crítica, es decir, el descubrimiento de las nuevas formas ideológicas e institucionales asociadas a ese nuevo cambio, ha quedado prácticamente abandonada desde la irrupción de la informática en la vida cotidiana y, destacadamente, en el mundo del trabajo.
Tal mutación es consecuencia de la generalización descontrolada de la tecnología y de su aplicación irresponsable y sin miramientos a todos los procesos de trabajo. Con la añagaza de acabar con el trabajo manual mediante los ordenadores, se ha generado una sacralización tecnológica, imparable y acrítica que, hasta el momento, deja una estela inaudita de precarización y de sumisión laborales. Pero esa sacralización, consciente o inconsciente, ha cegado cualquier aproximación crítica a la informatización y telematización (informática más telefonía) de nuestras vidas. Nadie las pone en cuestión. Los intelectuales permanecen mudos al respecto.
Los entonces llamados intelectuales recibieron en los años 70 las innovaciones tecnológicas adjetivándolas de “revolucionarias”, sin percatarse de que detrás de las pantallas, los teclados y el plasma se agazapaba el sempiterno problema del poder, señaladamente el poder contrarrevolucionario del capital, dueño del proceso informático en su conjunto, consistente en la introducción de plusvalía científico-técnica en cada fase de su despliegue, coincidente con aumentos de productividad ínsitos en la tecnologización y con una paulatina devaluación del trabajador con decrecimientos desaforados de la mano de obra. Muchas organizaciones sindicales, partidos de izquierda y también trabajador@s desconocieron, involuntaria o voluntariamente, que se descualifica a sí mismo quien asume trabajo descualificado, tras aceptar el discurso del capital desmantelador de los procesos productivos mediante reducciones de personal laboral inducidas por las nuevas tecnologías, que deshacían ramas enteras de producción y evaporaban oficios por doquier sin prever alternativas a la población laboral así discriminada.
Los intelectuales hegemónicos de entonces asumieron sin crítica alguna la tarea que los convertía a ellos mismos en heraldos del gran capital, que exigía de ellos, no solo asumir que “el capitalismo es la única forma posible de organización (¿) de la Economía”, sino, además, el dictado de crear un clima de opinión favorable a la desregulación de los mercados financieros con el mantra de que “la mejor legislación es la que no existe”: esto es, la plena impunidad del capital. Ello abrió paso a la hegemonía ideológica y política del ultraliberalismo, que desde entonces flagela a la mayor parte del país en su versión de derecha o de izquierda.
¡Cuánto aplauso desde España y de nuestros intelectuales hacia el mensaje ultra-capitalista ínsito en el discurso de los llamados nuevos filósofos! ¡Cuánto seguidismo hacia la más pura frivolidad anti-ilustrada llegada de Estados Unidos, de Inglaterra o de la Francia más banal!
Tres paradigmas evaporados
Arturo Pérez-Reverte
Otras causas objetivas del desfondamiento de la figura y la función de los intelectuales se refieren a la profunda mutación de los paradigmas que vertebraron el papel de los medios intelectuales europeos en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y, en España, desde la víspera de la Transición hasta el ulterior despliegue de la democracia. Al menos tres cánones, lingüístico, ético y geopolítico han presidido la trayectoria mediática –Prensa, mundo editorial, vida académica- a lo largo de estas etapas. El paradigma lingüístico se asentaba en el crédito de la palabra gracias a la acreditación, precisamente, de la Lingüística como Ciencia referente en el panorama científico continental; el canon moral situaba entre el Holocausto y en el anti-nazismo la horquilla ética que separaba el Mal y el Bien; y la bipolaridad Este-Oeste, socialismo-capitalismo, señalaba el principio geopolítico por excelencia, donde tal alteridad garantizaba una pugna por la hegemonía intelectual y moral, parcialmente compensada o equilibrada entre ambos universos.
Empero, tras la consunción de la Unión Soviética, los nuevos tiempos sobrevenidos por la desregulación de los mercados financieros por Ronald Reagan; más la inhumana conducta de sucesivos Gobiernos de Israel, reproduciendo técnicas semejantes a las genocidas aplicadas en su día por el nazismo contra su castigado pueblo; así como la degradación y el descrédito del valor de la palabra, herida por el constreñimiento expresivo impuesto por los formatos de la telemática a las impropiamente denominadas, por su implícito narcisismo, redes sociales -reducido a centenar y medio de caracteres- así como por la denominada corrección política y la posverdad -formas sofisticadas de la mentira- generó la sustitución del homo/fémina linguïsticus por el homo/fémina informaticus… acompañada de toda esta liquidación paradigmática, que ha sumido en el desconcierto a buena parte de los medios donde comparecen los intelectuales europeos, con los consabidos efectos sobre los escenarios intelectuales españoles.
Un olvido fatal
Entre los motivos subjetivos de la degradante hecatombe que ha desmedulado la labor histórica de los intelectuales y fruto de la presión de aquellas condiciones objetivas arriba descritas, cabe destacar la alteración, por parte de numerosos, entre sus exponentes, de la condición de intelectual para transformarla en un mero trampolín de medro social. Trepar individualmente en la escala social desplazó y desplaza, como meta, cualquier otro objetivo para muchos de cuantos hoy, sin serlo, se reclaman intelectuales.
