sábado, 12 de marzo de 2016

Cuentos de Barataria: LA REBELIÓN DE LOS CORDEROS

Barataria es un país tan plástico que se ha convertido en una pantalla de plasma. En diciembre de 2015, los “baratarienses” convocamos elecciones para elegir Gobernador y tuvimos la grandeza de convertirlas en las más dilatadas de la Historia.
Pero nuestro gran hito fue poner a los corderos, que estaban siendo degollados, frente a cuarenta pulgadas de imágenes mientras los grandes gurús los llamaban a rebato y los iban esquilando. En aquellas estaban, en tanto que los pastores discutían en interminables tertulias de a quiénes les correspondían los mejores sillones, cuál sería el actor principal, y el reparto de papeles en su tragicomedia “cuatro esquinitas tiene mi democracia”.
En nuestra ínsula, convertida de nuevo en protectorado germánico-visigodo, no es que fuera imprescindible elegir Gobernador. Llevábamos meses con un gobernador en funciones y todo funcionaba con normalidad. Pero no faltaban voces llamándonos al orden y exigiendo celeridad en poner el parche de costumbre: nombrar nuevo gobierno que siguiera aplicando las viejas políticas de siempre. En cualquier caso, desde el Imperio podían seguir gobernándonos o mandarnos a cónsules o procónsules (los célebres lobos con piel de cordero de la Troika), que garantizaran los beneficios de la lana y mandaran los diezmos a la Metrópolis.
Pero cuenta la historia que una vez cansados los corderos de tanta imagen cuadrada, estridente y en blanco y negro, apagaron el infernal invento y, abandonando el redil, volvieron a pisar las calles nuevamente hasta recuperar las grandes alamedas, ahora privatizadas. Mientras las abrían, corrían a “topáh” (del cuentacuentos tradicional topáh: envestir, chocar, golpear. Nombrarle a alguien a sus ancestros monárquicos…) a los pastores, esquiladores, gurús, a los dueños del cortijo, a los cabruos cónsules y procónsules, a los candidatos a Gobernador, y mandaban al estercolero al Imperio Germánico-Visigodo y al de allende los mares también.
Y cuenta el farero en sus coplillas de ciego declinadas por las ciudades, pueblos y parroquias de la Ínsula, que en todo aquel proceso de Liberación y de Ruptura, los corderos y corderas aprendieron que ellos eran autosuficientes; que su destino estaba en sus propias pezuñas y que fuera del redil también había vida: la de la dignidad, la de la libertad, la Democracia real y la de la solidaridad entre los rebaños.
El farero, otro de tantos Titiriteros, asegura que en el inicio de la revolución de los corderos nacieron nuevos poetas, pasteleros, pintores, músicos, albañiles…, que fueron perseguidos, encarcelados y escarnecidos en las pantallas de cuarenta pulgadas. Pero también fueron amados, respetados, recordados y reconocidos por sus actos.
Y como toda revolución, tuvo su canción:
Había una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.
Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés.
Despertó el farero del sueño con la sensación de haber tomado prestados unos versos de José Agustín Goytisolo. El plasma de cuarenta pulgadas seguía con su cantinela de siempre: “el gobierno te quiere y se preocupa por tu bienestar. A el debes agradecerle que administre Barataria con mano firme porque vosotros, los corderos, sois unos manirrotos que vivís y gastáis por encima de vuestras posibilidades”.
Plumaroja.


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