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CONSIDERACIONES Tras el 11 de septiembre en Barcelona 2012


ESPECIAL "DEBATE SOBRE LA INDEPENDENCIA DE CATALUNYA"
El 11 de septiembre de 2012 es el último hito de un proceso que viene durando cuatro o cinco años, los que dibujan la trayectoria ascendente del apoyo a una Cataluña independiente. Pero la semilla se plantó en 1978 y de ella brotó lo que está sucediendo ahora. La solución constitucional elegida para afrontar el problema de la configuración nacional-estatal en medio del avance de una lógica primero monetarista, luego directamente neoliberal, había convertido  hace ya años a Barcelona 2012 en una cuestión de tiempo.
20_diada_guardiolaManifestación en Barcelona el 11 de septiembre. ©Fotomovimiento
Varios factores han venido tapando un problema de fondo: el Estado del Bienestar financiado con endeudamiento en vez de con impuestos parecía capaz de llenar el vacío identitario con prosperidad material; ETA eclipsaba un problema político con el destello de la violencia; el modelo de crecimiento daba pan a pesar de su naturaleza destructiva en lo social y lo ambiental; Europa parecía curar todas las heridas sin necesidad de diagnosticarlas; el reconocimiento de las nacionalidades históricas como espacios de excepcionalidad dentro de una “España” que los pactos de la transición decidieron que tenía que seguir siendo la misma en aspectos centrales, parecía funcionar a las mil maravillas. Y ésto a pesar de que la asimetría nacional chocaba una y otra vez  con el legítimo deseo de todos los territorios y ciudadanos de recibir un trato igualitario. Las élites empezaron a dar clases de transición a otros países hablando de modelos que eran más apariencia que otra cosa. La semilla del enfrentamiento identitario había agarrado en el corazón político del sistema. Venía brotando con fuerza, década tras década, regada por el enfrentamiento pendular entre culturas que necesitan excluirse para sentirse seguras.
Lo peor, el papel de la izquierda y su seguidismo nacionalista
Lo peor ha sido el papel de la izquierda y su seguidismo nacionalista. Se daba por satisfecha apelando de forma vaga y formal a un remoto derecho republicano a la autodeterminación sin precisarlo ni poner encima de la mesa la tercera pregunta, la clave en para darle solución a un Estado antiguo como este: el derecho a optar también por la configuración de una federación solidaria y republicana de territorios. Un segundo mito en su discurso fue acumulando fatalidades adicionales: la fragmentación del Estado fue considerada un proceso automáticamente progresista lo cual abría la necesidad de sumarse al independentismo sin preguntar quienes eran los grupos e intereses que lo impulsaban. Es verdad: la legitimidad democrática del Estado español ha sido históricamente breve pero esto no legitima desoir las lecciones del Este de Europa o la comparación con procesos de descolonización exóticos que poco o nada tienen que ver con Europa y las regiones más ricas del Estado.
A veces sin saberlo, el argumento antiestatalista de la izquierda despistada  engrosó las filas de los enemigos económicos de lo público: los neoliberales del Estado mínimo de todos los colores identitarios
A veces sin saberlo, el argumento antiestatalista de la izquierda despistada  engrosó las filas de los enemigos económicos de lo público: los neoliberales del Estado mínimo de todos los colores identitarios. La izquierda acabó tirándose a una piscina ambigua en la que el agua del argumento social quedaba cada vez más diluida frente al cloro purificador del  argumento identitario. Mientras la mayoría de la población miraba a otro lado, los nacionalistas construían sus nuevas naciones y normalizaban el uso de “sus” lenguas. Por su parte, los españolistas prorrogaban el país salido del franquismo poniendo a cantar a Manolo Escobar para celebrar el triunfo de la Selección en los mundiales de 2011, una de las más grandes meteduras de pata de Madrid de los últimos años. Ambos se alimentaban mutuamente en una dinámica pendular: el avance electoral simultáneo de Artur Mas y de Mariano Rajoy/Esperanza Aguirre/Rosa Díaz es un reflejo de ese péndulo.