En el mundo profesional, señaladamente en los del Periodismo, el espacio editorial y el académico, también en el científico-técnico, tan vinculados a la sustancia o a la difusión del quehacer intelectual, esto fue y es un síntoma incesante: el olvido de la extracción social de origen, no burguesa, una vez que se adquieren puestos preeminentes de responsabilidad sobre contenidos informativos, de opinión, editoriales y científicos. Esto se convierte para muchos en la garantía del afincamiento individual en una nueva y superior posición social. Desde luego, la promoción social y económica es un derecho plenamente legítimo por el cual es, además, urgente y necesario pugnar; pero su precio no puede fijarse nunca a costa de implicar la renuncia a la defensa de los intereses de las clases mayoritarias de las cuales el periodista, el científico, el funcionario, el profesional, suelen proceder. Por consiguiente, la función de crítica social hacia el poder -que preside el comportamiento profesional en numerosas ramas de la vida activa- desaparece generalmente de las prácticas de los responsables profesionales así cooptados, y promocionados, que no solo abdicaban y abdican a escala personal del compromiso con la fiscalización crítica de los poderosos, sino que, además, impiden que otros intelectuales, sin contaminar, accedan a las publicaciones, al éter, a la imagen o a las cátedras con sus bagajes críticos, reflexivos y movilizantes. Igual sucede con los responsables de grandes editoriales o en los principales centros de enseñanza. Por su parte, los profesionales de extracción alto-burguesa no desclasados, no necesitaron renunciar a nada pues, para conservar su estatus y sus posiciones de poder, les basta con perpetuar el discurso dominante propio de sus intereses.
Chantajes
Todo esto admite matices, desde luego, así como excepciones individuales, pero la corriente general, la que ha devaluado los contenidos periodísticos y científico-académicos hasta extremos insólitos, desconocidos, muestra muchos de los elementos descritos. El capital financiero ha conseguido desvirtuar casi al completo la función social de los intelectuales y de la Prensa, principal difusora de sus mensajes, para imponer su discurso mediante el chantaje publicitario, entre otros sistemas coercitivos, olvidando, de manera suicida, que la publicidad debe buscar soportes informativos veraces, como los que la Prensa procura o debiera procurar, para acreditarla, ya que la Publicidad no puede acreditar sus mensajes por sí misma. De esta manera, quien no transige con tal discurso, es expulsado del circuito mediático, profesional o académico, sellado así a toda manifestación del pensamiento crítico.
Qué decir del mundo editorial o el del Cine, que sepulta en el subdesarrollo a l@s escritor@s de más valía y prestigia a l@s más triviales, hundiendo la creatividad literaria y cinematográfica, transformada en mero negocio a beneficio de distribuidores amorales y/o analfabetos: a la postre, solo producen textos o filmes trufados de violencia, de armas, machos-alfa, de mensajes machistas, imperialistas y racistas, de policías que se toman la justicia por su mano y que desprecian la democracia y las leyes…
El mundo académico languidece refugiado en algunas, cada vez menos, cátedras o blindado al saber desde las propias Academias, concebidas también, en muchas ocasiones, como meros negocios, que sientan en sus sillones a celebridades mediáticas sin más mérito que las cifras de ventas de libros banales o trayectorias curriculares caracterizadas por la sumisión al poder.
La perniciosa conjunción de razones objetivas y subjetivas generó un discurso, hoy hegemónico, consistente en proclamar como consumado el término de los discursos de raigambre histórica: el fin de la Historia enunciado por el colaborador de la compañía tecno-armamentista Rand Corporation, Francis Fukuyama, trenzado con la teoría del “choque de civilizaciones”, de Samuel Huntington, otra patraña reaccionaria- fue proyectado contra todo esfuerzo encaminado a interpretar, para transformar, el mundo y las condiciones adversas en las que se desarrolla la vida de la mayor parte de la Humanidad precisamente ahora, cuando las condiciones transformadoras podrían estar más al alcance de la mano si se recuperan la Ciencia y la Tecnología al servicio del progreso.
“La era de los meta-discursos ha terminado”, proclamaron de consuno los supuestos intelectuales cooptados al efecto, enemigos de la racionalidad, la equidad y del avance, para dar paso a un mundo donde se proponen que quede asegurada la prevalencia del capricho capitalista y ultra-individualista de los mismos, pocos, de siempre. Meta-discurso era, para ellos, el marxismo, claro, pero no el que pregonan, el neoliberalismo y el neoconservadurismo que se han adueñado de la geopolítica de la superpotencia estadounidense.
A la postre queda una sociedad civil casi indefensa, sin referencias, expuesta al impacto idiotizante de una televisión desinformadora y de una Prensa desarbolada como contrapoder y convertida en sierva de sus anunciantes, institucionales o privados. La mayor parte de los partidos políticos de nuestros lares, presidencializados, ultrajerarquizados y ensimismados en polémicas internas, descuidan el compromiso adquirido con sus representados por facilitar, junto con los intelectuales, la tarea de definir, aleccionar y dar expresión a las soluciones políticas a las necesidades y anhelos mayoritarios. Y entre tanto, los intelectuales (¿quiénes son, dónde están, quién recuerda sus nombres?) languidecen a la sombra del poder que ha laminado casi todo aquello que acreditaba su necesidad y su responsabilidad social.

Rafael Fraguas || Periodista y sociólogo 

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