Ahora toca abrir los ojos, toca actuar. Y no sólo para abordar el problema nacional sino también todo aquello que nos ha  llevado hasta aquí: no se puede crear un Estado del bienestar sin dar trabajo digno a una población cada vez más instruida; no se puede apostar de esta forma por el mercado frente a lo público; no se puede liquidar la política industrial para sustituirla por la fiesta y el ladrillo; no se puede asentar la democracia en la renta financiera e inmobiliaria; no se puede seguir con la milonga  de que la globalización neoliberal o “Europa”  hacen obsoleto el problema de la configuración nacional; no se le puede echar la culpa a Madrid del declive de la economía productiva frente a la financiarizada en todo el mundo, declive que ha debilitado la posición que tenía Cataluña en el conjunto del Estado; no se puede sostener que las mayorías sociales de Cataluña y de Madrid tienen intereses enfrentados pero coincidentes con los de sus élites territoriales; no se puede dejar fuera del cálculo político los beneficios económicos que Cataluña obtiene del resto del Estado o utilizar la falta de concierto económico como coartada para hacer políticas regresivas tintadas de vino nacional.
Un pacto tácito basado en la potenciación mutua y la exclusión cultural y lingüística en todo el Estado
Todos estos entendidos y malentendidos desfilaron por las calles de Barcelona el once de septiembre. Y todos, también los que no querían verlo, tienen que hacerlo ahora: la fórmula elegida en 1978 no resuelve el problema nacional sino que lo mantiene abierto en beneficio de los argumentos competitivos y en detrimento de los solidarios. Es comprensible que los sectores nacionalistas se hayan sentido cómodos con este escenario. Y también que los sectores españolistas lo admitieran como una solución para conservar intacta su influencia identitaria en Madrid. Era un pacto tácito basado en la potenciación mutua y la exclusión cultural y lingüística en todo el Estado: el catalán fuera de Madrid, el castellano fuera de Cataluña etc. Lo preocupante es la pasividad de las fuerzas de la solidaridad y de la izquierda, el oportunismo alegre con el que marchaban por el Paseo de Gracia de la mano de Artur Mas. Hay tres cuestiones esenciales que no tienen en cuenta.
20_diada_fuente“Lo preocupante es la pasividad de las fuerzas de la solidaridad y de la izquierda, el oportunismo alegre con el que marchaban por el Paseo de Gracia de la mano de Artur Mas”. ©Fotomovimiento
La primera: no hay ninguna posibilidad de generar solidaridad redistributiva, y menos  en un entorno neoliberal, si no existen lazos identitarios fuertes y compartidos que contrarrestren la competitividad territorial y la segmentación social provocada por la apoteosis del mercado. La identidad compartida forma parte de cualquier proyecto político que quiera ser compartido, también o precisamente del que abrió la oportunidad desaprovechada de 1978.
La segunda: los lazos identitarios y la propia tradición se construyen, se crean, no son nada “objetivo”, no hay nada en la historia que los demuestre por sí mismos. Lo que hay son programas, arduas tareas políticas de, al menos, dos generaciones que crean imaginarios, tradiciones y apoyaturas culturales. Para construir lazos fuertes hay que romper aquellos que bloquean su trenzado: no todo vale en los sentimientos por mucho que se intente anular la memoria histórica. Desde luego es imposible hacerlo en España sin romper con las tradiciones y representaciones de aquellos que dieron un golpe de Estado y destruyeron física, cultural y políticamente a más de la mitad de su propia población. Madrid y Gernika están hermanadas por su condición de víctimas de los primeros bombardeos del fascismo. Pero para que cuaje un vínculo de unión en el alma de sus habitantes hay que dejar fuera a aquellos que las bombardearon. E introducir la naturalidad de la cultura vasca en el Madrid más profundo y apartado.
La izquierda acabó tirándose a una piscina ambigua en la que el agua del argumento social quedaba cada vez más diluida frente al cloro purificador del  argumento identitario
Porque el tercero es que la(s) lengua(s) ocupan un lugar central en dicha construcción. Sin embargo, sólo si son compartidas, es decir si los destinatarios de la nueva identidad están familiarizados con ella(s) pueden ser sentidas como algo propio, puede ser tenido el otro como algo propio. Esto afecta no sólo o no tanto a las clases cultas sino también a la cotidianidad de las clases populares. La construcción de una identidad compartida a partir de 1978 pasaba por construir un único espacio plurilingüe en todo el Estado con su sinfín de consecuencias culturales. Dejar que cada uno recuperara su lengua por su cuenta en territorios segmentados tenía que conducir justo a la situación contraria, la que tenemos ahora: frustrar la construcción de algo cotidiano y compartido, bloquear la formación de amalgamas culturales en el conjunto del Estado, amalgamas sobre las cuales construir una sociedad redistributiva, es decir justa, solidaria y sostenible.
El argumento de que las identidades son ahistóricas, de que existen desde tiempos inmemoriales, es una quimera. Nada, y menos la identidad, está situada fuera de la historia, de la dinámica política por muy íntima, personal e intransferible que  sea. Aquí, en esta equivocada deshistorización de la identidad, la izquierda se ha quedado parada en los argumentos de Manuel Azaña que eran muy avanzados para su tiempo pero insuficientes para hoy (ver “Sobre la autonomía política de Cataluña”). Con este parón la izquierda se aproxima a los nacionalistas cultivando una inercia y una pasividad que le está  costando cada vez más cara a la solidaridad. Para todos los nacionalistas -sean progres o conservadores- la “deshistorización” de la identidad es una cuestión sagrada pues en ella se apoya todo lo demás. Es interesante observar que, en la práctica, demuestran todo lo contrario: que es algo que se construye día a día con programas de televisión, tesis doctorales y relatos políticos.
¿Dónde va a acabar todo esto? Tres décadas perdiendo el tiempo es mucho tiempo perdido y construir una identidad compartida y multilingüe en todo el territorio del Estado en beneficio de las partes y las culturas más débiles y necesitadas lleva al menos dos generaciones ¿Estamos a tiempo? La bola no está en el tejado de los nacionalistas, que no necesitan desviarse ni un milímetro del recorrido que les ha llevado hasta aquí. Está en el tejado de Madrid, de Sevilla, de Oviedo, de sus sectores más cosmopolitas y solidarios, depende de la decisión de estas clases y grupos de romper con el neoliberalismo, de dirigirse a catalanes, vascos, canarios y gallegos ofreciéndoles esa construcción conjunta y declarándose dispuestos a cambiar sus actitudes lingüísticas, a aislar a las fuerzas de la identidad excluyente en sus respectivos territorios.
La fórmula elegida en 1978 no resuelve el problema nacional sino que lo mantiene abierto en beneficio de los argumentos competitivos y en detrimento de los solidarios
El resultado tiene que ser una pluralidad que vaya más allá de  la suma de partes diferentes, una identidad basada en premisas solidarias y una cultura plurilingüe que llegue hasta el pueblo más remoto donde, tras dos generaciones, será defendida como algo propio. Sólo este escenario le dará legitimidad a otro gran argumento de la izquierda: el derecho de autodeterminación. La inclusión de una tercera opción en la consulta, una opción intermedia entre la formación de un -pequeño- estado propio en medio de un océano de tiburones en busca de naciones tiernas a las que satelizar, y la permanencia en el Estado continuista de 1978, esta tercera opción es lo que le permitiría a la izquierda y sus valores pasar a la ofensiva.
Es el derecho a elegir también la libre adhesión a un Estado plurinacional, plurilingüe y multicultural, un Estado federal y solidario, fuerte pero altamente descentralizado (¿por qué no desdoblar la sede de los poderes legislativos, judiciales y ejecutivo, por qué no discutir el cambio de capitalidad?), un Estado al servicio de una sociedad autogestionada en la que las clases sociales que más tengan aporten más a la colectividad sea cual sea su procedencia territorial, en el que los municipios y las mancomunidades tengan un protagonismo central como espacio directo de participación ciudadana. Un Estado en el que se generen más recursos de los que se destruyen y en el que todos tengan un espacio para su desarrollo individual acorde con el desarrollo del conjunto, en el que todos los niños sin exclusión reciban al menos unas nociones de euskera, de catalán, de castellano y de gallego desde el primer día que empiezan a ir a la escuela. Una escuela  igual para todos, necesariamente republicana, claro.
Armando Fernández Steinko || Profesor de la Universidad Complutense de Madrid y Sociólogo. CRÓNICA POPULAR

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